Era viernes por la noche. La cena había
estado buena; Elisa y Antonio estaban sentados en el living conversando.
Antonio puso música, una playlist que Elisa adoraba: Rammstein. Comenzó a sonar
Sonne y Elisa le puso pausa un instante.
—Espérame
aquí, vuelvo enseguida —dijo con una voz juguetona.
Se fue a su dormitorio y buscó una bolsa:
un vestido que había comprado y que encontró adecuado para esta ocasión. El
vestido que Elisa se colocó era uno de Blancanieves; se puso una cinta roja en
el pelo y se pintó los labios con un labial carmesí que adoraba.
—Tápate
los ojos, Toño.
—¡Está
bien! —respondió él, expectante al juego de Elisa.
Ella
le puso play a la canción y le gritó: —¡Ya, abre los ojos!
Eins,
hier kommt die Sonne
Zwei,
hier kommt die Sonne
Drei,
hier kommt die Sonne
Ella bailaba con una sensualidad inusitada;
bailaba para él, siendo la estrella más brillante esa noche. Antonio, sentado
en el medio del sillón, la veía moverse con los ojos encendidos. Su sol se veía
endiabladamente hermosa en ese traje de Blancanieves, moviéndose al ritmo
industrial.
Mientras bailaba, ella le calzó al cuello
un collar de cuero que tenía un anillo del cual colgaba una larga cadena. Él,
embobado por sus movimientos y sus curvas, no podía articular palabra alguna;
estaba extasiado por la imagen de su musa.
Die
Sonne scheint mir aus den Händen
Kann
verbrennen, kann euch blenden
Wenn
sie aus den Falten bricht
Elisa tomó la cadena por el extremo y se
fue acercando poco a poco con movimientos sinuosos. Quedó a solo un metro
frente a él y seguía bailando.
Fünf,
hier kommt die Sonne
Sechs,
hier kommt die Sonne
Sieben,
sie ist der hellste Stern von allen
Se acercó a él y lo besó con pasión
encendida. Lo llevó encadenado a la habitación y, con una fuerza que venía de
lo más profundo, lo tiró a la cama. Con una experticia maestra, le quitó la
polera haciéndola girones que cayeron al suelo. Le sacó los pantalones y lo
dejó solo en ropa interior, tendido, mientras ella seguía su danza.
La
canción cambió a Weisses Fleisch.
Du
auf dem Schulhof, ich zum Töten bereit
Und
keiner hier weiß von meiner Einsamkeit
Rote
Striemen auf weißer Haut
Lentamente, comenzó a despojarse del
vestido de Blancanieves jugando con una manzana roja que tenía en las manos.
Elisa era una mujer voluptuosa; disfrutaba de sus curvas y de su sensualidad,
estaba feliz en su piel. Él tampoco era un Adonis; era un hombre robusto,
fuerte, y un poco panzón, un hombre que adoraba a su Blancanieves. Ella lanzó
el vestido al suelo.
Jetzt
hast du Angst und ich bin soweit
Mein
schwarzes Blut versaut dir das Kleid
Dein
weißes Fleisch erregt mich so
Ich
bin doch nur ein Gigolo
Ella seguía moviéndose mientras él la
miraba embelesado. Jugaba con la manzana roja como si fuera el fruto prohibido.
De pronto, cambió el ritmo y se desabrochó el sostén, dejando sus pechos libres
al compás de la música. Se los lanzó a la cara a Toño, su fiel amante, y en un
segundo se quitó los calzones para restregárselos por el rostro; él inhaló su
aroma íntimo como un regalo sagrado.
Ich
bin der Reiter, du bist das Ross
Ich
steige auf, wir reiten los
En un instante lo despojó de su bóxer y, al
ver su erección potente, se lanzó a libarlo con pasión desenfrenada. Luego se
montó con decisión fogosa sobre él, en un acto de posesión absoluta, reclamando
ese cuerpo que le pertenecía por derecho propio. Empezó a sonar Rein Raus.
—Rein,
raus... Rein, raus...Rein, raus…
La Blancanieves cabalgaba sobre él con
fuerza, sin pudor ni recato, en un acto lleno de lujuria ardiente. Ella
cabalgaba sobre su propio Till Lindemann.
Ich
bin el Reiter, du bist das Ross
Ich
hab den Schlüssel, du hast das Schloss
Toño la tomó por las caderas y la acostó.
Le abrió las piernas con ardor y se montó sobre ella. Con toda su energía y
vigor la penetró; primero suave y luego con una potencia arrolladora. La música
cambió a ¡Te quiero Puta!
¡Vamos,
vamos mi amor!
Me
gusta mucho tu sabor
No,
no, no, no tu corazón
Mucho,
mucho tu limón
Toño se movía con más fuerza en cada
estocada; cada embestida era un acto de posesión obscena y lasciva. Ella ya no
gemía, solo gritaba y sollozaba con sonidos que provenían de sus entrañas.
—¡Sigue
así! ¡Más fuerte! —se escuchaba entre los gritos.
Antonio, excitado al máximo, la volteó y la
puso en cuatro. Sin compasión, la embistió con todo su vigor; ella aullaba como
animal en celo.
¡Ay
que rico! ¡Un, dos, tres!
Sí,
te deseo otra vez
Pero
no, no, no tu corazón
Más,
más, más de tu limón
Antonio llegó al orgasmo mientras ella, en
una marea infinita, no dejaba de gemir. Él cayó agotado sobre su cuerpo y luego
se acomodó a su lado. Se besaron con ardor, mirándose a los ojos, con los
corazones aún agitados. Se quedaron así, abrazados, mientras la música pasaba a
ser un ruido de fondo inaudible ante la pasión desbordada de dos amantes que
lograron el éxtasis. Eran, tal como son, dos cuerpos perfectos para la lujuria
y la pasión obscena.