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domingo, 22 de febrero de 2026

El Profesor de Literatura


Iba caminando por el pasillo de la biblioteca y por el mismo pasillo venía mi profesor de literatura, nuestras manos se rozaron de manera accidental, pero al rozarlo sentí un temblor en todo mi cuerpo, nos miramos a los ojos y sonreímos, como si algo soterrado se escondiera entre los dos.

El señor Camus, mi profesor de literatura, un hombre mayor cuya edad se reflejaba en las finas líneas alrededor de los ojos, de azul profundo como el mar que despertaba toda mi curiosidad y tenía admiración por él que rozaba en lo prohibido.

Esa tarde en la biblioteca casi vacía, sumida en un silencio con polvorientos libros antiguos. Se me había caído un libro, me agache a recogerlo y él igual y su mano rozó mi palma, esta vez fue deliberadamente y una chispa se encendió entre nosotros. Levante la mirada y ahí nuestras miradas se cruzaron y hubo una descarga de electricidad silenciosa, con un destello crudo, apasionado, oculto tras su silueta de profesor respetable.


El deseo era mutuo y lo pude palpar cuando su mirada chocó con la mía, un instante mágico y dulce.

Señorita Sepúlveda me dijo con voz grave, susurrándome “Necesito hablar con usted sobre su trabajo que presentó esta mañana, ¿podría venir a mi despacho?” mi corazón estalló en llamas porque presentía que no era precisamente de mi ensayo de lo que él quería hablar, no pude pronunciar palabra alguna, solo asentí con la cabeza, mi garganta estaba demasiado seca para decir algo en ese instante.

Lo seguí por el pasillo angosto y silencioso de la biblioteca y llegamos a su oficina, pequeña con luz tenue con libros hasta el techo y una pequeña ventana que daba aun jardín interno, él la cerró y bajó las cortinas, quedo todo sombrío, con un aspecto más íntimo, le puso llave a la puerta que resonó la cerradura como un disparo al silencio, lleno todo el ambiente con una expectativa llena de deseo y lujuria que se podía palpar.

Se puso frente a mí, podía sentir el latido de su corazón, el cual latía aceleradamente, me miro de frente y sentí como su mirada me devoraba mi silueta y dijo con voz grave pero suave y pausadamente Señorita Sepúlveda su trabajo esta… bien en general, pero su voz era ya inaudible y se acerco un poco más a mi y ya no había distancia que se interpusiera entre nosotros, sentí su aroma a almizcle con una mezcla de papel y vainilla que lo  envolvía, mis ojos quedaron frente a los suyos, su mirada como saetas de fuego que fueron lanzadas incontrolables, ardientes que penetraban en mi mente y me hacían arder en ese fuego divino e incontrolable.

Me dijo “hay un tema que tengo que discutir con usted” y antes que terminará la frase sus manos ya estaban en mi cintura y me apretó fuerte contra su cuerpo y su boca se poso sobre la mía y me besó de forma deliciosa, un beso que borro todas las dudas que podían haber, sus labios expertos y su lengua exploraron cada centímetro de mi boca que estaba deseosa de sus besos, me dejó sin aliento y me aferré a él, lo abracé fuerte toando su chaqueta, la cual saqué y la tiré al suelo y sentí la tela de su camisa en mis dedos, mientras la pasión y el deseo reprimido estallaba en nosotros.

Nos besamos largamente con el deseo ferviente de que ese instante no acabara nunca.

Sus manos bajaron por mi espalda y con una gran habilidad sacó mi blusa la que cayó al suelo, mis sostenes de encaje al parecer lo dejaron hipnotizado y dijo:” Eres…exquisita” con su voz ronca, sus dedos sacaron mi sostén, lo olió antes de tirarlo por ahí, mis pechos quedaron al descubierto y él con una mirada de hambre los miraba.

Cuando su boca se apoderó de uno de mis pezones lance un gemido ahogado y silencioso que me hizo arquear la espalda, me lamía, me succionaba con una ferocidad arrolladora, ¡Guau! Mientras se comía mis pezones sentí en mi vientre su erección dura y caliente, era un hombre mayor pero su vigor era innegable, su fuerza, su pasión, su deseo que me hacía creer que el placer iba a ser devastador, me bajo el pantalón, los calzones, yo no opuse resistencia alguna, mis caderas se movieron hacia las suyas como un instinto natural “quiero sentirte en mi cariño” susurró y me sentó en su escritorio, mis piernas se abrieron y todos los libros que ahí había cayeron todos. Él se arrodillo ante mis piernas y me examino con su mirada toda mi entrepierna que estaba frente a él como un regalo divino, mientras me miraba me sentí tan erótica, tan sensual, sentir como miraba mi intimidad, su mirada inquisitiva, fue exquisita esa sensación de sentirme observada de esa forma, ahí metió su lengua dentro de mí y sentí una descarga eléctrica fantástica, sentir toda su boca en mi clítoris fue un deleite, sentí un torbellino de sensaciones mientras el me besaba con una expertiz de maestro en el arte del pacer; mientras él me lamía yo acariciaba suavemente sus cabellos plateados, el me poseía con su boca y me hacía gemir, y el placer aumentaba cada vez más y más ¡Por favor! Exclamé “No te detengas que quiero estallar de este placer divino”.

El se puso de pies, su erección palpitante esperando, no había nada que decir, el tomo un condón y me lo puso en mi mano, tomé su miembro, sentí su piel, su pulso vibrante y le puse el preservativo, luego guie su miembro con mis manos hacía mi entrada, cuando lo sentí entrando en mí di un gemido de placer, esa sensación de sentirme tosa suya, esa plenitud de placer abrumadora.

Al principio se movía lentamente, me hizo gemir con cada estocada que me daba con su pene ardiente, cada movimiento que hacía entraba más y más profundo en mí; nuestros latidos se aceleraron, se mezclaban mis alaridos de placer con sus gemidos guturales mientras me besaba el cuello, nos perdimos ahí en ese instante de pasión de entrega mutua. ¡guau! Que increíble el placer insospechado, no me esperaba esta fuente inagotable de goce, su cuerpo tan enérgico y fuerte, la edad aquí no importaba, ni se reflejaba. Me levantó, me puso de espalda a su librero, tomó mis caderas y comenzó a penetrarme de pie, mis piernas en su cintura, ¡que delicia! Todo era tan estimulante, sentir su olor mientras entraba en mí, se movía enérgicamente y yo ahí recibiendo cada estocada dentro mío. ¡sigue! ¡sigue! Gritaba, e sentía poseída, ardiente, estaba desgarrada de placer y gemía y jadeaba y gritaba cada vez más.

Él me apretó fuerte contra su cuerpo con una fuerza violenta y tuve un orgasmo que me hizo delirar, mi cuerpo convulsiono, estaba rendida ante él. Sentí su gemido cuando el acabó.

Mis piernas seguían entrelazadas en su cintura y no lo quise soltar aún, solo quería seguir sintiendo la calidez de su piel en la mía, de apoco nuestras respiraciones volvieron a calmarse y su cuerpo extraviado de placer se estremecía junto al mío. (se quito el preservativo y lo tiro a la basura).

Nos miramos fijamente a los ojos y yo le acariciaba su rostro de forma suave, nos dimos un beso embriagante de placer.

El respetable Señor Camus, un hombre serio que me había hecho enloquecer de placer y pasión; su mirada profunda con ese deseo desenfrenado me hacia estremecer, quede ahí perdida en el mar azul de su mirada intensa, era una locura prohibida, el fruto prohibido del cual ambos estábamos dispuestos a saborear una y otra vez.

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El incendio de tu tacto


​Me pregunto en el silencio de este deseo obscuro:

¿Cómo se sentirá el peso de tus manos sobre mi piel?

Ese roce masculino, firme y seguro,

dibujando en mi cuerpo la urgencia de tu sed.

​No tienes idea de cuánto te he soñado,

de cómo he recreado en mi mente cada caricia,

buscando el rastro de un roce imaginado

que calme, por fin, esta dulce injusticia.


​Solo deseo sentirte, poseerte en mi centro,

que seas tú quien apague este fuego inclemente;

que entres como un rayo en mis pensamientos

y devores el ansia que me quema la frente.

Cada vez que te miro, la sangre me hierve,

mis venas se funden en un cauce de lava,

y mientras mi piel ante tu sombra se rinde,

mi voluntad se quiebra, de tu fuego esclava.

​Eres la chispa, el combustible y la llama,

el dueño absoluto de toda mi pasión.


Y este volcán que en mi pecho proclama

solo encuentra en tus manos su redención.

​Ven a recorrer mi piel ardorosa,

que mi tacto te busca con hambre de ti;

apaga esta hoguera, febril y ansiosa,

y húndete en el caos que provocas en mí.

miércoles, 14 de enero de 2026

Embrujo de Amor

 


¿Cómo me enamoré de ti?

¿Cómo me enamoré de ti, si

fue solo una mirada directo a mis ojos?

Estaba perdida, sin rumbo,

y de repente tu luz con su fulgor iluminó toda

mi existencia.

 

Me enamoré sin darme cuenta

de lo que sucedía.

Solo entré en esa burbuja de luz

que construiste para mí,

llena de cosas maravillosas,

grandiosas, deliciosas;

con tu mirada hiciste magia

y llenaste de color y pasión

mi realidad antes gris.

 

Me enamoraste, me embrujaste,

y yo caí en tu dulzura

y en el destello rutilante de tu luz de estrellas.

 

 

Eres dulce como el dátil de Palestina.

 Eres luz, como la luna que baña el mar de Gaza.

 

Cuando me di cuenta de todo,

ya estaba enamorada de ti,

 ¡oh, amor mío!

Tú das sentido a mi existencia,

que antes de ti estaba obscura

y vacía, como el desierto sin su oasis.

 

Lo único que deseo ahora

es que nos embriaguemos de amor

y de pasión; deseo sentirte en mi alma,

feliz y tranquilo.

 

Quiero que en mi regazo encuentres

esa paz y calma que necesita tu alma

cansada, agotada de los caminos

duros de esta vida.

 

Quiero que en mi regazo

descansen todos tus sueños y anhelos,

y que juntos podamos disfrutar de las delicias

de este amor dulce y luminoso.

 

Quiero que todos los rumbos

por los que nos lleve esta vida estén llenos de amor,

ternura y pasión desbordada.

 

Deseo que este amor sempiterno

siempre nos reúna en todas

las vidas que nos toquen vivir.

Porque una sola vida

es muy poco tiempo para amarte,

¡oh, amor mío!

 

¡Un amor así no se puede agotar en una sola vida!

En todas las existencias que me toquen,

te buscaré para amarte

por siempre y para siempre.

sábado, 10 de enero de 2026

La Tarde en el Farol Azul

 

Aquella tarde fría llegamos al motel, ese que está entremedio de calles laberínticas, todas escondidas y llenas de historias ocultas, de pasión, de fuego y lujuria. Decidimos entrar al que estaba al fondo, al lado izquierdo, donde brillaba un farol azul. Se llamaba justamente así: "El Farol Azul". Tenía una atmósfera cargada de erotismo, con símbolos orientales y tántricos que llamaban a los amantes a encender su fuego.

 

Esperamos en un rincón de la salita hasta que nuestra habitación estuvo lista. Mientras permanecíamos en ese cubículo de dos metros por dos, nos miramos fijamente a los ojos; nos besamos con la pasión y el deseo al máximo. Nuestras manos recorrían la piel, que estaba expectante a las caricias, hasta alcanzar nuestras zonas más sensibles y húmedas.

 

Seguimos besándonos hasta que llegó la mucama y nos condujo por un pasillo iluminado con pequeñas lamparitas en forma de flor. Caminamos hasta la habitación de la derecha; era un espacio de colores claros con un diseño exótico caribeño, figuras de palmeras y hamacas sobre un fondo de puesta de sol. Tenía una iluminación tenue, era amplia y con una temática entretenida.

 

Nos quedamos frente a frente. Pusiste música de darbukas y, al ritmo de la percusión, comencé a desabrochar los botones de mi blusa, uno a uno, de abajo hacia arriba. Mientras te recostabas en la cama, me mirabas extasiado, viéndome bailar. Terminé de quitarme la blusa y seguí moviéndome al ritmo árabe; lentamente me desprendí de la falda. Al compás de la música, quedé solo en ropa interior de encaje negro y medias del mismo color. Me hinqué sobre ti, dejando mi pecho frente a tus ojos, y seguí moviéndome suave y sensualmente.

 

Con tus manos temblorosas, lograste por fin desabrochar mis sostenes mientras acariciabas mi espalda y mi cintura. Me miraste a los ojos y me diste un beso cargado de lujuria. Tus manos recorrieron mis pechos como un tesoro recién descubierto y bajaste la mirada para contemplarlos. Acariciaste mis pezones de forma metódica y posaste tus labios sobre ellos. Los lamías con tu lengua, que ardía como el fuego; los rodeabas suavemente, haciéndome estremecer completa.

 

Al sentir tu lengua en mis pezones, una descarga de energía me sacudió; fue una sensación electrizante. Cuando tus labios rodearon mis pechos por completo, el éxtasis fue total; sentir tu boca me hacía palpitar y vibrar.

 

Te quité la camisa de forma versada. Al descubrir tu torso desnudo, sentí tu piel suave y ardiente. Tú me quitaste, una a una, las medias mientras lamías mis piernas. Fue una sensación alucinante sentir tus labios en mi piel. Me dejaste solo con la tanguita puesta mientras te concentrabas en lamer cada milímetro de mi cuerpo. ¡Qué ardor más placentero! Comencé a gemir cuando tu lengua recorrió mi espalda y subió hacia mi cuello. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espina dorsal. Qué placer, qué locura, qué delicia eran tus lamidas.

 

Me di vuelta y te besé con frenesí mientras te quitaba los pantalones. Te tiré a la cama de espaldas y comencé a lamer tu cuerpo, empezando por la curva de tu cuello. El aroma de tu piel me golpeó de forma salvaje; reconocí de inmediato el perfume L'Eau d'Issey, de Issey Miyake, el que te regalé para tu cumpleaños. Mi lengua no quería detenerse en esa labor de adoración: bajé por tu pecho, saboreándote, hasta llegar a tu ombligo. Regresé por tus costillas, subí a tus hombros y me perdí en tus brazos hasta llegar a tus manos. Besé cada uno de tus dedos y los introduje en mi boca, imaginando que no eran precisamente tus dedos lo que tenía allí.

 

Ese pensamiento me hizo enloquecer. Con una urgencia inusitada, me puse encima de ti. Froté mi cuerpo contra el tuyo y me mecí; el fuego crecía dentro de mí. Te quité la ropa interior y quedaste completamente desnudo. Con avidez feroz, besé y lamí tu miembro erecto, palpitante y tenso, como en un acto de devoción. Estaba tan excitada... pero en un movimiento rápido, giré y puse mi vulva sobre tu boca para que me comieras entera. Cuando tu lengua entró en mí, sentí una descarga eléctrica, di un grito desesperado y me retorcí en un orgasmo intenso.

 

Tuve que esperar unos instantes para continuar, pero aquel orgasmo solo aumentó mi hambre por tu falo. Volví a entregarme a él mientras tú seguías penetrándome con tu lengua de fuego. Ya no podía más de éxtasis. Me repuse unos segundos, te besé con furia y me subí sobre ti. Sentí cómo entrabas por completo: duro, ardiente, suave. Solo con sentirte dentro tuve otro orgasmo delicioso. Comencé a apretarte practicando pompoir, moviéndome al ritmo de las darbukas que sonaban cada vez más fuerte. La imagen de tu rostro, con una expresión de placer infinito, hacía que mi incendio interno fuera incontrolable. Tuve un orgasmo tras otro hasta quedar exhausta practicando la kabazza.

 

Me bajé de ti y te pedí que me hicieras acabar otra vez con tu boca. Estaba sedienta. Tú me complaciste de inmediato, saboreando mi néctar. El roce de tus labios en mi clítoris me hizo estallar; cada lamida era una ola en un tsunami de orgasmos que me inundó por completo. Bebiste de mí con avidez hasta saciarte.

 

Cuando por fin te alejaste, estabas mojado y brillante, una mezcla de sudor y de mi propio placer. Me tomaste con fuerza, me diste la vuelta hacia la pared y entraste en mi cuerpo con toda tu lujuria. Las embestidas eran potentes y electrizantes; mis gritos se convirtieron en aullidos incontrolables. El gemido de liberación final ocurrió cuando los dos, al unísono, llegamos al clímax de forma majestuosa. Tu cuerpo se desplomó sobre el mío y nos quedamos fundidos, piel con piel, mientras nuestras respiraciones se calmaban.

 

Cuando nuestros corazones volvieron a su ritmo, nos fundimos en un beso de adoración mutua. Las palabras sobraban. Tu olor quedó impregnado en mí y mi Volupté, de Oscar de la Renta, en ti. Nuestros aromas y almas estaban entrelazados. Fue el cierre perfecto.

 

Esa tarde pasó rápido. Nos quedamos dormidos y, a la medianoche, despertamos para ir a la ducha. Allí, me hinqué y te hice una felación hasta que acabaste en mi boca; me tragué ese elixir como una ofrenda mientras me mirabas en éxtasis. Al salir, nos vestimos y caminamos por los callejones obscuros, besándonos en cada esquina como si no hubiera un mañana.

 

Al llegar a casa, te dormiste enseguida. Yo me quedé despierta a tu lado, repasando cada segundo de lo vivido, acariciándome a mí misma hasta alcanzar un último orgasmo, deseando que fueran tus manos las que me tocaban. Finalmente me dormí, pensando en esa tarde mágica en el cuarto del motel.

                  

miércoles, 7 de enero de 2026

Pirómano del averno



​En esta cálida noche de verano,

recuerdo el suave ardor de tu piel morena,

tus besos y caricias en el umbral de la puerta.

Tus manos, al rozar mi piel,

hacían que mi sangre ardiera

y mis venas se derretían

con el fuego que tú provocabas.

​Pirómano, solo te dedicas a

encender el fuego de mi pasión.

El roce de tu boca,

tu lengua hurgando en mi fuente divina,

hacían que lava ardiente

escurriera por mis piernas;

surcos incandescentes en mi piel,

prueba máxima de que solo tú

me llevas al infierno del placer.

​Y me dejas allí, en el averno,

siendo devorada por el candor de tu boca.

Haces que mi cuerpo se arquee,

que vibre de lujuria

y que me inunde mi propio placer.

Ese fuego que enciendes con tu cuerpo...

no quiero que termine jamás.

martes, 28 de octubre de 2025

Sueños Ardientes

Solo fue un dulce delirio erótico,

 un mapa de fuego trazado sobre mi piel;

 recorriste con tu boca cada poro, cada relieve,

hasta que mi tez ardió bajo el rastro de tu lengua.

 

Sentí el asedio candente de tu boca,

 un relámpago en mi centro

me hizo erizar el cuerpo

con el instinto de una gata.

Grité al vacío mientras me habitabas;

tus dedos, náufragos en mi humedad,

desataron una marea incontenible.

 

Fue solo un sueño, un incendio imaginario,

pero al despertar, el deseo era un rastro húmedo,

una fiebre que todavía me recorre los muslos.

 

Cada caricia, cada beso,

cada roce húmedo quedó tatuado

en el silencio de mi alcoba;

 son la chispa que desata mi tormenta.

Enciendes el fuego que me habita,

y con solo soñarte, me tienes aquí,

clandestina,

deseando el peso de tu cuerpo.

 

Me haces volar sin alas,

solo con la memoria;

me haces estremecer en la penumbra.

ahora, solo deseo que el alba se detenga

 y que mis sueños

por fin, aprendan a ser realidad…

 


sábado, 11 de octubre de 2025

Esta noche te recuerdo.


Las estrellas que titilan en el cielo,

 brillando en la lontananza,

me recuerdan el brillo de tus ojos

cuando me mirabas;

de frente a mis ojos de miel,

 me decías que jamás me dejarías,

que me amabas, que me querías.

 

Pero fueron solo palabras

melodiosas y dulces...

Y esas palabras zalameras se escaparon

el agua entre las manos; se desvanecieron

en el tiempo. Palabras dulces, solo palabras.

 

Hoy, mirando el cielo estrellado,

recuerdo tus promesas y los proyectos

juntos trazamos para nuestras vidas.

Palabras dulces, solo palabras.

 

Recuerdo el ayer y pienso qué hacer

si te encuentro otra vez en mi camino.

Y si no te encuentro,

recordarte será mi medicina;

 amarte en silencio será mi vida.

 

Hoy, mirando el mar calmo bajo la luna llena

y las estrellas iluminándome,

recuerdo nuestros bellos atardeceres.

Esas noches eternas en que,

en calma, disfrutábamos de un baño de luna;

nuestras dulces noches de pasión

en las que deseábamos que la noche no acabara nunca.

 

Hoy solo recuerdo todo el placer

que me hiciste sentir;

ese placer infinito que me diste

en nuestras veladas de luna llena.

La conquista fue mutua: el juego, la seducción,

la diversión y lo delicioso de nuestra pasión...

 

Hoy, mirando las estrellas

que titilan en el cielo,

brillando en la lontananza,

vuelvo a tus bellos ojos cafés.

Recuerdo ese incandescente brillo

cuando me hablabas melodiosamente.

Esta noche de luna llena te recuerdo;

recuerdo, otra vez,

 el brillo de tus lindos ojos cafés.