Aquella tarde
fría llegamos al motel, ese que está entremedio de calles laberínticas, todas
escondidas y llenas de historias ocultas, de pasión, de fuego y lujuria.
Decidimos entrar al que estaba al fondo, al lado izquierdo, donde brillaba un
farol azul. Se llamaba justamente así: "El Farol Azul". Tenía una
atmósfera cargada de erotismo, con símbolos orientales y tántricos que llamaban
a los amantes a encender su fuego.
Esperamos en
un rincón de la salita hasta que nuestra habitación estuvo lista. Mientras
permanecíamos en ese cubículo de dos metros por dos, nos miramos fijamente a
los ojos; nos besamos con la pasión y el deseo al máximo. Nuestras manos
recorrían la piel, que estaba expectante a las caricias, hasta alcanzar
nuestras zonas más sensibles y húmedas.
Seguimos
besándonos hasta que llegó la mucama y nos condujo por un pasillo iluminado con
pequeñas lamparitas en forma de flor. Caminamos hasta la habitación de la
derecha; era un espacio de colores claros con un diseño exótico caribeño,
figuras de palmeras y hamacas sobre un fondo de puesta de sol. Tenía una
iluminación tenue, era amplia y con una temática entretenida.
Nos quedamos
frente a frente. Pusiste música de darbukas y, al ritmo de la percusión,
comencé a desabrochar los botones de mi blusa, uno a uno, de abajo hacia
arriba. Mientras te recostabas en la cama, me mirabas extasiado, viéndome
bailar. Terminé de quitarme la blusa y seguí moviéndome al ritmo árabe;
lentamente me desprendí de la falda. Al compás de la música, quedé solo en ropa
interior de encaje negro y medias del mismo color. Me hinqué sobre ti, dejando
mi pecho frente a tus ojos, y seguí moviéndome suave y sensualmente.
Con tus manos
temblorosas, lograste por fin desabrochar mis sostenes mientras acariciabas mi
espalda y mi cintura. Me miraste a los ojos y me diste un beso cargado de
lujuria. Tus manos recorrieron mis pechos como un tesoro recién descubierto y
bajaste la mirada para contemplarlos. Acariciaste mis pezones de forma metódica
y posaste tus labios sobre ellos. Los lamías con tu lengua, que ardía como el
fuego; los rodeabas suavemente, haciéndome estremecer completa.
Al sentir tu
lengua en mis pezones, una descarga de energía me sacudió; fue una sensación
electrizante. Cuando tus labios rodearon mis pechos por completo, el éxtasis
fue total; sentir tu boca me hacía palpitar y vibrar.
Te quité la
camisa de forma versada. Al descubrir tu torso desnudo, sentí tu piel suave y
ardiente. Tú me quitaste, una a una, las medias mientras lamías mis piernas.
Fue una sensación alucinante sentir tus labios en mi piel. Me dejaste solo con
la tanguita puesta mientras te concentrabas en lamer cada milímetro de mi
cuerpo. ¡Qué ardor más placentero! Comencé a gemir cuando tu lengua recorrió mi
espalda y subió hacia mi cuello. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espina
dorsal. Qué placer, qué locura, qué delicia eran tus lamidas.
Me di vuelta y
te besé con frenesí mientras te quitaba los pantalones. Te tiré a la cama de
espaldas y comencé a lamer tu cuerpo, empezando por la curva de tu cuello. El
aroma de tu piel me golpeó de forma salvaje; reconocí de inmediato el perfume
L'Eau d'Issey, de Issey Miyake, el que te regalé para tu cumpleaños. Mi lengua
no quería detenerse en esa labor de adoración: bajé por tu pecho, saboreándote,
hasta llegar a tu ombligo. Regresé por tus costillas, subí a tus hombros y me
perdí en tus brazos hasta llegar a tus manos. Besé cada uno de tus dedos y los
introduje en mi boca, imaginando que no eran precisamente tus dedos lo que
tenía allí.
Ese
pensamiento me hizo enloquecer. Con una urgencia inusitada, me puse encima de
ti. Froté mi cuerpo contra el tuyo y me mecí; el fuego crecía dentro de mí. Te
quité la ropa interior y quedaste completamente desnudo. Con avidez feroz, besé
y lamí tu miembro erecto, palpitante y tenso, como en un acto de devoción.
Estaba tan excitada... pero en un movimiento rápido, giré y puse mi vulva sobre
tu boca para que me comieras entera. Cuando tu lengua entró en mí, sentí una
descarga eléctrica, di un grito desesperado y me retorcí en un orgasmo intenso.
Tuve que
esperar unos instantes para continuar, pero aquel orgasmo solo aumentó mi
hambre por tu falo. Volví a entregarme a él mientras tú seguías penetrándome
con tu lengua de fuego. Ya no podía más de éxtasis. Me repuse unos segundos, te
besé con furia y me subí sobre ti. Sentí cómo entrabas por completo: duro,
ardiente, suave. Solo con sentirte dentro tuve otro orgasmo delicioso. Comencé
a apretarte practicando pompoir, moviéndome al ritmo de las darbukas que
sonaban cada vez más fuerte. La imagen de tu rostro, con una expresión de
placer infinito, hacía que mi incendio interno fuera incontrolable. Tuve un
orgasmo tras otro hasta quedar exhausta practicando la kabazza.
Me bajé de ti
y te pedí que me hicieras acabar otra vez con tu boca. Estaba sedienta. Tú me
complaciste de inmediato, saboreando mi néctar. El roce de tus labios en mi
clítoris me hizo estallar; cada lamida era una ola en un tsunami de orgasmos
que me inundó por completo. Bebiste de mí con avidez hasta saciarte.
Cuando por fin
te alejaste, estabas mojado y brillante, una mezcla de sudor y de mi propio
placer. Me tomaste con fuerza, me diste la vuelta hacia la pared y entraste en
mi cuerpo con toda tu lujuria. Las embestidas eran potentes y electrizantes;
mis gritos se convirtieron en aullidos incontrolables. El gemido de liberación
final ocurrió cuando los dos, al unísono, llegamos al clímax de forma
majestuosa. Tu cuerpo se desplomó sobre el mío y nos quedamos fundidos, piel
con piel, mientras nuestras respiraciones se calmaban.
Cuando
nuestros corazones volvieron a su ritmo, nos fundimos en un beso de adoración
mutua. Las palabras sobraban. Tu olor quedó impregnado en mí y mi Volupté, de
Oscar de la Renta, en ti. Nuestros aromas y almas estaban entrelazados. Fue el
cierre perfecto.
Esa tarde pasó
rápido. Nos quedamos dormidos y, a la medianoche, despertamos para ir a la
ducha. Allí, me hinqué y te hice una felación hasta que acabaste en mi boca; me
tragué ese elixir como una ofrenda mientras me mirabas en éxtasis. Al salir,
nos vestimos y caminamos por los callejones obscuros, besándonos en cada
esquina como si no hubiera un mañana.
Al llegar a
casa, te dormiste enseguida. Yo me quedé despierta a tu lado, repasando cada
segundo de lo vivido, acariciándome a mí misma hasta alcanzar un último
orgasmo, deseando que fueran tus manos las que me tocaban. Finalmente me dormí,
pensando en esa tarde mágica en el cuarto del motel.