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domingo, 7 de junio de 2026

La sombra que traía su propia luz

 

El invierno ese año no era solo una estación; era un estado del alma. La casa se sentía blindada, un fuerte de ladrillos y silencios diseñado para proteger el castillo de cristal donde él habitaba. Afuera, el mundo exterior gritaba con un ruido deforme, una frecuencia que mi hijo se negaba a sintonizar. Adentro, yo intentaba descifrar el universo entre líneas de Aristóteles o en la métrica de un poema obscuro, buscando un orden que se me escapaba.

Necesitábamos un centinela. Alguien que vigilara las grietas por donde se filtraba la angustia de lo desconocido.

Llegó una tarde gris, envuelta en rumores de violencia y sentencias de muerte. Venía de una parcela donde las cadenas eran el único lenguaje y el hambre, el único reloj. Decían que era una fiera. Que su naturaleza era el ataque, que había cobrado vidas pequeñas y emplumadas en un juego sangriento. La trajeron con la advertencia de quien entrega una bestia domada a medias, un ser condenado por los prejuicios de quienes solo saben ver la superficie del miedo.

Era mediana, negra como el carbón astillado, con una mancha blanca en el pecho que parecía un mapa incompleto de esperanza. Sus ojos eran dos pozos de agua quieta, profundos y cargados de una fatiga antigua. No buscaba una presa; buscaba un propósito.

La soltaron en el patio. El estigma de la ferocidad se disolvió en el primer roce de su hocico contra mi mano. No había agresión, solo una demanda silenciosa de pertenencia.

Fue entonces cuando sucedió el milagro.

Desde la ventana, mi hijo, el navegante de su propio mar interno, el que rara vez cruzaba la frontera de su mundo silencioso para interactuar con lo vivo, fijó su mirada en la sombra negra. Hubo un reconocimiento instantáneo. Una comunicación que la ciencia aún no alcanza a nombrar, una frecuencia que solo ellos compartían.

Él salió. Sin miedo. Sin las defensas habituales. Se acercó a la "bestia" y ella, la guardiana que se suponía debía ladrar y morder para justificar su existencia, simplemente bajó la cabeza y le ofreció un beso tímido. Fue un pacto silencioso. Una redención mutua.

Esa noche, la fiera se convirtió en la guardiana del castillo de cristal. Y en el abrazo, quedó sellado el destino. Él encontró su primera y única amiga. Y ella, la sombra marcada por el odio descubrió que su verdadera fuerza no estaba en el ataque, sino en ser el puente de amor más puro que esta casa jamás había conocido.

miércoles, 3 de junio de 2026

Frecuencia de Otoño


Esta tarde gélida desearía

tener tu sexo en mi lengua,

recordar tu sabor

y el calor que me hacías sentir.

 

No pido nada más

de lo que tú me diste un día,

y reímos juntos de placer y locura.

 

Tu deseo y mi deseo,

tu cuerpo y mi cuerpo

bailando bajo la misma frecuencia,

disfrutando juntos del éxtasis y el placer.

 

Esta tarde helada necesito

sentir tu piel en mi piel;

lo necesito como el mar necesita a la luna.

 

Necesito de tu calidez y sentir

que el fuego me consume,

para no morir congelada en esta fría

tarde de otoño.

 

Quiero sentir mi cuerpo envuelto

en tus brazos, en tus caricias,

y que quede tu olor impregnado en mí...

para ver si así se disipa

este frío inmenso que llevo dentro.

lunes, 1 de junio de 2026

La Confesión Silenciosa


La oficina del arquitecto Don Patricio era un templo de la disciplina. Madera oscura, planos extendidos bajo luz fría, y una gran ventana con vistas a la ciudad que él había ayudado a moldear. Pero para mí, el verdadero punto focal era él.

Patricio, diez años mi superior, era el equilibrio perfecto entre la experiencia y la vitalidad. Su cabello gris salpicado en las sienes, sus manos fuertes que diseñaban estructuras complejas, y esa mirada profunda. Una mirada que yo conocía bien: una mezcla de anhelo y cautela.

Hace tres meses, durante la cena anual de la firma, la tensión se había vuelto insostenible. Con el vino corriendo y el valor artificialmente alto, lo abordé en el balcón. Fui directa, mi voz temblando apenas.

—Patricio, no puedo más. Sé que lo sientes. Yo estoy enamorada de ti.

Se quedó paralizado. Recuerdo el silencio, el sonido distante del tráfico. Sus ojos me estudiaron con una intensidad que casi me quema, sus pupilas dilatadas por una mezcla de miedo y deseo. Nunca respondió con palabras. Solo desvió la mirada, respiró hondo, y se disculpó con un murmullo sobre una llamada importante. Se fue.

Desde entonces, la dinámica era una tortura deliciosa. En las reuniones, discutíamos presupuestos, pero nuestros ojos se devoraban en secreto, el coqueteo silencioso era nuestro único idioma. Él me pasaba documentos y sus dedos se demoraban en los míos. Yo le presentaba ideas, y él se inclinaba demasiado cerca, dejando que el aroma a vetiver de su camisa se grabara en mi memoria. Sabíamos lo que queríamos, pero él, por algún código interno de decoro o miedo, se negaba a dar el paso.

Esta mañana era diferente. El aire estaba cargado de una humedad pesada que presagiaba una tormenta, reflejando el ambiente en su despacho. Me había llamado para revisar un conjunto de planos urgentes. Me senté frente a su escritorio, y noté que su mandíbula estaba tensa. Sus ojos no se posaban en los planos, sino en mí.


—El problema, Camila —empezó, su voz apenas un rasguño—, es que si movemos esta sección...

Se inclinó sobre el plano que estaba entre nosotros. Yo también me incliné. Nuestros rostros estaban a centímetros. Olía a peligro, a hombre, a deseo. La formalidad se hizo añicos.

—El problema, Patricio —corregí en un susurro—, es que esta sección no es la que necesita ser movida.

Mi mano, sin pensarlo, se posó en su brazo. Sentí la dureza de su bíceps bajo la tela fina de su traje. Fue el toque de gracia.

Un gruñido profundo, contenido, escapó de su garganta. En un movimiento rápido que desmentía su edad, se levantó de la silla, me rodeó el escritorio y me levantó de la mía, empujándome contra la pared de estanterías repletas de libros de arquitectura.

Sus ojos, fieros y encendidos, se clavaron en los míos.

—Maldita sea, Camila —siseó, su aliento caliente en mi boca—. ¿Cómo esperas que trabaje contigo? Lo he intentado. Pero me tienes...

No terminó la frase. Su boca se estrelló contra la mía en un beso salvaje, urgente, posesivo. Era la respuesta, tres meses tarde, pero mil veces más potente de lo que habría imaginado. Sus manos fuertes viajaron por mi cuerpo, apretando mi cintura con una necesidad que me hizo jadear. El deseo que había mantenido oculto se liberó con una ferocidad que me hizo temblar.

Me desabrochó la falda del traje con dedos temblorosos, pero resueltos. La tela cayó al suelo. Él la ignoró. Sus manos subieron bajo mi blusa, desenganchando mi sujetador en un movimiento experto. Me obligó a arquear la espalda cuando se apoderó de mis pechos, succionando y mordiendo con un ardor que me hizo gritar.

—Me estás volviendo loco —murmuraba entre besos que iban de mi cuello a mi pecho, mientras su mano ya se había colado bajo mis bragas.

Su tacto era firme y sin inhibiciones. Me poseyó con los dedos, buscando mi punto más sensible, explorándolo con una urgencia que no me dio tregua. Yo gemía sin control, mis manos en su cabello, sintiendo el calor de su erección pulsando contra la tela de su pantalón.

—Quiero ver si estás tan desesperada como yo —jadeó.

Me alzó, sentándome bruscamente sobre el escritorio, dispersando planos y lápices. Mis piernas se abrieron instintivamente ante él. Se deshizo del pantalón y el bóxer con una rapidez impaciente, revelando una dureza impresionante.

Mis ojos se fijaron en la vigorosidad de su miembro: no era un hombre joven, pero era potente, grueso, vibrante. Me tomé un segundo para adorarlo con la mirada antes de guiarlo a mi entrada.

Con un gruñido profundo, me penetró con toda su extensión. Era un ardor delicioso, una plenitud absoluta que me hizo aferrarme a él como a un ancla.

Sus embestidas fueron implacables, poderosas. La edad no era más que un número ante el vigor desatado de su pasión reprimida. Me penetraba con una cadencia experta, moviendo mis caderas contra el borde del escritorio con una fuerza que me hacía jadear.

—¡Mírame, Camila! —exigió, y yo levanté la cabeza, viendo el placer crudo y descontrolado reflejado en sus ojos miel—. ¡Eres mía!

La palabra, la posesión, la confesión total en medio de la embestida me hizo explotar. Mi cuerpo se convulsionó en un orgasmo violento, mis gritos amortiguados contra su hombro mientras sentían cómo él empujaba una última vez, soltando su propia pasión dentro de mí con un rugido primario.

Quedé enloquecida. Mi cuerpo vibraba, mi mente estaba en blanco. Me sostuvo, abrazado a mí, mientras nuestra respiración se calmaba. Miré los planos regados por el suelo, el desorden hermoso de nuestra confesión. Él me sonrió, una sonrisa de hombre saciado, de hombre libre.

—Lo siento, arquitecto —dije con la voz ronca, acariciando su rostro—. Acabamos de destruir su oficina.

Me besó con una ternura profunda, una promesa.

—No. Acabamos de construir algo mucho más importante.

viernes, 15 de mayo de 2026

El Baile de Blancanieves

Era viernes por la noche. La cena había estado buena; Elisa y Antonio estaban sentados en el living conversando. Antonio puso música, una playlist que Elisa adoraba: Rammstein. Comenzó a sonar Sonne y Elisa le puso pausa un instante.

—Espérame aquí, vuelvo enseguida —dijo con una voz juguetona.

Se fue a su dormitorio y buscó una bolsa: un vestido que había comprado y que encontró adecuado para esta ocasión. El vestido que Elisa se colocó era uno de Blancanieves; se puso una cinta roja en el pelo y se pintó los labios con un labial carmesí que adoraba.

—Tápate los ojos, Toño.

—¡Está bien! —respondió él, expectante al juego de Elisa.

Ella le puso play a la canción y le gritó: —¡Ya, abre los ojos!

 

Eins, hier kommt die Sonne

Zwei, hier kommt die Sonne

Drei, hier kommt die Sonne

Ella bailaba con una sensualidad inusitada; bailaba para él, siendo la estrella más brillante esa noche. Antonio, sentado en el medio del sillón, la veía moverse con los ojos encendidos. Su sol se veía endiabladamente hermosa en ese traje de Blancanieves, moviéndose al ritmo industrial.

Mientras bailaba, ella le calzó al cuello un collar de cuero que tenía un anillo del cual colgaba una larga cadena. Él, embobado por sus movimientos y sus curvas, no podía articular palabra alguna; estaba extasiado por la imagen de su musa.

Die Sonne scheint mir aus den Händen

Kann verbrennen, kann euch blenden

Wenn sie aus den Falten bricht

Elisa tomó la cadena por el extremo y se fue acercando poco a poco con movimientos sinuosos. Quedó a solo un metro frente a él y seguía bailando.

Fünf, hier kommt die Sonne

Sechs, hier kommt die Sonne

Sieben, sie ist der hellste Stern von allen

Se acercó a él y lo besó con pasión encendida. Lo llevó encadenado a la habitación y, con una fuerza que venía de lo más profundo, lo tiró a la cama. Con una experticia maestra, le quitó la polera haciéndola girones que cayeron al suelo. Le sacó los pantalones y lo dejó solo en ropa interior, tendido, mientras ella seguía su danza.

La canción cambió a Weisses Fleisch.

Du auf dem Schulhof, ich zum Töten bereit

Und keiner hier weiß von meiner Einsamkeit

Rote Striemen auf weißer Haut

Lentamente, comenzó a despojarse del vestido de Blancanieves jugando con una manzana roja que tenía en las manos. Elisa era una mujer voluptuosa; disfrutaba de sus curvas y de su sensualidad, estaba feliz en su piel. Él tampoco era un Adonis; era un hombre robusto, fuerte, y un poco panzón, un hombre que adoraba a su Blancanieves. Ella lanzó el vestido al suelo.

Jetzt hast du Angst und ich bin soweit

Mein schwarzes Blut versaut dir das Kleid

Dein weißes Fleisch erregt mich so

Ich bin doch nur ein Gigolo

Ella seguía moviéndose mientras él la miraba embelesado. Jugaba con la manzana roja como si fuera el fruto prohibido. De pronto, cambió el ritmo y se desabrochó el sostén, dejando sus pechos libres al compás de la música. Se los lanzó a la cara a Toño, su fiel amante, y en un segundo se quitó los calzones para restregárselos por el rostro; él inhaló su aroma íntimo como un regalo sagrado.

Ich bin der Reiter, du bist das Ross

Ich steige auf, wir reiten los

En un instante lo despojó de su bóxer y, al ver su erección potente, se lanzó a libarlo con pasión desenfrenada. Luego se montó con decisión fogosa sobre él, en un acto de posesión absoluta, reclamando ese cuerpo que le pertenecía por derecho propio. Empezó a sonar Rein Raus.

—Rein, raus... Rein, raus...Rein, raus…

La Blancanieves cabalgaba sobre él con fuerza, sin pudor ni recato, en un acto lleno de lujuria ardiente. Ella cabalgaba sobre su propio Till Lindemann.

Ich bin el Reiter, du bist das Ross

Ich hab den Schlüssel, du hast das Schloss

Toño la tomó por las caderas y la acostó. Le abrió las piernas con ardor y se montó sobre ella. Con toda su energía y vigor la penetró; primero suave y luego con una potencia arrolladora. La música cambió a ¡Te quiero Puta!

¡Vamos, vamos mi amor!

Me gusta mucho tu sabor

No, no, no, no tu corazón

Mucho, mucho tu limón

Toño se movía con más fuerza en cada estocada; cada embestida era un acto de posesión obscena y lasciva. Ella ya no gemía, solo gritaba y sollozaba con sonidos que provenían de sus entrañas.

—¡Sigue así! ¡Más fuerte! —se escuchaba entre los gritos.

Antonio, excitado al máximo, la volteó y la puso en cuatro. Sin compasión, la embistió con todo su vigor; ella aullaba como animal en celo.

¡Ay que rico! ¡Un, dos, tres!

Sí, te deseo otra vez

Pero no, no, no tu corazón

Más, más, más de tu limón

Antonio llegó al orgasmo mientras ella, en una marea infinita, no dejaba de gemir. Él cayó agotado sobre su cuerpo y luego se acomodó a su lado. Se besaron con ardor, mirándose a los ojos, con los corazones aún agitados. Se quedaron así, abrazados, mientras la música pasaba a ser un ruido de fondo inaudible ante la pasión desbordada de dos amantes que lograron el éxtasis. Eran, tal como son, dos cuerpos perfectos para la lujuria y la pasión obscena.

lunes, 11 de mayo de 2026

Amor Platónico

 Este amor platónico, más que una agonía,

ha sido una bendición.

Si bien yo no quería amarte,

me enamoré de ti así, sin buscarlo

y sin quererlo.

 

De repente, tu mirada chocó con la mía

y me hiciste sentir algo que creí

que jamás volvería a habitarme.

Yo no quería sentir nada por nadie;

creí imposible recuperar esa emoción,

esa sensación maravillosa de  

mariposas en el estómago.

 

Ahora, cada vez que te veo, me siento

como una quinceañera que vuela

envuelta en fantasías de mundos mágicos,

lejanos y obscuros.

No te reprocho que no sientas lo mismo que yo;

solo agradezco al cielo volver a sentir

la vida dentro de mí.

 

Desearía que volaras conmigo

en este mundo de fantasía,

donde solo los enamorados pueden llegar.

Desearía sentirte en mi piel

y que este amor deje de ser un sueño

para volverse una realidad tangible.

 

Yo no quise enamorarme, solo sucedió:

tu mirada de fuego se adentró en mi alma

y hoy el amor late dentro de mí.

 

Quisiera gritarle al mundo que me enamoré,

gritarles a todos que vivo en un estado onírico.

 

Quisiera sentarme bajo la lluvia

y desear que cada gota fueran tus caricias,

hasta quedar, por fin, empapada de ti.

sábado, 2 de mayo de 2026

Ofrenda de Piel y Deseo

Recuerdo cuando recorría tu cuerpo desnudo, cálido, ardiente y suave, con mis manos que se perdían en cada recodo de tu ser. Aún puedo recordar tu suavidad, tu piel clara, casi transparente, y esos hilos de azul turquesa que se entrelazan. Parecía que no solo acariciaba tu piel, sino también el mapa de tus venas latiendo, encendidas al rojo vivo por el deseo; esa sangre caliente cuyo caudal podía sentir, bebiendo su calor con mis manos y mi lengua.

Cuando comenzaba a desnudarte estabas frío, con el rostro lívido, pero a medida que transcurrían los segundos te volvías más y más ardiente, apasionado, sensual y salvaje. Después de quitarte toda la ropa para seguir explorando tu cuerpo con mis manos atrevidas, continué el recorrido con mi lengua experta. Mi boca sentía el dulce y adictivo sabor de tu piel sedosa y salina. No hay cosa más placentera en este mundo que saborear tu piel y tu olor a almizcle; eres un hombre totalmente delicioso, exquisito, excitante. Tu aroma eleva mis sentidos al máximo y tu sabor en mi boca es un placer divino, majestuoso y alucinante.

Pasar mi lengua por tu espalda —robusta, suave y fuerte— y hacerte erizar como un gato es una dádiva de los dioses del Olimpo. Recorrer cada milímetro de tu piel es lo más sensual, delicado y salvaje que he realizado. Me sentía como si estuviera plasmando el deseo sobre tu cuerpo, haciendo de cada centímetro de tu piel un lienzo donde el placer cobra forma y explora las zonas más profundas; repasaba los detalles más íntimos y ardientes de mi obra con mi lengua encendida, trazando un camino de fuego. Tocar tu piel, suave como la seda china y adornada con pecas que parecían salpicaduras cálidas del deseo, me hace estremecer. Me gustaba bajar suavemente hasta tus muslos, besarme y perderme ahí, entre tus intimidades y en tu sexo expectante, bebiendo tu virilidad. Eso era algo grandioso: besarte, libarte, lamerte, succionarte todo.

Qué excitante era tener todo tu sexo palpitante, duro, suave y ardiente dentro de mi boca, mientras mis dedos exploraban tu zona posterior. Hacerte llegar al clímax dentro de mi boca y recibir todo el torrente de tu cuerpo, saborearlo y devorarte como una ofrenda sagrada, era lujurioso, obsceno y fascinante.

Quedó grabado en mi mente el rostro que proyectaba tu placer más absoluto. Ver esa expresión llena de éxtasis era maravilloso, ver cómo disfrutabas cada vez que estabas dentro de mi cuerpo, uniendo nuestro sudor y nuestro fuego en un solo ser. Una imagen cargada de sensualidad y erotismo salvaje, llena de locura y lascivia. Tu rostro era lo más excitante: ver y sentir cómo disfrutabas de nuestros encuentros me hacía sentir un placer enorme e indescriptible. Sentir tu cuerpo junto al mío, nuestras pieles frotándose y nuestros aromas fusionándose, me hacía sentir calidez. Como una gata buscando calor, deseando quedar impregnada en ti, me hacías sentir mujer, sin un límite que separara nuestros cuerpos, fundidos en uno solo.

Cómo quisiera que tu olor aún estuviera impregnado en mi piel, como un embrujo gitano que nadie pueda quitar, un rastro de sudor y deseo que se queda en el aire; sería una delicia.

Las huellas de tu piel siguen en la mía, y aún recuerdo nuestras eternas horas de pasión y lujuria. Esas horas obscenas que no volverán, pero el recuerdo de tu sexo palpitante y duro, caliente y vigoroso dentro de mí, no lo olvidaré jamás.

jueves, 30 de abril de 2026

Deseo en la noche Obscura

Esta noche pienso en ti, y mi mano

baja suavemente por mi vientre,

cómo desearía que fueran tus manos las que me tocan,

pero no es así.

 

Son mis dedos los que se hunden en mi sexo húmedo,

que solo desean sentir tu calor, la calidez de tu piel;

necesito sentir tu cuerpo, necesito sentir tu sexo en mí...

 

Sentir tu cuerpo ardiente en el momento de la pasión,

mientras dure el deseo quiero sentir tu piel,

tus besos jugosos, tus caricias ardientes,

y cuando acabe el desenfreno,

quedarnos abrazados en nuestro lecho,

riendo y gozando de nuestra compañía.


miércoles, 29 de abril de 2026

El despertar de la escarcha


Estrellas que ayer dejaron de brillar,

sueños que dejaron de existir,

anhelos que se fueron con el correr

de los días,

esperanzas desvanecidas

con esta soledad gélida

llenas de historias truncadas

y corroídas por el moho

y la falta de luz.


Llena de obscuridad profunda

que cala hasta lo más profundo

apartando cualquier indicio

de luz, de verdad, de armonía,

de paz.


En este frío lleno de desasosiego

lleno de crueldad sin límites,

me encuentro aquí sola

pensando en ti.

Tratando de recordar

en que algún instante

mi vida era completamente diferente.


Evoco en mi mente

los últimos momentos

de felicidad que tuve

a tu lado,

y me cuesta tanto encontrarlos

que llegué a pensar que jamás

 nunca existieron.


Quizás mi alma se congeló

hace tanto tiempo que en

mis recuerdos no quedaron

siquiera registrados

ningún instante de lúcida tranquilidad,

aún no logro descubrir

si en algún momento fui feliz

estando contigo a tu lado.


¿Fue quizás una fantasía

creada por la ilusión y las ganas

locas que tenía de amarte

y de hacerte el hombre más feliz

que ha habido en el mundo?


Eso no lo sé, pero lo que sí

tengo muy en claro es que

en este instante estoy sin

esperanzas, sin ilusiones,

y no sé por qué razón

me siento en paz;

después de asumir que

no eres nada para mí,

me siento liberada

de una pasión que me tenía

cegada, presa de algo

que no me correspondía.


Ahora estoy libre,

estoy tranquila,

estoy volviendo a mí,

volviendo a ser yo,

siendo feliz,

sin nada, ni nadie

que me lastime 

o me haga sentir menos.


Habito por fin

mi propio centro,

donde el frío ya no quema,

y el silencio es, al fin,

mi hogar.

sábado, 18 de abril de 2026

El laberinto de la voluntad.

Las luces divagan como un ciclón psicodélico; esas luces que no me dejan ver nada más que la obscuridad que lo envuelve todo. A cada instante me recuerdan que las cosas siguen así: inmóviles, inertes, gélidas y llenas de memorias que, a veces, es mejor no recordar. Así, entre esta bruma espesa que sobrevive a la débil luz de lo inimaginable, continúa el día. Así, sin nada nuevo. ¿Qué se puede esperar? Frío, obscuridad, bruma... y quizá también un poco de ese delirio enloquecedor que te envuelve, tal como las alas de las mariposas, para llevarte volando hacia el horror. Te arrastra desde lo más profundo de la inmensidad hacia lo más brumoso y espeso de un bosque tenebroso, donde todo está ya plagado de bestias espantosas y despiadadas que jamás descansan. A cada instante, ellas te obligan a recordar el inmundo lugar en el que estás. Te preguntas una y mil veces cómo llegaste, buscas desesperadamente la salida, pero no existe. Quizás solo halles respuestas de cómo entraste y por qué lo hiciste; la respuesta amarga de que tú mismo creaste este sitio. Al final, tú mismo elegiste tu camino. Ahora, a cada segundo y a cada paso que das, ruegas desde lo más hondo de tu ser para que se te sea concedida la libertad; esa misma a la cual renunciaste en el momento en que elegiste seguir el sendero de lo infranqueable y lo irreconciliable. Y así transcurre cada paso y cada día: lleno de sombras y de lamentos que te recuerdan, sin piedad, que nunca más podrás ver el sol.

viernes, 17 de abril de 2026

El incendio que me consume.


    
El no verte me causa un dolor intenso que me carcome el alma en silencio. No te veo, no te oigo, no te siento, no te tengo; este dolor está envenenando mi mente y mi espíritu. Es un fuego que me quema, que me debilita, que no me deja pensar y hace que me duela hasta respirar.

 

    Tu ausencia, tu lejanía y tu indiferencia calan hondo en mí, como una saeta ardiente que solo aviva el incendio que me consume. Lo que más me hiere, sin duda alguna, es tu indiferencia. Quisiera gritarte que ya no puedo vivir sin ti; sin embargo, callo porque no quiero que sientas que te acoso o que te ahogo con mis palabras.

 

    ¿Cómo decirte que ya no puedo estar más sin ti, si tú no quieres oír nada? ¿Cómo expresar lo que siento sin parecer desesperada o una loca desaforada? ¿Cómo decir que te pienso a cada instante si no me dejas acercarme? Me duele esta situación: me duele el dolor, me duele el amor, me duele tu silencio y me duele el mío. Me duele amarte a escondidas, como si esto fuera un castigo o un pecado, sin poder gritarle al viento que lo que más deseo es ver tus dulces ojos cafés y perderme en ellos para encontrar la paz que mi alma en llamas clama.

jueves, 26 de marzo de 2026

Hechizo


Desde que tu mirada de fuego

Se cruzó con mi mirada

No he podido sacarte

De mis pensamientos.

 

¿Eres brujo? Me pregunto.

¿Acaso me lanzaste un hechizo

Con tu mirada ardiente?

¿Qué hechizo me lanzaste?

No entiendo, no me lo explico,

Que, en todos estos días,

Que parecen una eternidad,

Me queman y me tienen

Completamente desconcertada,

Desorientada y perdida.

 

Busco mi camino de retorno

Hacia mí misma,

Busco mi camino a

Mi tranquilidad.

Pero mientras tú no estés,

Mi paz seguirá perdida.

 

Solo encuentro mi camino

Cuando tú te cruzas otra vez

Con mi mirada ardiente.

 

Mientras no te encuentre,

Sigo aquí taciturna, perdida,

Sumida en la obscuridad

De una eterna noche sin luna.

domingo, 22 de febrero de 2026

El Profesor de Literatura


Iba caminando por el pasillo de la biblioteca y por el mismo pasillo venía mi profesor de literatura, nuestras manos se rozaron de manera accidental, pero al rozarlo sentí un temblor en todo mi cuerpo, nos miramos a los ojos y sonreímos, como si algo soterrado se escondiera entre los dos.

El señor Camus, mi profesor de literatura, un hombre mayor cuya edad se reflejaba en las finas líneas alrededor de los ojos, de azul profundo como el mar que despertaba toda mi curiosidad y tenía admiración por él que rozaba en lo prohibido.

Esa tarde en la biblioteca casi vacía, sumida en un silencio con polvorientos libros antiguos. Se me había caído un libro, me agache a recogerlo y él igual y su mano rozó mi palma, esta vez fue deliberadamente y una chispa se encendió entre nosotros. Levante la mirada y ahí nuestras miradas se cruzaron y hubo una descarga de electricidad silenciosa, con un destello crudo, apasionado, oculto tras su silueta de profesor respetable.

El deseo era mutuo y lo pude palpar cuando su mirada chocó con la mía, un instante mágico y dulce.

Señorita Sepúlveda me dijo con voz grave, susurrándome “Necesito hablar con usted sobre su trabajo que presentó esta mañana, ¿podría venir a mi despacho?” mi corazón estalló en llamas porque presentía que no era precisamente de mi ensayo de lo que él quería hablar, no pude pronunciar palabra alguna, solo asentí con la cabeza, mi garganta estaba demasiado seca para decir algo en ese instante.

Lo seguí por el pasillo angosto y silencioso de la biblioteca y llegamos a su oficina, pequeña con luz tenue con libros hasta el techo y una pequeña ventana que daba aun jardín interno, él la cerró y bajó las cortinas, quedo todo sombrío, con un aspecto más íntimo, le puso llave a la puerta que resonó la cerradura como un disparo al silencio, lleno todo el ambiente con una expectativa llena de deseo y lujuria que se podía palpar.

Se puso frente a mí, podía sentir el latido de su corazón, el cual latía aceleradamente, me miro de frente y sentí como su mirada me devoraba mi silueta y dijo con voz grave pero suave y pausadamente Señorita Sepúlveda su trabajo esta… bien en general, pero su voz era ya inaudible y se acerco un poco más a mi y ya no había distancia que se interpusiera entre nosotros, sentí su aroma a almizcle con una mezcla de papel y vainilla que lo  envolvía, mis ojos quedaron frente a los suyos, su mirada como saetas de fuego que fueron lanzadas incontrolables, ardientes que penetraban en mi mente y me hacían arder en ese fuego divino e incontrolable.

Me dijo “hay un tema que tengo que discutir con usted” y antes que terminará la frase sus manos ya estaban en mi cintura y me apretó fuerte contra su cuerpo y su boca se poso sobre la mía y me besó de forma deliciosa, un beso que borro todas las dudas que podían haber, sus labios expertos y su lengua exploraron cada centímetro de mi boca que estaba deseosa de sus besos, me dejó sin aliento y me aferré a él, lo abracé fuerte toando su chaqueta, la cual saqué y la tiré al suelo y sentí la tela de su camisa en mis dedos, mientras la pasión y el deseo reprimido estallaba en nosotros.

Nos besamos largamente con el deseo ferviente de que ese instante no acabara nunca.

Sus manos bajaron por mi espalda y con una gran habilidad sacó mi blusa la que cayó al suelo, mis sostenes de encaje al parecer lo dejaron hipnotizado y dijo:” Eres…exquisita” con su voz ronca, sus dedos sacaron mi sostén, lo olió antes de tirarlo por ahí, mis pechos quedaron al descubierto y él con una mirada de hambre los miraba.

Cuando su boca se apoderó de uno de mis pezones lance un gemido ahogado y silencioso que me hizo arquear la espalda, me lamía, me succionaba con una ferocidad arrolladora, ¡Guau! Mientras se comía mis pezones sentí en mi vientre su erección dura y caliente, era un hombre mayor pero su vigor era innegable, su fuerza, su pasión, su deseo que me hacía creer que el placer iba a ser devastador, me bajo el pantalón, los calzones, yo no opuse resistencia alguna, mis caderas se movieron hacia las suyas como un instinto natural “quiero sentirte en mi cariño” susurró y me sentó en su escritorio, mis piernas se abrieron y todos los libros que ahí había cayeron todos. Él se arrodillo ante mis piernas y me examino con su mirada toda mi entrepierna que estaba frente a él como un regalo divino, mientras me miraba me sentí tan erótica, tan sensual, sentir como miraba mi intimidad, su mirada inquisitiva, fue exquisita esa sensación de sentirme observada de esa forma, ahí metió su lengua dentro de mí y sentí una descarga eléctrica fantástica, sentir toda su boca en mi clítoris fue un deleite, sentí un torbellino de sensaciones mientras el me besaba con una expertiz de maestro en el arte del pacer; mientras él me lamía yo acariciaba suavemente sus cabellos plateados, el me poseía con su boca y me hacía gemir, y el placer aumentaba cada vez más y más ¡Por favor! Exclamé “No te detengas que quiero estallar de este placer divino”.

El se puso de pies, su erección palpitante esperando, no había nada que decir, el tomo un condón y me lo puso en mi mano, tomé su miembro, sentí su piel, su pulso vibrante y le puse el preservativo, luego guie su miembro con mis manos hacía mi entrada, cuando lo sentí entrando en mí di un gemido de placer, esa sensación de sentirme tosa suya, esa plenitud de placer abrumadora.

Al principio se movía lentamente, me hizo gemir con cada estocada que me daba con su pene ardiente, cada movimiento que hacía entraba más y más profundo en mí; nuestros latidos se aceleraron, se mezclaban mis alaridos de placer con sus gemidos guturales mientras me besaba el cuello, nos perdimos ahí en ese instante de pasión de entrega mutua. ¡guau! Que increíble el placer insospechado, no me esperaba esta fuente inagotable de goce, su cuerpo tan enérgico y fuerte, la edad aquí no importaba, ni se reflejaba. Me levantó, me puso de espalda a su librero, tomó mis caderas y comenzó a penetrarme de pie, mis piernas en su cintura, ¡que delicia! Todo era tan estimulante, sentir su olor mientras entraba en mí, se movía enérgicamente y yo ahí recibiendo cada estocada dentro mío. ¡sigue! ¡sigue! Gritaba, e sentía poseída, ardiente, estaba desgarrada de placer y gemía y jadeaba y gritaba cada vez más.

Él me apretó fuerte contra su cuerpo con una fuerza violenta y tuve un orgasmo que me hizo delirar, mi cuerpo convulsiono, estaba rendida ante él. Sentí su gemido cuando el acabó.

Mis piernas seguían entrelazadas en su cintura y no lo quise soltar aún, solo quería seguir sintiendo la calidez de su piel en la mía, de apoco nuestras respiraciones volvieron a calmarse y su cuerpo extraviado de placer se estremecía junto al mío. (se quito el preservativo y lo tiro a la basura).

Nos miramos fijamente a los ojos y yo le acariciaba su rostro de forma suave, nos dimos un beso embriagante de placer.

El respetable Señor Camus, un hombre serio que me había hecho enloquecer de placer y pasión; su mirada profunda con ese deseo desenfrenado me hacia estremecer, quede ahí perdida en el mar azul de su mirada intensa, era una locura prohibida, el fruto prohibido del cual ambos estábamos dispuestos a saborear una y otra vez.

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

El incendio de tu tacto


​Me pregunto en el silencio de este deseo obscuro:

¿Cómo se sentirá el peso de tus manos sobre mi piel?

Ese roce masculino, firme y seguro,

dibujando en mi cuerpo la urgencia de tu sed.

​No tienes idea de cuánto te he soñado,

de cómo he recreado en mi mente cada caricia,

buscando el rastro de un roce imaginado

que calme, por fin, esta dulce injusticia.


​Solo deseo sentirte, poseerte en mi centro,

que seas tú quien apague este fuego inclemente;

que entres como un rayo en mis pensamientos

y devores el ansia que me quema la frente.

Cada vez que te miro, la sangre me hierve,

mis venas se funden en un cauce de lava,

y mientras mi piel ante tu sombra se rinde,

mi voluntad se quiebra, de tu fuego esclava.

​Eres la chispa, el combustible y la llama,

el dueño absoluto de toda mi pasión.


Y este volcán que en mi pecho proclama

solo encuentra en tus manos su redención.

​Ven a recorrer mi piel ardorosa,

que mi tacto te busca con hambre de ti;

apaga esta hoguera, febril y ansiosa,

y húndete en el caos que provocas en mí.

miércoles, 14 de enero de 2026

Embrujo de Amor

 


¿Cómo me enamoré de ti?

¿Cómo me enamoré de ti, si

fue solo una mirada directo a mis ojos?

Estaba perdida, sin rumbo,

y de repente tu luz con su fulgor iluminó toda

mi existencia.

 

Me enamoré sin darme cuenta

de lo que sucedía.

Solo entré en esa burbuja de luz

que construiste para mí,

llena de cosas maravillosas,

grandiosas, deliciosas;

con tu mirada hiciste magia

y llenaste de color y pasión

mi realidad antes gris.

 

Me enamoraste, me embrujaste,

y yo caí en tu dulzura

y en el destello rutilante de tu luz de estrellas.

 

 

Eres dulce como el dátil de Palestina.

 Eres luz, como la luna que baña el mar de Gaza.

 

Cuando me di cuenta de todo,

ya estaba enamorada de ti,

 ¡oh, amor mío!

Tú das sentido a mi existencia,

que antes de ti estaba obscura

y vacía, como el desierto sin su oasis.

 

Lo único que deseo ahora

es que nos embriaguemos de amor

y de pasión; deseo sentirte en mi alma,

feliz y tranquilo.

 

Quiero que en mi regazo encuentres

esa paz y calma que necesita tu alma

cansada, agotada de los caminos

duros de esta vida.

 

Quiero que en mi regazo

descansen todos tus sueños y anhelos,

y que juntos podamos disfrutar de las delicias

de este amor dulce y luminoso.

 

Quiero que todos los rumbos

por los que nos lleve esta vida estén llenos de amor,

ternura y pasión desbordada.

 

Deseo que este amor sempiterno

siempre nos reúna en todas

las vidas que nos toquen vivir.

Porque una sola vida

es muy poco tiempo para amarte,

¡oh, amor mío!

 

¡Un amor así no se puede agotar en una sola vida!

En todas las existencias que me toquen,

te buscaré para amarte

por siempre y para siempre.

sábado, 10 de enero de 2026

La Tarde en el Farol Azul

 

Aquella tarde fría llegamos al motel, ese que está entremedio de calles laberínticas, todas escondidas y llenas de historias ocultas, de pasión, de fuego y lujuria. Decidimos entrar al que estaba al fondo, al lado izquierdo, donde brillaba un farol azul. Se llamaba justamente así: "El Farol Azul". Tenía una atmósfera cargada de erotismo, con símbolos orientales y tántricos que llamaban a los amantes a encender su fuego.

Esperamos en un rincón de la salita hasta que nuestra habitación estuvo lista. Mientras permanecíamos en ese cubículo de dos metros por dos, nos miramos fijamente a los ojos; nos besamos con la pasión y el deseo al máximo. Nuestras manos recorrían la piel, que estaba expectante a las caricias, hasta alcanzar nuestras zonas más sensibles y húmedas.

Seguimos besándonos hasta que llegó la mucama y nos condujo por un pasillo iluminado con pequeñas lamparitas en forma de flor. Caminamos hasta la habitación de la derecha; era un espacio de colores claros con un diseño exótico caribeño, figuras de palmeras y hamacas sobre un fondo de puesta de sol. Tenía una iluminación tenue, era amplia y con una temática entretenida.

Nos quedamos frente a frente. Pusiste música de darbukas y, al ritmo de la percusión, comencé a desabrochar los botones de mi blusa, uno a uno, de abajo hacia arriba. Mientras te recostabas en la cama, me mirabas extasiado, viéndome bailar. Terminé de quitarme la blusa y seguí moviéndome al ritmo árabe; lentamente me desprendí de la falda. Al compás de la música, quedé solo en ropa interior de encaje negro y medias del mismo color. Me hinqué sobre ti, dejando mi pecho frente a tus ojos, y seguí moviéndome suave y sensualmente.

Con tus manos temblorosas, lograste por fin desabrochar mis sostenes mientras acariciabas mi espalda y mi cintura. Me miraste a los ojos y me diste un beso cargado de lujuria. Tus manos recorrieron mis pechos como un tesoro recién descubierto y bajaste la mirada para contemplarlos. Acariciaste mis pezones de forma metódica y posaste tus labios sobre ellos. Los lamías con tu lengua, que ardía como el fuego; los rodeabas suavemente, haciéndome estremecer completa.

Al sentir tu lengua en mis pezones, una descarga de energía me sacudió; fue una sensación electrizante. Cuando tus labios rodearon mis pechos por completo, el éxtasis fue total; sentir tu boca me hacía palpitar y vibrar.

Te quité la camisa de forma versada. Al descubrir tu torso desnudo, sentí tu piel suave y ardiente. Tú me quitaste, una a una, las medias mientras lamías mis piernas. Fue una sensación alucinante sentir tus labios en mi piel. Me dejaste solo con la tanguita puesta mientras te concentrabas en lamer cada milímetro de mi cuerpo. ¡Qué ardor más placentero! Comencé a gemir cuando tu lengua recorrió mi espalda y subió hacia mi cuello. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espina dorsal. Qué placer, qué locura, qué delicia eran tus lamidas.

Me di vuelta y te besé con frenesí mientras te quitaba los pantalones. Te tiré a la cama de espaldas y comencé a lamer tu cuerpo, empezando por la curva de tu cuello. El aroma de tu piel me golpeó de forma salvaje; reconocí de inmediato el perfume L'Eau d'Issey, de Issey Miyake, el que te regalé para tu cumpleaños. Mi lengua no quería detenerse en esa labor de adoración: bajé por tu pecho, saboreándote, hasta llegar a tu ombligo. Regresé por tus costillas, subí a tus hombros y me perdí en tus brazos hasta llegar a tus manos. Besé cada uno de tus dedos y los introduje en mi boca, imaginando que no eran precisamente tus dedos lo que tenía allí.

Ese pensamiento me hizo enloquecer. Con una urgencia inusitada, me puse encima de ti. Froté mi cuerpo contra el tuyo y me mecí; el fuego crecía dentro de mí. Te quité la ropa interior y quedaste completamente desnudo. Con avidez feroz, besé y lamí tu miembro erecto, palpitante y tenso, como en un acto de devoción. Estaba tan excitada... pero en un movimiento rápido, giré y puse mi vulva sobre tu boca para que me comieras entera. Cuando tu lengua entró en mí, sentí una descarga eléctrica, di un grito desesperado y me retorcí en un orgasmo intenso.

Tuve que esperar unos instantes para continuar, pero aquel orgasmo solo aumentó mi hambre por tu falo. Volví a entregarme a él mientras tú seguías penetrándome con tu lengua de fuego. Ya no podía más de éxtasis. Me repuse unos segundos, te besé con furia y me subí sobre ti. Sentí cómo entrabas por completo: duro, ardiente, suave. Solo con sentirte dentro tuve otro orgasmo delicioso. Comencé a apretarte practicando pompoir, moviéndome al ritmo de las darbukas que sonaban cada vez más fuerte. La imagen de tu rostro, con una expresión de placer infinito, hacía que mi incendio interno fuera incontrolable. Tuve un orgasmo tras otro hasta quedar exhausta practicando la kabazza.

Me bajé de ti y te pedí que me hicieras acabar otra vez con tu boca. Estaba sedienta. Tú me complaciste de inmediato, saboreando mi néctar. El roce de tus labios en mi clítoris me hizo estallar; cada lamida era una ola en un tsunami de orgasmos que me inundó por completo. Bebiste de mí con avidez hasta saciarte. 

Cuando por fin te alejaste, estabas mojado y brillante, una mezcla de sudor y de mi propio placer. Me tomaste con fuerza, me diste la vuelta hacia la pared y entraste en mi cuerpo con toda tu lujuria. Las embestidas eran potentes y electrizantes; mis gritos se convirtieron en aullidos incontrolables. El gemido de liberación final ocurrió cuando los dos, al unísono, llegamos al clímax de forma majestuosa. Tu cuerpo se desplomó sobre el mío y nos quedamos fundidos, piel con piel, mientras nuestras respiraciones se calmaban. 

Cuando nuestros corazones volvieron a su ritmo, nos fundimos en un beso de adoración mutua. Las palabras sobraban. Tu olor quedó impregnado en mí y mi Volupté, de Oscar de la Renta, en ti. Nuestros aromas y almas estaban entrelazados. Fue el cierre perfecto. 

Esa tarde pasó rápido. Nos quedamos dormidos y, a la medianoche, despertamos para ir a la ducha. Allí, me hinqué y te hice una felación hasta que acabaste en mi boca; me tragué ese elixir como una ofrenda mientras me mirabas en éxtasis. Al salir, nos vestimos y caminamos por los callejones obscuros, besándonos en cada esquina como si no hubiera un mañana.

 Al llegar a casa, te dormiste enseguida. Yo me quedé despierta a tu lado, repasando cada segundo de lo vivido, acariciándome a mí misma hasta alcanzar un último orgasmo, deseando que fueran tus manos las que me tocaban. Finalmente me dormí, pensando en esa tarde mágica en el cuarto del motel.