lunes, 16 de diciembre de 2024

La Hamaca


    La tarde caía con un sol perezoso que entibiaba mi piel. Yo descansaba en la hamaca, sintiendo el leve balanceo mientras lucía mi bikini café. De pronto, llegaste tú. No hubo palabras, solo ese primer beso que buscó el fondo de mi alma, provocando ese enjambre de mariposas que solo tú sabes despertar en mi vientre.

    Mientras tus labios devoraban los míos, tus manos expertas encontraron el broche de mi corpiño. Lo deslizaste con una lentitud tortuosa, dejando mis pechos libres para tus palmas y tu lengua, que comenzó un recorrido de fuego entre lamidas y mordiscos suaves. Luego, volviste a mi boca mientras tus dedos deshacían los cordones laterales de mi bikini.

    Me dejaste completamente desnuda, expuesta bajo la luz del atardecer. Me estremecí de pura excitación al notar que tú seguías vestido; esa mirada tuya, cargada de una lascivia oscura y dominante, me erotizó los sentidos. Tus manos, calientes y firmes, recorrieron cada curva de mi cuerpo hasta encontrar mi centro, hundiendo tus dedos en mi vulva jugosa. El contraste entre el roce de la red de la hamaca en mi espalda y tu estimulación incesante me llevó a un estado de hipnosis.

    Estaba acostada de forma horizontal, pero me tomaste de las caderas con una fuerza que me hizo jadear, girándome hasta ponerme en posición vertical frente a ti. Abriste mis piernas de par en par, exponiéndome por completo. Te desabrochaste los pantalones y, sin previo aviso, me penetraste con una embestida profunda.

    Tú estabas de pie, firme sobre la tierra, mientras yo flotaba en la hamaca, sostenida solo por tus manos y el vaivén de las cuerdas. El movimiento rítmico de la red y esa sensación de ingravidez hicieron que cada centímetro de tu miembro se sintiera más grande, más profundo. Gemí de éxtasis, perdiendo el sentido de la gravedad, sintiendo cómo me llenabas por completo en cada balanceo.

    Seguiste así, marcando un ritmo frenético hasta que sentí tu cuerpo tensarse. Acabaste todo dentro de mí. Fue glorioso sentir tu semen caliente correr como lava ardiente por mi interior, una descarga de vida que luego se escurrió por mi espalda y mis muslos, pegajosa y deliciosa, como el elixir de tu propia esencia reclamándome como tuya.

    Pero no me dejaste marchar. Mientras me besabas con una urgencia renovada, tus dedos volvieron a trabajar en mi intimidad, logrando que estallara en un nuevo orgasmo, y luego otro, hasta que mis músculos no pudieron más.

    
    Finalmente, te despojaste de tu ropa y te acostaste a mi lado. La hamaca se hundió bajo nuestro peso combinado, abrazándonos mientras flotábamos en el aire fresco de la tarde. Nos quedamos allí, piel contra piel, disfrutando del silencio y del rastro de tu semen quemándome las piernas. Sin duda, la hamaca es el instrumento más sublime en nuestro arte de amar.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario