
Los que nacimos en Santiago no logramos comprender a los que vienen de provincia. No sé cómo se les ocurre andar sin reloj por la ciudad; salen con diez minutos de anticipación, mientras nosotros debemos hacerlo con más de una hora. Ellos caminan diez cuadras y se les acaba el mundo, mientras que nosotros recorremos esa misma distancia solo para llegar a la boca del Metro.
No me podré acostumbrar fácilmente a la
vida aquí en Puerto Montt por diversos motivos. Si para llegar a algún lado me
demoro dos horas arriba de una micro, ¿cómo se las arreglan sin Metro? Ni
siquiera tienen buses de más de dos puertas, y mucho menos choferes que se
vayan echando "carreritas" entre ellos. Definitivamente, no hay nada
como el ritmo de la capital.
Sin embargo, creo que lo más lindo de
Santiago es mirar hacia el este y ver de fondo nuestra hermosa cordillera de
los Andes: nevada, majestuosa y obscuro testigo de nuestra prisa. Ella nos
recuerda que, a pesar de todo, esa ciudad sigue siendo muy hermosa.

