jueves, 26 de diciembre de 2024

Sometida.


          La luna brillaba en lo más alto del firmamento, bañando el mundo con una luz plateada y pura. La noche era perfecta: el cielo despejado, el aire tibio de verano y las estrellas titilando como diamantes lejanos. Decidí caminar por la orilla de la playa, dejando que el murmullo de las olas calmara mi mente, que aún se sentía agitada. Tenía los pensamientos revueltos por los acontecimientos de los últimos días; con solo recordarlos, la piel se me erizaba. Buscaba despejarme, ordenar mis ideas y encontrar un camino menos ardiente, sintiéndome más liviana.

          Pero, a pesar de la serenidad del mar, la agitación persistía. Me sentía extasiada. Aún creía escuchar tus palabras y tus suspiros en mis oídos; sentía la calidez de tu piel contra la mía y ese aroma suave que parece haberse quedado tatuado en mi ser. Mi mente repetía, paso a paso, cada instante de pasión y locura.

          El recuerdo me hizo tiritar de nuevo. Reviví el momento en que me vendaste los ojos con aquel pañuelo de seda, sumergiéndome en la oscuridad. Luego, alzaste mis brazos por encima de mi cabeza y el frío metal de los grilletes se cerró en mis muñecas, dejándome anclada a la cama, totalmente a tu merced.

          Al tenerme así, indefensa, comenzaste tu dulce tortura. Me pusiste tapones en los oídos para aislarme del mundo; ya no veía, no escuchaba, ni podía moverme. Mi olfato se agudizó de inmediato, deleitándose con tu fragancia mientras sentía cómo desgarrabas mi vestido. Quedé expuesta, vestida solo con mi corsé y mis bragas, esperando lo inevitable.

          Tus labios comenzaron a recorrer mi cuello, descendiendo con una lentitud exasperante. Lamiste y besaste cada milímetro de mi piel. Con tus dientes, desataste el nudo de mis bragas y tus labios encontraron mi centro. Cada caricia me hacía arquear el cuerpo como una gata; tus besos y lamidas me hicieron estallar en una lujuria ciega. Alcancé el clímax varias veces mientras te bebías mi elixir, en una comunión perfecta entre tu boca y mi sexo.

          Abriste mis piernas aún más, profundizando tu entrega. Sentir cómo me penetrabas con la lengua y los dedos, mientras yo permanecía en ese limbo de silencio y oscuridad, fue una experiencia ardiente. Luego, el vacío fue llenado por tu miembro, duro y caliente. Te movías de forma suave, pausada, con un ritmo de caderas que me llevó a un nuevo orgasmo, profundo y vibrante.

          La intensidad creció. Te movías con un vigor salvaje hasta que, en un unísono perfecto, ambos nos entregamos al éxtasis final. Creí que el juego terminaría ahí, pero tú tenías otros planes. Desapareciste un momento y regresaste con algo que me hizo estremecer: hielo.

          Sentí el choque térmico del hielo recorriendo mi Monte de Venus, para luego sentir cómo lo introducías en mi interior. El frío quemaba de una forma deliciosa mientras volvías a hacerme sexo oral. Estaba aterida, tiritando, moviéndome como una fiera enjaulada, ardiendo de lujuria mientras el hielo se derretía en mi calor. Grité y grité, poseída por una pasión que nunca antes había conocido.

          —¿Te gusta cómo te estoy torturando? —me preguntaste. —Sí... ¡Quiero más y más! —respondí sin aliento. —Tus deseos son mis órdenes —susurraste.

          Fuiste en busca de juguetes y, de pronto, sentí una doble penetración combinada con la vibración frenética que me hizo perder el sentido de la realidad. Mi cuerpo vibraba, gritaba, suplicaba. Sentí un estallido de locura, de placer puro. —¡Sigue! ¡Sigue! —rogaba, mientras tú seguías bebiendo de mí, poseyéndome en todas las formas posibles.

          Finalmente, retiraste los juguetes y me besaste con ternura. —Eres la mujer más deliciosa del mundo —dijiste—. Es un placer verte gemir de esta manera.

          Me quitaste los tapones y la venda, devolviéndome al mundo real. Me liberaste de los grilletes y te acostaste a mi lado, donde el sueño nos venció por horas. Al despertar, te vestiste y me dedicaste una última mirada. —Fue delicioso. Cuando quieras, repetimos. —Como tú desees —alcancé a decir.

Me diste un beso apasionado y te marchaste, dejándome allí, ardiendo en deseos durante días y días.

 

martes, 24 de diciembre de 2024

Salsa de Arándanos


Ingredientes:

·         250 gramos de arándanos

·         60 gramos de jugo de naranjas

·         60 gramos de oporto u otro vino dulce

·         70 gramos de azúcar morena

·         1 ramita de canela

Preparación:

1. Lavar bien los arándanos

2. Colocar todos los ingredientes en una olla onda

3. Cocinara fuego medio por 20 minutos, revolver de vez en cuando, no moler los arándanos.

4. Pasado el tiempo de cocción la salsa ya debe hacer reducido y espesado, si la queremos más consistente debemos dejarla un rato más en el fuego.

5. No se cuela y a servir.

  • ·         Ideal pasa carnes.


lunes, 23 de diciembre de 2024

La razón

 

    Que la razón es una fuerza que debe prevalecer en toda circunstancia  , y que lamentablemente el ser humano no nace con la capacidad de razonar y solo a lo largo de la vida entre tropiezos y errores logra ser un un individuo razonable a medias ¿Pero Por qué motivo cuesta tanto razonar?.

    Creo que es la capacidad de esta sociedad de no respetar al individuo como persona única y  como parte de un todo, ya que desde el principio de la época escolar se mide con una regla estandarizada y como uno más, un simple número en un formación estadística y no como un alguien único ; donde todos deben responder lo mismo, decir lo mismo y actuar de la misma manera impidiendo así el desarrollo de la crítica, del libre pensamiento y del razonamiento analítico en casi todos los ámbitos de la vida.

    
    Y por otro lado esta la religión que también impide al individuo razonar , les impone creer a fe ciega que lo qué ellos dicen es así, y así se quedará y gracias a esta nula capacidad de pensar se obliga a creer y a discriminar a los que no creen o tienen otra fe  cuando así los extremistas religiosos que no discierne  solo creen que seguir su fe ortodoxamente le hacen bien a su creencia

sábado, 21 de diciembre de 2024

Tu mirada

Tus ojos muestran lo infinito de todos los infinitos dentro de ti y de mi.

Café Turco


Ingredientes:

 

·         Café de grano molido

 

Preparación:

 

1.     En una cafetera turca ponemos 2 cucharadas de café molido

2.    Dos cucharadas rasas de azúcar

3.    1 taza de agua hirviendo

4.    Ponemos la cafetera al fuego hasta que suba la espuma del café.

5.    Se revuelve. Se retira del fuego y se le agregan unas gotas de agua para que el café decante y a disfrutar.


viernes, 20 de diciembre de 2024

El vuelo de Rex y Silivren. salvando los humedales

Rex, el pequeño perro cocker de pelaje blanco con manchas doradas, disfrutaba de la calidez del sol. Aunque vivía con una familia humana en el Valle del Este, le encantaba recorrer los campos en las mañanas despejadas. Aquel día, mientras descansaba sobre el pasto, divisó a lo lejos la majestuosa silueta de un Grifo. Al verlo acercarse, Rex comenzó a ladrar con entusiasmo, moviendo la cola con alegría.

—¡Hola! —saludó el Grifo al aterrizar—. Soy Silivren. Salí a despejarme y te encontré. ¿Quieres subir a mi lomo y volar conmigo?

Rex se emocionó tanto que apenas podía contener sus saltos.

—¡Sí! ¡Claro que quiero! —exclamó.

Silivren descendió y Rex trepó a su lomo. Volaron sobre los espesos bosques y los ríos serpenteantes del valle de Aethelgard. Desde las alturas, divisaron familias de unicornios, ratoncitos y ardillas que jugaban entre las copas de los árboles. Rex ladraba saludando a cada ave que se cruzaba en su camino; se sentía libre y feliz por haber encontrado un amigo con quien compartir el cielo.

Sin embargo, en pleno vuelo, una columna de humo negro manchó el horizonte.

—¡Fuego! —gritó Silivren.

—En esa parte siempre sale humo —explicó Rex con tristeza—. Un hechicero de alma negra corta los árboles y los quema para realizar conjuros maléficos. Esos hechizos están enfermando al bosque y a los ríos; los peces huyen por el mal olor.

A medida que se acercaban, un hedor putrefacto inundó el aire. Lo que antes era una laguna cristalina se había convertido en una ciénaga obscura y sin vida. Sergei, que amaba aquel humedal, sintió una rabia profunda.

—¡ESTO ES INTOLERABLE! —bramó el Grifo—. ¡Ese hechicero lo pagará!

En ese instante, el mago apareció entre la humareda.

—¡Fuera de mis territorios! —les gritó con voz ronca—. ¡Lárguense ahora!

—¡Tú no tienes derecho a echarnos, y menos a contaminar el agua! —replicó Silivren.

—¡Estos son mis terrenos y hago lo que quiero! —contestó el hombre con arrogancia.

    Ante tal cinismo, Silivren decidió actuar. Voló de regreso al valle y se comunicó telepáticamente con otros de su especie. En menos de diez minutos, una asamblea de diez Grifos blancos y tres dragones —incluyendo a Narvë, el gran dragón rojo— se reunió para escuchar el relato. Todos coincidieron en que debían intervenir de inmediato para salvar el ecosistema.

—Rex, no puedo llevarte —le dijo Silivren con pesar—. Esta misión es muy peligrosa.

Rex se entristeció, pero comprendió que sus amigos debían luchar. Regresó a su casa cuando escuchó a su amo llamarlo, mientras los guardianes alados partían hacia el norte.

Al llegar, encontraron al brujo talando árboles de forma indiscriminada.

—¡Detén esta destrucción, hechicero malvado! —exigieron los Grifos al unísono—. Solo traes muerte y desolación.

—¡Yo no recibo órdenes de bestias aladas! —respondió el mago con desprecio.

—Si quieres guerra, guerra tendrás —sentenció Silivren.

El Grifo se lanzó en picada y atrapó al hechicero con sus poderosas garras, elevándolo por encima de las copas de los árboles.

—¡Suéltame, maldita bestia! —gritaba el mago, aterrorizado.

—Tus conjuros solo traen tristeza a los habitantes del valle. No permitiremos que sigas destruyendo la vida —dijo Silivren con firmeza.

Silivren decidió llevar al prisionero hacia un fuerte élfico conocido como la Perla Negra. Los Elfos, que ya conocían las fechorías del mago obscuro, realizaron un juicio inmediato en la fortaleza. Se decidió que el hechicero quedaría prisionero, se le confiscó su varita y se envió un mensaje al Consejo de Magos para decidir su destino final.

Mientras tanto, los demás Grifos y los dragones se encargaron de limpiar el humedal, apagando los incendios y derribando la cabaña del brujo. En ese mismo lugar, plantaron nuevos árboles.

Con el paso del tiempo, la vida regresó al humedal. Las aves volvieron a anidar, los peces nadaron en aguas limpias y el bosque recuperó su verdor. Y, como cada mañana, Rex volvió a su colina para tomar el sol, esperando ver a su amigo Silivren para emprender un nuevo vuelo sobre un valle recuperado y sano. 


jueves, 19 de diciembre de 2024

¿Dónde Estás?

                                             

En mis sueños te encontré,  

en mis desvelos te soñé,

en mis fantasías te deseé;

y ahora, en mis días, te busco.

Te busco y no te encuentro,

te espero y no apareces,

te llamo y no contestas,

te escribo y no respondes.

 

En mis días soleados espero

que tú seas mi sombra.

En mis días nublados

busco con ansias tu luz.

 

En mis días helados busco tu calor.

En las noches te busco

en el reflejo de la luna,

 y le pregunto a ella:

 —¿Dónde estás?

 ¿Por qué no apareces? —.

 

Cierro los ojos y ahí estás;

solo en mis sueños te veo.

Desearía vivir soñando,

vivir durmiendo para

que siempre aparezcas.

Para poder besarte y amarte

en mis fantasías nocturnas,

 lejos de este mundo obscuro.

 

En mis sueños te encontré,

en mis desvelos te soñé,

en mis fantasías te deseé

y en mis días...

todavía te espero.

 

miércoles, 18 de diciembre de 2024

¿Dime Cómo?



Veo todo desde la lontananza que da el tiempo; todo lo vivido entre nosotros pareciera que fue en otro siglo, en otra vida. Quisiera, en esta existencia, volver a verte, volver a sentir tu aroma, volver a sentir la calidez de tu piel sobre la mía. Desearía volver a sentir tus labios en los míos para poder sentirme viva otra vez.

 

La lejanía, el tiempo, la lontananza del espacio y la obscuridad de las noches solo me recuerdan que tú ya no estás aquí conmigo. Estoy sola con mis pensamientos, sola conmigo misma y con tu recuerdo habitando mis adentros.

 

Quisiera volver a sentir el latido de mi corazón, volver a sentir mi alma dentro de mi cuerpo, volver a pensar con claridad; pero todo eso parece imposible. Te llevaste una parte de mi espíritu y un fragmento de mi mente; hoy solo quedan los despojos de lo que fui.

 

¿Cómo se retoma una vida que no existe? ¿Cómo se empieza una nueva historia desde la nada? ¿Cómo se puede vivir con este dolor? ¿Cómo se puede volver a respirar así? ¿Cómo?

 

Si tú lo sabes, exijo que me digas: ¿cómo es que yo tengo que seguir viviendo así? ¿Cómo puedo volver a caminar sin alma? ¿Dime, cómo?

 

Éxtasis.

Oír tu voz y llegar a enloquecer en un segundo es obsceno y delicioso.

lunes, 16 de diciembre de 2024

La Hamaca

    La tarde caía con un sol perezoso que entibiaba mi piel. Yo descansaba en la hamaca, sintiendo el leve balanceo mientras lucía mi bikini café. De pronto, llegaste tú. No hubo palabras, solo ese primer beso que buscó el fondo de mi alma, provocando ese enjambre de mariposas que solo tú sabes despertar en mi vientre.

    Mientras tus labios devoraban los míos, tus manos expertas encontraron el broche de mi corpiño. Lo deslizaste con una lentitud tortuosa, dejando mis pechos libres para tus palmas y tu lengua, que comenzó un recorrido de fuego entre lamidas y mordiscos suaves. Luego, volviste a mi boca mientras tus dedos deshacían los cordones laterales de mi bikini.

    Me dejaste completamente desnuda, expuesta bajo la luz del atardecer. Me estremecí de pura excitación al notar que tú seguías vestido; esa mirada tuya, cargada de una lascivia oscura y dominante, me erotizó los sentidos. Tus manos, calientes y firmes, recorrieron cada curva de mi cuerpo hasta encontrar mi centro, hundiendo tus dedos en mi vulva jugosa. El contraste entre el roce de la red de la hamaca en mi espalda y tu estimulación incesante me llevó a un estado de hipnosis

    Estaba acostada de forma horizontal, pero me tomaste de las caderas con una fuerza que me hizo jadear, girándome hasta ponerme en posición vertical frente a ti. Abriste mis piernas de par en par, exponiéndome por completo. Te desabrochaste los pantalones y, sin previo aviso, me penetraste con una embestida profunda.

    Tú estabas de pie, firme sobre la tierra, mientras yo flotaba en la hamaca, sostenida solo por tus manos y el vaivén de las cuerdas. El movimiento rítmico de la red y esa sensación de ingravidez hicieron que cada centímetro de tu miembro se sintiera más grande, más profundo. Gemí de éxtasis, perdiendo el sentido de la gravedad, sintiendo cómo me llenabas por completo en cada balanceo.

    Seguiste así, marcando un ritmo frenético hasta que sentí tu cuerpo tensarse. Acabaste todo dentro de mí. Fue glorioso sentir tu semen caliente correr como lava ardiente por mi interior, una descarga de vida que luego se escurrió por mi espalda y mis muslos, pegajosa y deliciosa, como el elixir de tu propia esencia reclamándome como tuya.

    Pero no me dejaste marchar. Mientras me besabas con una urgencia renovada, tus dedos volvieron a trabajar en mi intimidad, logrando que estallara en un nuevo orgasmo, y luego otro, hasta que mis músculos no pudieron más

    Finalmente, te despojaste de tu ropa y te acostaste a mi lado. La hamaca se hundió bajo nuestro peso combinado, abrazándonos mientras flotábamos en el aire fresco de la tarde. Nos quedamos allí, piel contra piel, disfrutando del silencio y del rastro de tu semen quemándome las piernas. Sin duda, la hamaca es el instrumento más sublime en nuestro arte de amar.