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sábado, 14 de diciembre de 2024

El castigo

    Esa noche llegaste tarde, muy tarde. Merecías ser castigado por tus fechorías. Yo te esperaba convertida en tu peor y más deseada pesadilla: vestida con un corsé negro que ceñía mi figura, medias de seda sujetas por ligas y una capucha de verdugo que ocultaba mi piedad. En una mano sostenía el látigo y en la otra, el frío metal de los grilletes listos para someterte.

    Al entrar, la sorpresa en tu rostro se mezcló con el deseo. Intentaste suavizar el ambiente quitándome la capucha y besándome con fogosidad, pero te detuve en seco. —Tus besos no me convencerán de perdonarte —sentencié con voz firme.

    Te despojé de la ropa hasta dejarte 


solo en ropa interior. Te obligué a sentarte y encadené tus manos; estabas entregado, temblando de una excitación que no podías ocultar. —¿Qué pecados cometiste hoy para merecer este castigo? —te pregunté al oído. —¡Soy inocente! —juraste con voz entrecortada—. ¡No he hecho nada malo, te lo juro! —¡Mientes! —exclamé, haciendo chasquear el látigo en el aire—. No eres inocente y hoy conocerás mi ley.

    Besé tus labios con una lujuria agresiva mientras me sentaba sobre ti. —Eres un bribón y vas a purgar cada falta —susurré, dejando que el látigo restallara de nuevo. Comencé a lamer tu cuello, descendiendo hacia tus pezones, atrapándolos en mi boca mientras sentía cómo ardías bajo mi tacto. Tu piel reaccionaba a cada caricia, a cada amenaza.

    El juego subió de tono. Te quité los bóxers y comencé a lamer tu sexo con devoción, disfrutando de cómo te estremecías como un gato bajo mi control. Te llevé al borde, pero me detuve justo a tiempo; tu tortura estaba diseñada para durar toda la noche.

    Te ordené levantarte y te arrojé a la cama boca abajo, con las manos aún encadenadas. Vendé tus ojos, sumergiéndote en la oscuridad de la expectativa. El chasquido del látigo contra las sábanas te hizo suplicar: —¡Por favor, sigue castigándome! ¡Prometo portarme bien!

    Dejé el látigo y cambié el rigor por la seda. Vertí aceite de rosa mosqueta sobre tu espalda, masajeando tus músculos tensos, tus muslos, tus piernas y pies. Cuando tu piel estuvo bien aceitada y brillante, comencé a recorrer cada milímetro de tu cuerpo con mi lengua. Al llegar a tus muslos, te ordené ponerte de rodillas, con el torso bajo. El contacto de mi lengua en tu zona más prohibida te hizo gemir: —¡Quiero más! ¡Dame más!

    Me detuve un instante para buscar el gel de cannabis. Me calcé unos guantes quirúrgicos que cubrí con el lubricante y regresé a ti. Mientras mi lengua exploraba tu cuello, introduje mis dedos en tu ano. Tu grito de placer fue obsceno, delicioso. Estabas completamente descontrolado, ardiendo en una hoguera de pasión que yo alimentaba con cada movimiento.

    Deseaba sentirte dentro de mí. Me quité los guantes, te giré y te puse un preservativo. Me subí sobre ti y comencé a cabalgar con una locura frenética. Te arranqué la venda de los ojos; quería que me miraras, que vieras quién era tu dueña mientras devoraba tu virilidad. Te besé con una sed insaciable.

    Aún engrillado, lograste darme la vuelta, poniéndome en cuatro para penetrarme con una fuerza renovada. —¡Más fuerte! —te exigí mientras el primer clímax me sacudía entera.

    En un movimiento rápido, te liberé de los grilletes. Tú, ahora dueño de tus manos, te pusiste los guantes, los empapaste de gel y, mientras me penetrabas con furia, introdujiste tus dedos en mi retaguardia. La doble penetración fue exquisita, una sinfonía de placer que nos llevó al límite.

    Finalmente, colapsamos juntos, fundidos en un abrazo de sudor y alivio. Me besaste, rendido y satisfecho, y me susurraste al oído: —Si este es el precio, puedo portarme mal todos los días para que me castigues así.

 

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