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martes, 31 de mayo de 2011

El vuelo de un Dragón Libre.


Me encontraba sentada a la orilla del mar, en el Reino de las Hadas, más conocido por los viajeros como el «Reino Peligroso». Es un lugar fascinante donde conviven personajes de las más diversas especies.

Estaba allí, simplemente contemplando el ocaso. Era un atardecer bellísimo, aparentemente tranquilo, hasta que divisé algo maravilloso a lo lejos. Un ser volaba con las alas extendidas en todo su esplendor; me llamó la atención porque brillaba de forma centellante, con un matiz que mutaba del dorado al plateado. Parecía portar una armadura de oro o de plata bajo el sol poniente.

Al acercarse, me di cuenta de que se trataba de un dragón blanco que vestía una cota de malla. Era una pieza exquisita, similar a las que forjan los enanos, pero no solo de plata, sino tejida con finos hilos de oro. Fue majestuoso verlo planear justo arriba de mí antes de descender. Bajó la velocidad, aterrizó con una suavidad asombrosa y se sentó a mi lado.

Le pregunté su nombre.

—Me llamo Smaug —respondió—, como el dragón que mató Bilbo Bolsón. Mis padres eligieron ese nombre porque aquel Smaug fue un dragón de muchas historias, pero no te asustes: yo soy un dragón bueno, nada que ver con el malvado de los libros.

 

Me confesó que su pasatiempo preferido era volar durante el crepúsculo, justo cuando el cielo se vuelve obscuro y profundo, porque así puede divisar toda la costa y la inmensidad del mar. Después, suele viajar a la Luna para charlar con el Hombre de la Luna mientras fuman un poco de tabaco. Antes del amanecer, regresa a la playa para encontrarse con magos y sirenas en sus celebraciones. Le encantan las fiestas, el Rey del Mar le parece un personaje divertidísimo y disfruta de la compañía de los seres mágicos.

—La vida aquí en el Reino de las Hadas es muy entretenida —continuó—. Siempre hay algo que celebrar. También llega mucha gente desconocida de otros mundos que aparece perdida; ellos me piden consejos sobre cómo comportarse en este lugar tan especial. Si no sabes qué hacer, puedes cometer errores que terminen lastimando a los demás. Por eso, me han encargado la tarea de guiar a todos los visitantes.

Smaug admitió que es un trabajo que le agrada, pues siempre ocurren situaciones jocosas que lo hacen reír.

—Pero lo que más me gusta —añadió relamiéndose— son los banquetes que ofrecen las sirenas a la orilla del mar antes del alba. Son verdaderos manjares «para chuparse los bigotes». Solo la semana pasada tuvimos cuatro fiestas. Aquí siempre hay motivos para brindar. Después nos vamos todos a dormir y no nos levantamos antes de las dos de la tarde.

A pesar de la diversión, también hay mucho trabajo. Me contó que lidiar con el Rey del Mar y sus hijas no siempre es fácil, y que el Hombre de la Luna tiene un carácter bastante agrio. Su mayor desafío son las visitas inesperadas: debe guiarlas para que no reciban un castigo de muchos años ayudando al gruñón señor de la Luna. Con la ayuda de los magos, Smaug los saca a escondidas y arregla los entuertos para devolverlos a sus hogares sanos y salvos.

—Pero cuando no tengo nada urgente —concluyó con un suspiro de satisfacción—, me gusta volar por la inmensidad del crepúsculo, batir mis alas bajo los últimos rayos de sol y sentir la libertad. Sentir el aire fresco en mis narices mientras espero la noche para visitar a mi amigo el lunar... Y tú, ¿por qué estás aquí en la playa?

Lo miré y sonreí.

—Yo solo contemplo lo hermoso que se ve el cielo en el ocaso, cuando los dragones vuelan en todo su esplendor y en libertad.

lunes, 30 de mayo de 2011

El día que los Dragones emigraron del Este.


Cuando el dragón descendió hacia el río para beber agua fresca, notó de inmediato que la corriente bajaba turbia. Los peces, angustiados, le contaron que alguien había arrojado desechos al cauce, contaminándolo todo. Sentenciaron, además, que partirían hacia otro brazo del río, ¡donde el agua aún fuera pura! Así, los peces, las aves, el dragón y todos los habitantes del valle emprendieron el camino hacia el otro lado de la montaña, buscando el refugio del folde oeste.

    Poco a poco, la zona Este se convirtió en un lugar obscuro, lúgubre y deshabitado. Solo quedaron allí bestias horribles que es mejor no mencionar; el aire se volvió fétido, el río se quedó sin peces y las cuevas, sin dragones. Ya no había nada, salvo soledad, tristeza y el rastro de los desperdicios que lo asfixiaban todo. 

La pregunta que todos se hacían era: ¿Quién ensucio el río? ¿Por qué lo hicieron?

Nadie tenía una respuesta clara, pero en el pueblo se decía que los culpables eran los dueños de una mina que habían llegado desde el norte en busca de oro. ¡Habían contaminado la vida misma por ambición! La gente comenzó a cuestionarse: «¿Es necesario que tengamos tantas joyas? ¿Vale más el oro que los peces que nos alimentan? ¿Vale más que el vuelo de los dragones que adornan nuestros cielos?».

—¡Queremos nuestros peces! ¡Queremos nuestros dragones! —gritaba la multitud—. ¡Fuera las minas! ¡Queremos nuestra agua! ¡Váyanse y dejen el oro!

A pesar de las protestas diarias, la situación en el pueblo empeoraba. Finalmente, el Consejo de Ancianos decidió que su gente también debía marchar; no era posible sobrevivir sin agua limpia, sin aire puro y sin la magia de los dragones.

Pasó el tiempo y aquellos que se quedaron se llenaron de oro, cobre y plata, pero heredaron un valle marchito. El Este se quedó sin agua para beber y sin alimento que recolectar. La gente ya no tenía aire para respirar y los dragones, heridos en su orgullo, decidieron no regresar jamás.

¿Valdrá la pena el cobre, el oro y la plata a cambio de la desolación del folde este? Es una pregunta que muchos, todavía hoy, se siguen haciendo.

jueves, 19 de mayo de 2011

Así Termina La Vida y Comienza la supervivencia

El siguiente documento es uno de los más preciados por los ecologistas, se trata de la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washington. Los indios americanos estaban muy unidos a su tierra no conociendo la propiedad, es más consideraban la tierra dueña de los hombres. En numerosos ámbitos ecologistas se le considera como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente".




Carta del Jefe Indio Seattle.
 

El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.

¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua. ¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. "Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Más, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizantes, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.

Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo no puede estar exento del destino común-. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza la supervivencia....