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miércoles, 14 de enero de 2026

Embrujo de Amor

 


¿Cómo me enamoré de ti?

¿Cómo me enamoré de ti, si

fue solo una mirada directo a mis ojos?

Estaba perdida, sin rumbo,

y de repente tu luz con su fulgor iluminó toda

mi existencia.

 

Me enamoré sin darme cuenta

de lo que sucedía.

Solo entré en esa burbuja de luz

que construiste para mí,

llena de cosas maravillosas,

grandiosas, deliciosas;

con tu mirada hiciste magia

y llenaste de color y pasión

mi realidad antes gris.

 

Me enamoraste, me embrujaste,

y yo caí en tu dulzura

y en el destello rutilante de tu luz de estrellas.

 

 

Eres dulce como el dátil de Palestina.

 Eres luz, como la luna que baña el mar de Gaza.

 

Cuando me di cuenta de todo,

ya estaba enamorada de ti,

 ¡oh, amor mío!

Tú das sentido a mi existencia,

que antes de ti estaba obscura

y vacía, como el desierto sin su oasis.

 

Lo único que deseo ahora

es que nos embriaguemos de amor

y de pasión; deseo sentirte en mi alma,

feliz y tranquilo.

 

Quiero que en mi regazo encuentres

esa paz y calma que necesita tu alma

cansada, agotada de los caminos

duros de esta vida.

 

Quiero que en mi regazo

descansen todos tus sueños y anhelos,

y que juntos podamos disfrutar de las delicias

de este amor dulce y luminoso.

 

Quiero que todos los rumbos

por los que nos lleve esta vida estén llenos de amor,

ternura y pasión desbordada.

 

Deseo que este amor sempiterno

siempre nos reúna en todas

las vidas que nos toquen vivir.

Porque una sola vida

es muy poco tiempo para amarte,

¡oh, amor mío!

 

¡Un amor así no se puede agotar en una sola vida!

En todas las existencias que me toquen,

te buscaré para amarte

por siempre y para siempre.

sábado, 10 de enero de 2026

La Tarde en el Farol Azul

 

Aquella tarde fría llegamos al motel, ese que está entremedio de calles laberínticas, todas escondidas y llenas de historias ocultas, de pasión, de fuego y lujuria. Decidimos entrar al que estaba al fondo, al lado izquierdo, donde brillaba un farol azul. Se llamaba justamente así: "El Farol Azul". Tenía una atmósfera cargada de erotismo, con símbolos orientales y tántricos que llamaban a los amantes a encender su fuego.

 

Esperamos en un rincón de la salita hasta que nuestra habitación estuvo lista. Mientras permanecíamos en ese cubículo de dos metros por dos, nos miramos fijamente a los ojos; nos besamos con la pasión y el deseo al máximo. Nuestras manos recorrían la piel, que estaba expectante a las caricias, hasta alcanzar nuestras zonas más sensibles y húmedas.

 

Seguimos besándonos hasta que llegó la mucama y nos condujo por un pasillo iluminado con pequeñas lamparitas en forma de flor. Caminamos hasta la habitación de la derecha; era un espacio de colores claros con un diseño exótico caribeño, figuras de palmeras y hamacas sobre un fondo de puesta de sol. Tenía una iluminación tenue, era amplia y con una temática entretenida.

 

Nos quedamos frente a frente. Pusiste música de darbukas y, al ritmo de la percusión, comencé a desabrochar los botones de mi blusa, uno a uno, de abajo hacia arriba. Mientras te recostabas en la cama, me mirabas extasiado, viéndome bailar. Terminé de quitarme la blusa y seguí moviéndome al ritmo árabe; lentamente me desprendí de la falda. Al compás de la música, quedé solo en ropa interior de encaje negro y medias del mismo color. Me hinqué sobre ti, dejando mi pecho frente a tus ojos, y seguí moviéndome suave y sensualmente.

 

Con tus manos temblorosas, lograste por fin desabrochar mis sostenes mientras acariciabas mi espalda y mi cintura. Me miraste a los ojos y me diste un beso cargado de lujuria. Tus manos recorrieron mis pechos como un tesoro recién descubierto y bajaste la mirada para contemplarlos. Acariciaste mis pezones de forma metódica y posaste tus labios sobre ellos. Los lamías con tu lengua, que ardía como el fuego; los rodeabas suavemente, haciéndome estremecer completa.

 

Al sentir tu lengua en mis pezones, una descarga de energía me sacudió; fue una sensación electrizante. Cuando tus labios rodearon mis pechos por completo, el éxtasis fue total; sentir tu boca me hacía palpitar y vibrar.

 

Te quité la camisa de forma versada. Al descubrir tu torso desnudo, sentí tu piel suave y ardiente. Tú me quitaste, una a una, las medias mientras lamías mis piernas. Fue una sensación alucinante sentir tus labios en mi piel. Me dejaste solo con la tanguita puesta mientras te concentrabas en lamer cada milímetro de mi cuerpo. ¡Qué ardor más placentero! Comencé a gemir cuando tu lengua recorrió mi espalda y subió hacia mi cuello. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espina dorsal. Qué placer, qué locura, qué delicia eran tus lamidas.

 

Me di vuelta y te besé con frenesí mientras te quitaba los pantalones. Te tiré a la cama de espaldas y comencé a lamer tu cuerpo, empezando por la curva de tu cuello. El aroma de tu piel me golpeó de forma salvaje; reconocí de inmediato el perfume L'Eau d'Issey, de Issey Miyake, el que te regalé para tu cumpleaños. Mi lengua no quería detenerse en esa labor de adoración: bajé por tu pecho, saboreándote, hasta llegar a tu ombligo. Regresé por tus costillas, subí a tus hombros y me perdí en tus brazos hasta llegar a tus manos. Besé cada uno de tus dedos y los introduje en mi boca, imaginando que no eran precisamente tus dedos lo que tenía allí.

 

Ese pensamiento me hizo enloquecer. Con una urgencia inusitada, me puse encima de ti. Froté mi cuerpo contra el tuyo y me mecí; el fuego crecía dentro de mí. Te quité la ropa interior y quedaste completamente desnudo. Con avidez feroz, besé y lamí tu miembro erecto, palpitante y tenso, como en un acto de devoción. Estaba tan excitada... pero en un movimiento rápido, giré y puse mi vulva sobre tu boca para que me comieras entera. Cuando tu lengua entró en mí, sentí una descarga eléctrica, di un grito desesperado y me retorcí en un orgasmo intenso.

 

Tuve que esperar unos instantes para continuar, pero aquel orgasmo solo aumentó mi hambre por tu falo. Volví a entregarme a él mientras tú seguías penetrándome con tu lengua de fuego. Ya no podía más de éxtasis. Me repuse unos segundos, te besé con furia y me subí sobre ti. Sentí cómo entrabas por completo: duro, ardiente, suave. Solo con sentirte dentro tuve otro orgasmo delicioso. Comencé a apretarte practicando pompoir, moviéndome al ritmo de las darbukas que sonaban cada vez más fuerte. La imagen de tu rostro, con una expresión de placer infinito, hacía que mi incendio interno fuera incontrolable. Tuve un orgasmo tras otro hasta quedar exhausta practicando la kabazza.

 

Me bajé de ti y te pedí que me hicieras acabar otra vez con tu boca. Estaba sedienta. Tú me complaciste de inmediato, saboreando mi néctar. El roce de tus labios en mi clítoris me hizo estallar; cada lamida era una ola en un tsunami de orgasmos que me inundó por completo. Bebiste de mí con avidez hasta saciarte.

 

Cuando por fin te alejaste, estabas mojado y brillante, una mezcla de sudor y de mi propio placer. Me tomaste con fuerza, me diste la vuelta hacia la pared y entraste en mi cuerpo con toda tu lujuria. Las embestidas eran potentes y electrizantes; mis gritos se convirtieron en aullidos incontrolables. El gemido de liberación final ocurrió cuando los dos, al unísono, llegamos al clímax de forma majestuosa. Tu cuerpo se desplomó sobre el mío y nos quedamos fundidos, piel con piel, mientras nuestras respiraciones se calmaban.

 

Cuando nuestros corazones volvieron a su ritmo, nos fundimos en un beso de adoración mutua. Las palabras sobraban. Tu olor quedó impregnado en mí y mi Volupté, de Oscar de la Renta, en ti. Nuestros aromas y almas estaban entrelazados. Fue el cierre perfecto.

 

Esa tarde pasó rápido. Nos quedamos dormidos y, a la medianoche, despertamos para ir a la ducha. Allí, me hinqué y te hice una felación hasta que acabaste en mi boca; me tragué ese elixir como una ofrenda mientras me mirabas en éxtasis. Al salir, nos vestimos y caminamos por los callejones obscuros, besándonos en cada esquina como si no hubiera un mañana.

 

Al llegar a casa, te dormiste enseguida. Yo me quedé despierta a tu lado, repasando cada segundo de lo vivido, acariciándome a mí misma hasta alcanzar un último orgasmo, deseando que fueran tus manos las que me tocaban. Finalmente me dormí, pensando en esa tarde mágica en el cuarto del motel.

                  

miércoles, 7 de enero de 2026

Pirómano del averno



​En esta cálida noche de verano,

recuerdo el suave ardor de tu piel morena,

tus besos y caricias en el umbral de la puerta.

Tus manos, al rozar mi piel,

hacían que mi sangre ardiera

y mis venas se derretían

con el fuego que tú provocabas.

​Pirómano, solo te dedicas a

encender el fuego de mi pasión.

El roce de tu boca,

tu lengua hurgando en mi fuente divina,

hacían que lava ardiente

escurriera por mis piernas;

surcos incandescentes en mi piel,

prueba máxima de que solo tú

me llevas al infierno del placer.

​Y me dejas allí, en el averno,

siendo devorada por el candor de tu boca.

Haces que mi cuerpo se arquee,

que vibre de lujuria

y que me inunde mi propio placer.

Ese fuego que enciendes con tu cuerpo...

no quiero que termine jamás.

martes, 28 de octubre de 2025

Sueños Ardientes

Solo fue un dulce delirio erótico,

 un mapa de fuego trazado sobre mi piel;

 recorriste con tu boca cada poro, cada relieve,

hasta que mi tez ardió bajo el rastro de tu lengua.

 

Sentí el asedio candente de tu boca,

 un relámpago en mi centro

me hizo erizar el cuerpo

con el instinto de una gata.

Grité al vacío mientras me habitabas;

tus dedos, náufragos en mi humedad,

desataron una marea incontenible.

 

Fue solo un sueño, un incendio imaginario,

pero al despertar, el deseo era un rastro húmedo,

una fiebre que todavía me recorre los muslos.

 

Cada caricia, cada beso,

cada roce húmedo quedó tatuado

en el silencio de mi alcoba;

 son la chispa que desata mi tormenta.

Enciendes el fuego que me habita,

y con solo soñarte, me tienes aquí,

clandestina,

deseando el peso de tu cuerpo.

 

Me haces volar sin alas,

solo con la memoria;

me haces estremecer en la penumbra.

ahora, solo deseo que el alba se detenga

 y que mis sueños

por fin, aprendan a ser realidad…

 


sábado, 11 de octubre de 2025

Esta noche te recuerdo.


Las estrellas que titilan en el cielo,

 brillando en la lontananza,

me recuerdan el brillo de tus ojos

cuando me mirabas;

de frente a mis ojos de miel,

 me decías que jamás me dejarías,

que me amabas, que me querías.

 

Pero fueron solo palabras

melodiosas y dulces...

Y esas palabras zalameras se escaparon

el agua entre las manos; se desvanecieron

en el tiempo. Palabras dulces, solo palabras.

 

Hoy, mirando el cielo estrellado,

recuerdo tus promesas y los proyectos

juntos trazamos para nuestras vidas.

Palabras dulces, solo palabras.

 

Recuerdo el ayer y pienso qué hacer

si te encuentro otra vez en mi camino.

Y si no te encuentro,

recordarte será mi medicina;

 amarte en silencio será mi vida.

 

Hoy, mirando el mar calmo bajo la luna llena

y las estrellas iluminándome,

recuerdo nuestros bellos atardeceres.

Esas noches eternas en que,

en calma, disfrutábamos de un baño de luna;

nuestras dulces noches de pasión

en las que deseábamos que la noche no acabara nunca.

 

Hoy solo recuerdo todo el placer

que me hiciste sentir;

ese placer infinito que me diste

en nuestras veladas de luna llena.

La conquista fue mutua: el juego, la seducción,

la diversión y lo delicioso de nuestra pasión...

 

Hoy, mirando las estrellas

que titilan en el cielo,

brillando en la lontananza,

vuelvo a tus bellos ojos cafés.

Recuerdo ese incandescente brillo

cuando me hablabas melodiosamente.

Esta noche de luna llena te recuerdo;

recuerdo, otra vez,

 el brillo de tus lindos ojos cafés.

domingo, 17 de agosto de 2025

Mi obsesión


En la obscuridad de la noche me encuentro pensando en ti.

Pensando como seria pasar esta noche fría sintiendo la calidez de tu cuerpo en mi cuerpo, siento en mi piel el aroma de tu piel, saboreando tus besos, ¡oh querido mío!

En esta obscuridad inmensa e intensa sin ti, sólo siento frío, un frío que congela mi corazón que está en llamas por ti.

Pero tu existes sólo porque yo te pienso, y en mi mente vives y respiras como respiro yo.

Existes porque te pienso, existes porque así yo lo deseo, existes dentro de mi y eso calma un poco el frío inconmensurable que siento en mi interior.




Yo soy y tu existes en mi, dentro de mi y para mi. Mi libertad está en mi mente, y en mis pensamientos tu eres repetitivo, estas ahí como una saeta de fuego que calma este frío gélido que esta incrustado dentro de mi alma.

Siento que cada día me congelo, pero tu estas ardiendo dentro de mis pensamientos.

Como quisiera gritarte de frente qué yo ya no sé que hacer con todo esto que me esta sucediendo; un día de la nada, como si nada, clave ni mirada en la tuya y quede ahí, perdida dentro de tus ojos, y ahora estas siempre presente dentro de mi.

Clavaste tu mirada de fuego e hiciste estremecer mi alma, hay algo dentro de ti que me hace vibrar todo por dentro, tu sola presencia me tiene aterida, eres una persona intrigante e interesante y quisiera descubrir ¿Por Qué haces vibrar mi alma solo con tu presencia? ¿Por Qué cada día y cada noche me encuentro pensando en ti?

Estoy aquí, y esto ya parece una obsesión que me convierte en alguien que depende de tu presencia para sentirse viva.

Mis pensamientos calcinan mi mente, mientras mi alma se congela sin ti.


jueves, 17 de julio de 2025

Tu indiferencia



Tu silencio es la evidencia más clara de que no quieres nada de mí. Tu indiferencia me quema como una saeta ardiente que se clava y me calcina todo por dentro. Este incendio que causas con tu displicencia hace que me duela hasta el aire que respiro.

 

Solo sobrevivo con este dolor, intenso e inmenso, con el alma completamente en llamas por tu quietud. Pusiste un muro infranqueable que separa tu alma de la mía; ninguna escala es lo suficientemente alta para alcanzar tu borde. Te entregué mi alma y solo recibí de vuelta un reflejo opaco que demuestra tu apatía, tu falta de interés y de deseo. Eso me quema más y más, causándome un suplicio indecible.

 

Caminé hacia ti con el alma abierta y hoy me encuentro en un desierto emocional, sin saber si esperar o seguir vagando eternamente sin rumbo, hasta encontrar un oasis donde mi espíritu pueda descansar de este fuego que me consume a cada instante.

 

Te entregué mi vida y nada en ti resonó; solo hallé indolencia y un desapego total. Me quemo en la lava de tu quietud. En este camino, la única que arde soy yo, aunque afuera el invierno sea más gélido que Plutón. El aire está frío, el invierno es cada día más crudo, pero mi interior arde por tu taciturnidad. Mil saetas me queman y me seguirán quemando en la obscura eternidad de tu mutismo.