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jueves, 30 de junio de 2011

Retrospectiva



En estos instantes de paz y tranquilidad,  

reflexiono y miro hacia atrás.

Hago un ejercicio de retrospectiva

y recuerdo tantas cosas sobre ti...

Recuerdo que, a cada amanecer,

despertaba y te veía a mi lado;

cada vez que hablaba, te pronunciaba,

y ya no sabía qué hacer.

 

Sentía que mi vida sin ti no podía ser.

Vivir sin ti era como un mar sin olas,

como un cielo sin luna;

porque sentía que tú iluminabas mis noches

y las hacías diferentes, únicas y especiales.

 

Sentía que nada tenía razón,

que todo carecía de sentido.

Creí que no tenerte era un sueño,

un loco sueño que no quería recordar;

pero era esa mi realidad.

Una realidad que deseaba olvidar,

de la que deseaba salir y desaparecer,

sin dejar huella ni rastro.

 

Quería marcharme como las aves

cuando llega el otoño:

volar libre, sin dejar rastro,

librarme de lo que me oprimía,

librarme de un amor no correspondido.

Solo quería volar, desaparecer,

porque el amor que sentía

ya no cabía dentro de mi ser.

 

Pero, a la vez, deseaba verte,

sentirte y mirar tu rostro

iluminado por una sonrisa;

sentir esa pasión,

ese deseo, ese fuego que una vez ardió,

y simplemente ser feliz.

 

Y ahora que miro hacia atrás,

y veo las cosas desde otro matiz,

me doy cuenta de que solo yo te amé.

En esta historia, solo yo sufrí.

En esta historia, solo yo sentí.

 

Pero no me arrepiento de haberte amado.

No me arrepiento de haberlo hecho,

porque, al menos por un instante,

sentí el fuego, la pasión y el deseo:

el amor en lo más profundo de mi ser.

 

No me arrepiento de mi ayer,

porque hoy me doy cuenta de que jamás

hay que arrepentirse por amar

a alguien profundamente.

Jamás me arrepentiré de este amor.

 

Quedé con el corazón destrozado,

y aunque el día de ayer no vuelva más,

me quedaré con el sabor en mi boca

de tus dulces besos.

 

Y ahora que toda esa pasión

y locura ya no son,

solo me queda decir que amar es un milagro.

Yo te amé, y si tú no supiste apreciarlo,

el único que salió perdiendo,

después de todo, en esta historia...

fuiste tú.


miércoles, 29 de junio de 2011

Tristeza


Absorta en mis pensamientos,

en lo más profundo de mi ser,

te encontré.

 

Estaba buscando lo que me causaba dolor,

 y descubrí que es tu recuerdo

el que me está matando.

Una saeta ardiente en mi alma

que no me deja ya ni respirar.

 

Y así seguí escarbando dentro de mí;

y seguías ahí, causándome aflicciones,

tristezas, fantasías y deseos.

Sensaciones y sentimientos contradictorios

que ya no me dejaban vivir.

 

Y por más que trato,

ya no puedo existir sin tenerte

presente dentro de mis pensamientos.

 

Mis ojos lloran porque quieren verte,

mi piel se estremece porque

ya no puede sentirte, y yo, aquí,

me desgarro de dolor por no tenerte.


martes, 28 de junio de 2011

Mi luz


La luz ilumina el camino por el que ando;

la luz llena mi vida de una calma profunda.

Siento algo especial, único,

indescifrable e indecible...

Algo que no sentía hace mucho tiempo.

 

Estaba sumida en el frío,

en la obscuridad de una espesa bruma

que todo lo colmaba.

 

Pero hoy siento dentro de mí la calma. La luz llena

todo mi ser,

y esa luz la encontré en tu mirada.

 

Tu mirada, que todo lo ilumina;

tus ojos, que me miran y me hacen sentir plena.

Tú, tú, tú...

que llegaste de repente, sin buscarte,

y cambiaste el curso de los acontecimientos,

el curso de mi vida.

 

 

Tú, con tu simplicidad.

Tú, con tu dulzura.

Tú, con tu luz.

Tú, con tu paz.

 

Y esa paz invade el universo entero,

porque juntos somos el universo,

juntos somos luz,

juntos somos paz,

juntos somos todo,

juntos somos amor.

 

Un amor tierno, dulce,

sin ataduras y sin fin;

un amor en armonía,

un amor en paz,

un amor lleno de luz.


viernes, 24 de junio de 2011

Rex un pequeño perro



Me encontraba contemplando la inmensidad de la noche estrellada. Era una de esas veladas diáfanas que te invitan a perder la mirada en el firmamento, con la luna en lo más alto, brillando con una luz inspiradora. Yo solo quería dejar la mente en blanco, disfrutar de la placidez serena y encontrar paz para mi alma.

 

Sin embargo, en el Reino de las Hadas, raras son las ocasiones en que uno puede sentarse a mirar el horizonte sin que aparezca alguien inesperado. Mientras estaba allí, en la colina, un pequeño perrito blanco con manchas cafés se acercó a mí. Empezó a hacer mil piruetas, coqueteando para llamar mi atención. Fue tan gracioso que comencé a acariciarle el lomo. Le pregunté su nombre; me dijo que se llamaba Rex. Entonces, quise saber qué hacía en el Reino Peligroso.

 

—Un día estaba tranquilo en mi jardín de rosas —me contó—, cuando pasó un anciano de aspecto desagradable y cortó una flor. Yo me enojé mucho, le mordí la pierna rompiéndole el pantalón y lo eché. Como perro de la casa, mi deber es que nadie robe las rosas. Pero el viejo granuja se enfadó y me lanzó un encantamiento. Me quedé dormido y, al despertar, ya no estaba en mi casa. Además, me pasó algo extraño: ya no ladraba como un perro normal, sino que ahora podía hablar.

 

Rex continuó con su relato, con una mezcla de asombro y temor:

—Este lugar me da mucho miedo, hay miles de cosas que jamás había visto. Salí a explorar y me encontré con lo que creía que era un perro enorme... pero era un Grifo. Tenía unas alas grandes; me asusté tanto que me puse a tiritar. Él me llamó por mi nombre, me dijo que no temiera y me subió a su lomo para llevarme a volar y que conociera el lugar.

 

Mientras volaban, el Grifo le explicó muchas cosas extrañas sobre los habitantes del reino: magos, reyes del mar, sirenas, el señor que vive en la luna y dragones.

—Tantas cosas que no pude retener en mi cabeza perruna —confesó Rex—. Es que soy un poco despistado y olvidadizo, solo soy un perro, no pueden pedirme más.

 


Como me había contado, el Grifo lo llevó a volar toda la noche por el Reino de las Hadas, hasta que hicieron una parada en una cueva. No era un lugar helado ni feo, sino una morada bien elaborada, bonita y acogedora, con lindas telas en los muros para toscos toques. Allí vivía una colonia de dragones blancos, refugiados de otro reino.

 

—Me sirvieron una cena de bienvenida digna de altos reyes —dijo Rex, relamiéndose—. Jamás me habían ofrecido filetes de ese tamaño, acompañados de verduras frescas y agua pura. Fue un banquete maravilloso. Me contaron historias de un lugar llamado Reino de Arda, con sagrados dioses y Valar, y cómo la maldad de un señor obscuro lo estaba convirtiendo en un lugar lúgubre. Por esa causa tuvieron que emigrar con su colonia hasta estas tierras, y me dijeron que otra parte de su pueblo estaba allende los mares, protegidos por el señor Manwë.

 

Rex se había entretenido mucho esa noche con el Grifo y las historias de los dragones, pero, al igual que ellos, sentía nostalgia por su hogar. Añoraba volver a su jardín, poder echarse a dormir y oler el suave aroma de sus rosas.

 

—Me preguntaba una y otra vez por qué tuvo que pasar ese viejo gruñón por mi jardín y enviarme aquí —se lamentó—. Uno de los dragones me explicó que ese viejo es un mago muy cascarrabias que siempre está enojado, pero se enfada mucho más cuando lo muerden y le rompen su único pantalón.

 

Sin embargo, el Grifo le había dado ánimos: «Rex, no tengas tanta pena, todos te ayudaremos a llegar a tu jardín para que no estés triste. Por ahora, solo disfruta de lo hermoso que es estar aquí».

 

—Por eso salí hoy a contemplar las estrellas, como dijo mi amigo —concluyó Rex—. Por eso estoy aquí contigo, mirando la infinitud del firmamento coronado por esta luna llena, redonda y brillante. Es tan linda que creo que aullaré mucho esta noche. ¿A ti no te molesta que aúlle a tu lado?

 

—No, no te preocupes —le respondí—. Creo que tus aullidos, Rexito, no me molestan. Al contrario, harán que esta noche sea más perfecta. No siempre se encuentran perritos como tú en el Reino de las Hadas. ¿Te parece si, después de que termines de aullar, me acompañas a ver a los dragones a su cueva?

 

Al mencionar la palabra "dragones", Rex se puso a saltar de alegría. Estaba eufórico ante la idea de volver a ver a los Dragones Blancos. Comenzó a aullar a la luna y, como por arte de magia, llegaron dos Grifos que se posaron a su lado. Los tres unieron sus voces en una serenata para la luna; se oía muy bien y resultaba muy gracioso.

 

Cuando acabaron, nos subimos al lomo de los Grifos y nos llevaron a la cueva de los dragones, que estaba bastante lejos, en medio de unas colinas altas y de difícil acceso. Llegamos rápido gracias a la destreza de los Grifos y allí nos recibieron los Dragones Blancos con mucha alegría. Estaban celebrando una fiesta por su primer año en el País de las Hadas, así que la velada se extendió hasta el amanecer. Fue una cena deslumbrante y una charla maravillosa, llena de historias sin fin, cuentos y poesía.

 

Al despuntar el alba, cuando todos estaban extenuados, los Grifos nos llevaron de vuelta a la playa, pues dijeron que no era prudente seguir en la cueva a esa hora. Volaron sobre el mar bajo la luz matutina, regalándonos una de las escenas más lindas que he presenciado. Pero el pobre Rex iba tan agotado que no vio nada; ya se había dormido. Los Grifos aterrizaron con cuidado para no despertarlo. Como yo tenía que marcharme, lo dejé descansar y soñar, tapándolo bien para que estuviera cómodo.

 

A veces, cuando voy a la playa, me encuentro con Rex y me cuenta sus nuevas aventuras con los Grifos, los dragones y los magos; incluso a veces lo llevan a la luna. Pero aún no ha encontrado al mago gruñón que lo haga volver a su jardín. Por eso, de vez en cuando, le dejo rosas de mi propio jardín para que no sienta tanta nostalgia.

 

Si alguna vez vas a la playa y ves al perrito, te pido que le lleves rosas fragantes, para que Rexito se sienta un poquito más alegre y cómodo, como en su casa 






miércoles, 15 de junio de 2011

Mírame



Mírame a los ojos, hazlo.

Mírame una y otra vez, hazlo;

nunca dejes de mirarme, nunca.

Tu mirada ilumina mi vida,

mi sendero, y alivia la carga

que llevo en mi alma.

 Mírame y hazlo de frente,

siempre mírame.

 

Tu mirada refleja tus sentimientos,

todo tu interior.

Tu mirada es bella,

me da paz, alegría, ganas de seguir aquí.

Mírame, sí, por siempre y hasta siempre.

Mírame con los ojos del amor,

de la belleza, con los ojos de lo indescriptible

y lo inefable.

Mírame con la mirada de la fidelidad,

el respeto y la admiración.

 

Mírame, solo hazlo.

Quiero descubrirte,

 conquistarte a través de tu mirada.

Mírame, sí, mírame,

y déjame conocer el gran secreto de tu ser.

Juntos nos descubriremos.

Mírame y juntos llegaremos

a miles de lugares desconocidos,

 y nos quedaremos ahí hasta haberlos

explorado y conquistado juntos.

Mírame, ámame, mírame.

 

Nunca dejes de amarme ni de mirarme.

Mírame, hazlo, mírame;

ámame, mírame.

 

Solo en tu mirada me siento segura;

en tus reflejos encuentro la luz,

en tu dulzura encuentro paz.

Puedes dejar de amarme,

pero jamás de mirarme.




lunes, 13 de junio de 2011

La Creación de Los Dragones blancos.


Prólogo

Aunque en un principio los dragones fueron concebidos por el Señor Obscuro, quien vertió su maldad en ellos para destruir a los Primogénitos, existieron linajes —como los Dragones Blancos— que no albergaron en su interior la esencia maligna de Morthwyl.


El mismo Morthwyl, siendo un Gorthaur creado por el Espíritu Único, poseía grandes poderes, pero al corromper su música no pudo evitar que, involuntariamente, algo de la luz original de Awen permaneciera en algunas de sus obras. Así, lo que nació para ser un instrumento de maldad, en el caso de los Dragones Blancos, se desvirtuó hacia la bondad. Muchos de ellos rechazaron la sombra de su creador y se convirtieron en seres llenos de nobleza.

La Historia de la Migración a Tierras Desconocidas

La odisea de la partida de los Dragones Blancos dejó un vacío profundo en Enys-Vawr. A diferencia de sus parientes cromáticos, estos sentían un gran aprecio por los Segundogénitos y los Siniar; incluso con los Maen-Pobyl mantenían una relación de respeto y ayuda mutua en las Cumbres de Niebla, antes de que las hordas de Ddraug-hath —esa otra aberración del Señor Obscuro— lo infestaran todo.

 

Los Ddraug-hath eran criaturas abominables, especialmente los Uchel-drwg, cuya crueldad no conocía límites. Practicaban el canibalismo y, en su hambre insaciable, eran capaces de atacar incluso a los dragones. Por ello, la colonia de dragones bondadosos buscó refugio en las profundidades de Caer-Ddu, conviviendo en armonía con los artesanos de la piedra en las minas de Hollow-Delve.

En Hollow-Delve, descubrieron la belleza del lenguaje. Mientras las bestias del mal odiaban el sonido de las palabras, los Dragones Blancos aprendieron el idioma de los Maen-Pobyl y los secretos de la minería. También dominaron la lengua plateada para comunicarse con los emisarios de la Casa de Gwyn-Ithil. Sin embargo, no toleraban el habla retorcida del enemigo, pues sus oídos estaban hechos para la armonía.

El Despertar del Azote de Fuego

A pesar de la paz inicial, supieron que en lo más profundo de la montaña moraba una criatura maligna de épocas remotas: el Tan-Ddraig. Este demonio de fuego y sombra, un sobreviviente de los días de la Primera Sombra representaba la destrucción absoluta de la Armonía del Único. Los Dragones Blancos, llamados «traidores» por las huestes del mal debido a sus alianzas con los Pueblos de la Luz, no podían coexistir con tal horror.

 

Antes de que el Tan-Ddraig advirtiera su presencia, decidieron marchar. La despedida fue amarga; los señores de la montaña, Cadfan y Maelor, les entregaron regalos de inestimable valor: cotas de malla, gemas y joyas que refulgían como estrellas. Los dragones amaban estos presentes, pues hacían que sus cuerpos se vieran más fuertes y relucientes al volar bajo la luz del sol.

El Gran Éxodo y el Nacimiento en el Bosque Encantado

Los dragones volaron más allá de las Cumbres de Niebla, buscando el amparo de las Murallas Eternas. La travesía fue una auténtica odisea, pero con el apoyo silencioso de los Navegantes de la Costa y otros amigos, lograron avanzar. Durante el viaje, añoraban las tierras conocidas: extrañaban las risas de los Gwerin-Bach (la Gente Pequeña), las cenas con los hombres y, sobre todo, fumar la hierba de los prados del sur junto a los artesanos, llenando las cuevas de aromas y relatos de orfebrería.

 

Sabían que su partida era necesaria para la supervivencia de su especie, confiando en que un día, cuando la maldad fuera derrotada, podrían regresar a una tierra libre de toda obscuridad.

Un Refugio Inesperado

La travesía de los Dragones Blancos tuvo que detenerse de forma imprevista. Una de las dragonas estaba a punto de desovar y el peso del huevo, sumado al esfuerzo del viaje, le impedía seguir batiendo sus alas en la inmensidad del cielo.

Buscando un lugar seguro, lograron descender en el bosque donde moraba el Viejo Cantante junto a la Hija del Río. Ellos, conocedores de los secretos más antiguos de la tierra, les brindaron alojamiento y protección. En un rincón cálido y protegido del bosque, la dragona preparó su nido y puso un huevo de cáscara nacarada que brillaba con una luz tenue.

La Hija del Río cuidó del nido con cantos y agua fresca, asegurándose de que el pequeño ser creciera con todas las comodidades. Finalmente, tras una breve espera, el huevo eclosionó: de él surgió un hermoso dragoncito de color platinado y brillantes ojos verdes.

Acamparon en aquel refugio durante seis meses, hasta que la madre recuperó sus fuerzas y la cría fue capaz de sostenerse en el aire. El Caminante de Gris se encargó de velar por que ninguna criatura del Señor Obscuro detectara la presencia del nido, permitiendo solo que algunos Gwerin-Bach de confianza visitaran el lugar para conocer al recién nacido. Una vez listos, la familia retomó su vuelo hacia el horizonte, perdiéndose más allá del crepúsculo.

El Destino Final

Hoy, el mundo de los hombres ya no conoce el vuelo de los Dragones Blancos. No se sabe con certeza si permanecen bajo el cuidado del Señor de los Cielos en las cimas de las Murallas Eternas o si se establecieron en el Reino del Olvido, donde habitan las hadas y los sabios. Gracias a la protección del Señor de los Vientos, su morada final es un misterio para aquellos con el corazón lleno de sombra.

Solo un aventurero con el valor suficiente para cruzar el Umbral de los Sueños podría descubrir qué camino tomaron estos nobles guardianes de la herrería y la minería. Mientras tanto, el Espíritu Único guarda su secreto, protegiendo a estos hijos del Mundo que solo buscaron vivir en paz y disfrutar de la hospitalidad de los pueblos amigos.



miércoles, 1 de junio de 2011

Los Guardianes de la Armonía: Los Dragones Blancos

Cada vez que un dragón blanco llega al mundo, sus padres le cuentan cómo habían sido creados y cómo el Espíritu Único los cuidaba y protegía.

Muchos de estos aprendieron la orfebrería, aprendieron todo sobre los minerales y cómo hacer cotas de mallas de plata para poder protegerse del Señor Obscuro y sus secuaces. Mientras aún vivían en Enys-Vawr, cerca de las Cumbres de Niebla, fueron los espías más poderosos con los que contaban los Siniar, los Segundogénitos y los Maen-Pobyl.

Tenían una mirada que todo veía, que todo escrutaba, y ningún enemigo se atrevía a retarlos, porque sabían de antemano que eran muy diestros para cualquier afrenta si ellos iban a combate; siempre salían victoriosos, a pesar de que a ellos no les gustaba el derramamiento de sangre, y les atormentaba mucho que las demás razas de la tierra lucharan entre sí.

Pero si algo les dolía era ver cómo los árboles eran destruidos para fines maléficos. Ellos, a pesar de haber nacido bajo la sombra de Morthwyl, sentían gran amor por los árboles, por las flores y plantas, y sufrían mucho cuando las hordas de Ddraug-hath quemaban todo a su alrededor. Se cuenta que el más anciano de los dragones blancos se podía comunicar con los Pastores de Bosques y bebió del agua que estos solían beber; así creció mucho en estatura y longitud, pero también creció su alma, y fue el más sabio de todos los dragones. Siempre salía a recorrer el bosque rodeado de estos guardianes, de aves y de árboles que le pedían consejos para poder defenderse de los Ddraug-hath que con fuerza maligna venían a destruir la espesura y con hachas cortaban sus ramas.

Mientras los dragones blancos, protegidos por el señor de la Casa de Gwyn-Ithil, moraron en las tierras libres, se preocuparon principalmente de que ningún Ddraug-hath, Uchel-drwg, o cualquier bestia maligna viniera a arrasar con los hermosos bosques. De hecho, el Gran Bosque Verde se mantuvo así por mucho tiempo y, con la ayuda de Silvayn, el Mago Verde, lograron que ningún mal penetrara allí. Pero como sabemos, el poderoso Señor del Mal logró penetrar después de mucho y el bosque pasó a llamarse el Bosque Lúgubre, porque se volvió espantoso y obscuro (poco después de que los dragones blancos abandonaran las tierras bajas).

Ni siquiera el poder de Silvayn pudo con la influencia que estaba ejerciendo el poderoso Señor del Mal sobre el bosque, porque ya el antiguo aliado Curunir estaba obsesionado con convertir a los bosques en lugares sin vida para perseguir sus propios deseos de poder.

Y así los bosques, praderas y lugares hermosos cuidados con esmero y cariño por los dragones blancos quedaron a merced de la gente que menos amor tiene por las creaciones de Awen, gente que solo busca poder, a pesar de la desolación y la destrucción que causan: solo ciénagas espantosas, lugares obscuros, sin vida, árboles muertos y seres que no tienen más opción que emigrar.

Los únicos que se atreven a cruzar estos pantanos sin vida después de la huida de los dragones blancos son las Bestias Aladas, que también son seres con alma negra.

Y así comenzó la destrucción de los hermosos valles, bosques y de las demás hermosas creaciones del Único en sus melodías. Pero aún queda la esperanza de que, cuando el mal de Morthwyl sea derrotado, los bosques vuelvan a ser verdes y los árboles y los Pastores de Bosques vuelvan a sus lugares. Entonces, el cielo volverá a ser coronado por la belleza y el esplendor de los dragones blancos, los guardianes de las más grandes bellezas del mundo de Eldoria.