Recuerdo cuando recorría tu cuerpo desnudo,
cálido, ardiente y suave, con mis manos que se perdían en cada recodo de tu
ser. Aún puedo recordar tu suavidad, tu piel clara, casi transparente, y esos
hilos de azul turquesa que se entrelazan. Parecía que no solo acariciaba tu
piel, sino también el mapa de tus venas latiendo, encendidas al rojo vivo por
el deseo; esa sangre caliente cuyo caudal podía sentir, bebiendo su calor con
mis manos y mi lengua.
Cuando comenzaba a desnudarte estabas frío,
con el rostro lívido, pero a medida que transcurrían los segundos te volvías
más y más ardiente, apasionado, sensual y salvaje. Después de quitarte toda la
ropa para seguir explorando tu cuerpo con mis manos atrevidas, continué el
recorrido con mi lengua experta. Mi boca sentía el dulce y adictivo sabor de tu
piel sedosa y salina. No hay cosa más placentera en este mundo que saborear tu
piel y tu olor a almizcle; eres un hombre totalmente delicioso, exquisito, excitante.
Tu aroma eleva mis sentidos al máximo y tu sabor en mi boca es un placer
divino, majestuoso y alucinante.

Pasar mi lengua por tu espalda —robusta,
suave y fuerte— y hacerte erizar como un gato es una dádiva de los dioses del
Olimpo. Recorrer cada milímetro de tu piel es lo más sensual, delicado y
salvaje que he realizado. Me sentía como si estuviera plasmando el deseo sobre
tu cuerpo, haciendo de cada centímetro de tu piel un lienzo donde el placer
cobra forma y explora las zonas más profundas; repasaba los detalles más
íntimos y ardientes de mi obra con mi lengua encendida, trazando un camino de
fuego. Tocar tu piel, suave como la seda china y adornada con pecas que
parecían salpicaduras cálidas del deseo, me hace estremecer. Me gustaba bajar
suavemente hasta tus muslos, besarme y perderme ahí, entre tus intimidades y en
tu sexo expectante, bebiendo tu virilidad. Eso era algo grandioso: besarte,
libarte, lamerte, succionarte todo.
Qué excitante era tener todo tu sexo
palpitante, duro, suave y ardiente dentro de mi boca, mientras mis dedos
exploraban tu zona posterior. Hacerte llegar al clímax dentro de mi boca y
recibir todo el torrente de tu cuerpo, saborearlo y devorarte como una ofrenda
sagrada, era lujurioso, obsceno y fascinante.
Quedó grabado en mi mente el rostro que
proyectaba tu placer más absoluto. Ver esa expresión llena de éxtasis era
maravilloso, ver cómo disfrutabas cada vez que estabas dentro de mi cuerpo,
uniendo nuestro sudor y nuestro fuego en un solo ser. Una imagen cargada de
sensualidad y erotismo salvaje, llena de locura y lascivia. Tu rostro era lo
más excitante: ver y sentir cómo disfrutabas de nuestros encuentros me hacía
sentir un placer enorme e indescriptible. Sentir tu cuerpo junto al mío,
nuestras pieles frotándose y nuestros aromas fusionándose, me hacía sentir
calidez. Como una gata buscando calor, deseando quedar impregnada en ti, me
hacías sentir mujer, sin un límite que separara nuestros cuerpos, fundidos en
uno solo.
Cómo quisiera que tu olor aún estuviera
impregnado en mi piel, como un embrujo gitano que nadie pueda quitar, un rastro
de sudor y deseo que se queda en el aire; sería una delicia.
Las huellas de tu piel siguen en la mía, y
aún recuerdo nuestras eternas horas de pasión y lujuria. Esas horas obscenas
que no volverán, pero el recuerdo de tu sexo palpitante y duro, caliente y
vigoroso dentro de mí, no lo olvidaré jamás.