Me
encontraba contemplando la inmensidad de la noche estrellada. Era una de esas
veladas diáfanas que te invitan a perder la mirada en el firmamento, con la
luna en lo más alto, brillando con una luz inspiradora. Yo solo quería dejar la
mente en blanco, disfrutar de la placidez serena y encontrar paz para mi alma.
Sin
embargo, en el Reino de las Hadas, raras son las ocasiones en que uno puede
sentarse a mirar el horizonte sin que aparezca alguien inesperado. Mientras
estaba allí, en la colina, un pequeño perrito blanco con manchas cafés se
acercó a mí. Empezó a hacer mil piruetas, coqueteando para llamar mi atención.
Fue tan gracioso que comencé a acariciarle el lomo. Le pregunté su nombre; me
dijo que se llamaba Rex. Entonces, quise saber qué hacía en el Reino Peligroso.
—Un
día estaba tranquilo en mi jardín de rosas —me contó—, cuando pasó un anciano
de aspecto desagradable y cortó una flor. Yo me enojé mucho, le mordí la pierna
rompiéndole el pantalón y lo eché. Como perro de la casa, mi deber es que nadie
robe las rosas. Pero el viejo granuja se enfadó y me lanzó un encantamiento. Me
quedé dormido y, al despertar, ya no estaba en mi casa. Además, me pasó algo
extraño: ya no ladraba como un perro normal, sino que ahora podía hablar.
Rex
continuó con su relato, con una mezcla de asombro y temor:
—Este
lugar me da mucho miedo, hay miles de cosas que jamás había visto. Salí a
explorar y me encontré con lo que creía que era un perro enorme... pero era un
Grifo. Tenía unas alas grandes; me asusté tanto que me puse a tiritar. Él me
llamó por mi nombre, me dijo que no temiera y me subió a su lomo para llevarme
a volar y que conociera el lugar.
Mientras
volaban, el Grifo le explicó muchas cosas extrañas sobre los habitantes del
reino: magos, reyes del mar, sirenas, el señor que vive en la luna y dragones.
—Tantas
cosas que no pude retener en mi cabeza perruna —confesó Rex—. Es que soy un
poco despistado y olvidadizo, solo soy un perro, no pueden pedirme más.
Como
me había contado, el Grifo lo llevó a volar toda la noche por el Reino de las
Hadas, hasta que hicieron una parada en una cueva. No era un lugar helado ni
feo, sino una morada bien elaborada, bonita y acogedora, con lindas telas en
los muros para toscos toques. Allí vivía una colonia de dragones blancos,
refugiados de otro reino.
—Me
sirvieron una cena de bienvenida digna de altos reyes —dijo Rex, relamiéndose—.
Jamás me habían ofrecido filetes de ese tamaño, acompañados de verduras frescas
y agua pura. Fue un banquete maravilloso. Me contaron historias de un lugar
llamado Reino de Arda, con sagrados dioses y Valar, y cómo la maldad de un
señor obscuro lo estaba convirtiendo en un lugar lúgubre. Por esa causa
tuvieron que emigrar con su colonia hasta estas tierras, y me dijeron que otra
parte de su pueblo estaba allende los mares, protegidos por el señor Manwë.
Rex
se había entretenido mucho esa noche con el Grifo y las historias de los
dragones, pero, al igual que ellos, sentía nostalgia por su hogar. Añoraba
volver a su jardín, poder echarse a dormir y oler el suave aroma de sus rosas.
—Me
preguntaba una y otra vez por qué tuvo que pasar ese viejo gruñón por mi jardín
y enviarme aquí —se lamentó—. Uno de los dragones me explicó que ese viejo es
un mago muy cascarrabias que siempre está enojado, pero se enfada mucho más
cuando lo muerden y le rompen su único pantalón.
Sin
embargo, el Grifo le había dado ánimos: «Rex, no tengas tanta pena, todos te
ayudaremos a llegar a tu jardín para que no estés triste. Por ahora, solo
disfruta de lo hermoso que es estar aquí».
—Por
eso salí hoy a contemplar las estrellas, como dijo mi amigo —concluyó Rex—. Por
eso estoy aquí contigo, mirando la infinitud del firmamento coronado por esta
luna llena, redonda y brillante. Es tan linda que creo que aullaré mucho esta
noche. ¿A ti no te molesta que aúlle a tu lado?
—No,
no te preocupes —le respondí—. Creo que tus aullidos, Rexito, no me molestan.
Al contrario, harán que esta noche sea más perfecta. No siempre se encuentran
perritos como tú en el Reino de las Hadas. ¿Te parece si, después de que
termines de aullar, me acompañas a ver a los dragones a su cueva?
Al
mencionar la palabra "dragones", Rex se puso a saltar de alegría.
Estaba eufórico ante la idea de volver a ver a los Dragones Blancos. Comenzó a
aullar a la luna y, como por arte de magia, llegaron dos Grifos que se posaron
a su lado. Los tres unieron sus voces en una serenata para la luna; se oía muy
bien y resultaba muy gracioso.
Cuando
acabaron, nos subimos al lomo de los Grifos y nos llevaron a la cueva de los
dragones, que estaba bastante lejos, en medio de unas colinas altas y de
difícil acceso. Llegamos rápido gracias a la destreza de los Grifos y allí nos
recibieron los Dragones Blancos con mucha alegría. Estaban celebrando una
fiesta por su primer año en el País de las Hadas, así que la velada se extendió
hasta el amanecer. Fue una cena deslumbrante y una charla maravillosa, llena de
historias sin fin, cuentos y poesía.
Al
despuntar el alba, cuando todos estaban extenuados, los Grifos nos llevaron de
vuelta a la playa, pues dijeron que no era prudente seguir en la cueva a esa
hora. Volaron sobre el mar bajo la luz matutina, regalándonos una de las
escenas más lindas que he presenciado. Pero el pobre Rex iba tan agotado que no
vio nada; ya se había dormido. Los Grifos aterrizaron con cuidado para no
despertarlo. Como yo tenía que marcharme, lo dejé descansar y soñar, tapándolo
bien para que estuviera cómodo.
A
veces, cuando voy a la playa, me encuentro con Rex y me cuenta sus nuevas
aventuras con los Grifos, los dragones y los magos; incluso a veces lo llevan a
la luna. Pero aún no ha encontrado al mago gruñón que lo haga volver a su
jardín. Por eso, de vez en cuando, le dejo rosas de mi propio jardín para que
no sienta tanta nostalgia.
Si
alguna vez vas a la playa y ves al perrito, te pido que le lleves rosas
fragantes, para que Rexito se sienta un poquito más alegre y cómodo, como en su
casa