Tu
silencio es la evidencia más clara de que no quieres nada de mí. Tu
indiferencia me quema como una saeta ardiente que se clava y me calcina todo
por dentro. Este incendio que causas con tu displicencia hace que me duela
hasta el aire que respiro.
Solo sobrevivo con este dolor, intenso e inmenso, con el alma completamente en llamas por tu quietud. Pusiste un muro infranqueable que separa tu alma de la mía; ninguna escala es lo suficientemente alta para alcanzar tu borde. Te entregué mi alma y solo recibí de vuelta un reflejo opaco que demuestra tu apatía, tu falta de interés y de deseo. Eso me quema más y más, causándome un suplicio indecible.
Caminé
hacia ti con el alma abierta y hoy me encuentro en un desierto emocional, sin
saber si esperar o seguir vagando eternamente sin rumbo, hasta encontrar un
oasis donde mi espíritu pueda descansar de este fuego que me consume a cada
instante.
Te
entregué mi vida y nada en ti resonó; solo hallé indolencia y un desapego
total. Me quemo en la lava de tu quietud. En este camino, la única que arde soy
yo, aunque afuera el invierno sea más gélido que Plutón. El aire está frío, el
invierno es cada día más crudo, pero mi interior arde por tu taciturnidad. Mil
saetas me queman y me seguirán quemando en la obscura eternidad de tu mutismo.

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