Iba caminando por el pasillo de la
biblioteca y por el mismo pasillo venía mi profesor de literatura, nuestras
manos se rozaron de manera accidental, pero al rozarlo sentí un temblor en todo
mi cuerpo, nos miramos a los ojos y sonreímos, como si algo soterrado se
escondiera entre los dos.
El señor Camus, mi profesor de literatura,
un hombre mayor cuya edad se reflejaba en las finas líneas alrededor de los ojos,
de azul profundo como el mar que despertaba toda mi curiosidad y tenía
admiración por él que rozaba en lo prohibido.
Esa tarde en la biblioteca casi vacía, sumida en un silencio con polvorientos libros antiguos. Se me había caído un libro, me agache a recogerlo y él igual y su mano rozó mi palma, esta vez fue deliberadamente y una chispa se encendió entre nosotros. Levante la mirada y ahí nuestras miradas se cruzaron y hubo una descarga de electricidad silenciosa, con un destello crudo, apasionado, oculto tras su silueta de profesor respetable.
El deseo era mutuo y lo pude palpar cuando
su mirada chocó con la mía, un instante mágico y dulce.
Señorita Sepúlveda me dijo con voz grave, susurrándome
“Necesito hablar con usted sobre su trabajo que presentó esta mañana,
¿podría venir a mi despacho?” mi corazón estalló en llamas porque presentía
que no era precisamente de mi ensayo de lo que él quería hablar, no pude
pronunciar palabra alguna, solo asentí con la cabeza, mi garganta estaba
demasiado seca para decir algo en ese instante.
Lo seguí por el pasillo angosto y
silencioso de la biblioteca y llegamos a su oficina, pequeña con luz tenue con
libros hasta el techo y una pequeña ventana que daba aun jardín interno, él la
cerró y bajó las cortinas, quedo todo sombrío, con un aspecto más íntimo, le
puso llave a la puerta que resonó la cerradura como un disparo al silencio,
lleno todo el ambiente con una expectativa llena de deseo y lujuria que se
podía palpar.
Se puso frente a mí, podía sentir el latido
de su corazón, el cual latía aceleradamente, me miro de frente y sentí como su
mirada me devoraba mi silueta y dijo con voz grave pero suave y pausadamente
Señorita Sepúlveda su trabajo esta… bien en general, pero su voz era ya inaudible
y se acerco un poco más a mi y ya no había distancia que se interpusiera entre
nosotros, sentí su aroma a almizcle con una mezcla de papel y vainilla que lo envolvía, mis ojos quedaron frente a los
suyos, su mirada como saetas de fuego que fueron lanzadas incontrolables, ardientes
que penetraban en mi mente y me hacían arder en ese fuego divino e
incontrolable.
Me dijo “hay un tema que tengo que discutir
con usted” y antes que terminará la frase sus manos ya estaban en mi cintura y
me apretó fuerte contra su cuerpo y su boca se poso sobre la mía y me besó de
forma deliciosa, un beso que borro todas las dudas que podían haber, sus labios
expertos y su lengua exploraron cada centímetro de mi boca que estaba deseosa
de sus besos, me dejó sin aliento y me aferré a él, lo abracé fuerte toando su
chaqueta, la cual saqué y la tiré al suelo y sentí la tela de su camisa en mis
dedos, mientras la pasión y el deseo reprimido estallaba en nosotros.
Nos besamos largamente con el deseo
ferviente de que ese instante no acabara nunca.
Sus manos bajaron por mi espalda y con una
gran habilidad sacó mi blusa la que cayó al suelo, mis sostenes de encaje al
parecer lo dejaron hipnotizado y dijo:” Eres…exquisita” con su voz
ronca, sus dedos sacaron mi sostén, lo olió antes de tirarlo por ahí, mis
pechos quedaron al descubierto y él con una mirada de hambre los miraba.
Cuando su boca se apoderó de uno de mis pezones
lance un gemido ahogado y silencioso que me hizo arquear la espalda, me lamía,
me succionaba con una ferocidad arrolladora, ¡Guau! Mientras se comía mis
pezones sentí en mi vientre su erección dura y caliente, era un hombre mayor
pero su vigor era innegable, su fuerza, su pasión, su deseo que me hacía creer que
el placer iba a ser devastador, me bajo el pantalón, los calzones, yo no opuse resistencia
alguna, mis caderas se movieron hacia las suyas como un instinto natural “quiero
sentirte en mi cariño” susurró y me sentó en su escritorio, mis piernas se
abrieron y todos los libros que ahí había cayeron todos. Él se arrodillo ante
mis piernas y me examino con su mirada toda mi entrepierna que estaba frente a
él como un regalo divino, mientras me miraba me sentí tan erótica, tan sensual,
sentir como miraba mi intimidad, su mirada inquisitiva, fue exquisita esa sensación
de sentirme observada de esa forma, ahí metió su lengua dentro de mí y sentí
una descarga eléctrica fantástica, sentir toda su boca en mi clítoris fue un deleite,
sentí un torbellino de sensaciones mientras el me besaba con una expertiz de
maestro en el arte del pacer; mientras él me lamía yo acariciaba suavemente sus
cabellos plateados, el me poseía con su boca y me hacía gemir, y el placer aumentaba
cada vez más y más ¡Por favor! Exclamé “No te detengas que quiero estallar de
este placer divino”.
El se puso de pies, su erección palpitante
esperando, no había nada que decir, el tomo un condón y me lo puso en mi mano, tomé
su miembro, sentí su piel, su pulso vibrante y le puse el preservativo, luego
guie su miembro con mis manos hacía mi entrada, cuando lo sentí entrando en mí di
un gemido de placer, esa sensación de sentirme tosa suya, esa plenitud de placer
abrumadora.
Al principio se movía lentamente, me hizo
gemir con cada estocada que me daba con su pene ardiente, cada movimiento que hacía
entraba más y más profundo en mí; nuestros latidos se aceleraron, se mezclaban
mis alaridos de placer con sus gemidos guturales mientras me besaba el cuello,
nos perdimos ahí en ese instante de pasión de entrega mutua. ¡guau! Que increíble
el placer insospechado, no me esperaba esta fuente inagotable de goce, su
cuerpo tan enérgico y fuerte, la edad aquí no importaba, ni se reflejaba. Me levantó,
me puso de espalda a su librero, tomó mis caderas y comenzó a penetrarme de pie,
mis piernas en su cintura, ¡que delicia! Todo era tan estimulante,
sentir su olor mientras entraba en mí, se movía enérgicamente y yo ahí
recibiendo cada estocada dentro mío. ¡sigue! ¡sigue! Gritaba, e sentía
poseída, ardiente, estaba desgarrada de placer y gemía y jadeaba y gritaba cada
vez más.
Él me apretó fuerte contra su cuerpo con
una fuerza violenta y tuve un orgasmo que me hizo delirar, mi cuerpo convulsiono,
estaba rendida ante él. Sentí su gemido cuando el acabó.
Mis piernas seguían entrelazadas en su
cintura y no lo quise soltar aún, solo quería seguir sintiendo la calidez de su
piel en la mía, de apoco nuestras respiraciones volvieron a calmarse y su
cuerpo extraviado de placer se estremecía junto al mío. (se quito el preservativo
y lo tiro a la basura).
Nos miramos fijamente a los ojos y yo le
acariciaba su rostro de forma suave, nos dimos un beso embriagante de placer.
El respetable Señor Camus, un hombre serio que me había hecho enloquecer de placer y pasión; su mirada profunda con ese deseo desenfrenado me hacia estremecer, quede ahí perdida en el mar azul de su mirada intensa, era una locura prohibida, el fruto prohibido del cual ambos estábamos dispuestos a saborear una y otra vez.





