En esta cálida noche de verano,
recuerdo el suave ardor de tu piel morena,
tus besos y caricias en el umbral de la puerta.
Tus manos, al rozar mi piel,
hacían que mi sangre ardiera
y mis venas se derretían
con el fuego que tú provocabas.
Pirómano, solo te dedicas a
encender el fuego de mi pasión.
El roce de tu boca,
tu lengua hurgando en mi fuente divina,
hacían que lava ardiente
escurriera por mis piernas;
surcos incandescentes en mi piel,
prueba máxima de que solo tú
me llevas al infierno del placer.
Y me dejas allí, en el averno,
siendo devorada por el candor de tu boca.
Haces que mi cuerpo se arquee,
que vibre de lujuria
y que me inunde mi propio placer.
Ese fuego que enciendes con tu cuerpo...
no quiero que termine jamás.

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