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jueves, 22 de agosto de 2013

La Consulta Médica

    Cerca del mediodía, el teléfono vibró en mi escritorio. Era él: mi ginecólogo. Nos habíamos conocido por azar en un café de Providencia; un hombre guapo, de esos que exudan una sensualidad natural que te hace enganchar al instante. Me llamaba para decirme que terminaría su jornada a las 19:00 y que quería darme una cita privada, fuera de su horario habitual.

—Allí estaré —respondí, sintiendo un cosquilleo inmediato.

Pasé la tarde con una anticipación eléctrica. Para la ocasión, elegí un pantalón entallado, tacones altos y una blusa verde que resaltaba mi piel, pero el verdadero secreto iba debajo: lencería negra, sugerente, con medias de liga que abrazaban mis muslos.

Al salir de la oficina, tomé un taxi hacia Providencia. Aproveché el trayecto para retocar mi labial y rociarme con mi fragancia dulce favorita, dejando que el aroma me envolviera. Antes de llegar, compré un paquete de galletas en forma de corazón, un pequeño detalle para el juego que estaba por comenzar.

Toqué el timbre de la consulta. Cuando él abrió, me encontró allí con una mirada cargada de intención y una galleta entre los labios. Sin decir palabra, lo miré a esos ojos verdes hipnóticos y, con un beso audaz, le pasé la galleta a su boca. La pasión estalló al instante. Cerramos la puerta con llave y entramos en su privado, dejando el mundo exterior atrás.

Él se sentó en su sillón de cuero y yo, poseída por una urgencia deliciosa, le bajé los pantalones de un tirón. Me arrodillé a sus pies, entregada a la tarea de adorar su sexo. Sentir su miembro erecto y fuerte dentro de mi boca, mientras esperaba el momento de saborear su elixir, era simplemente exquisito.

Mientras lo complacía, él me tomó del cabello con firmeza, guiando mi ritmo. La temperatura de la habitación subió de golpe. Entre caricias urgentes, me despojó de la ropa y me guio hacia la camilla ginecológica. Hay que reconocerlo: esas camillas son el escenario perfecto para el placer; la posición en la que te dejan es de una vulnerabilidad excitante

Acomodó mis piernas a cada lado, exponiéndome por completo ante su mirada profesional convertida en puro deseo. Comenzó a jugar con mi clítoris antes de penetrarme con su lengua. Fue una descarga eléctrica. Me hizo estallar en un orgasmo frenético, gritando de locura mientras su lengua trabajaba con una precisión quirúrgica.

Sin darme respiro, se montó sobre mí. Sentir cómo su pene entraba en mi cuerpo fue una sensación de plenitud absoluta. Se movía con un ritmo suave, casi hipnótico, mientras yo gemía su nombre una y otra vez. Sus manos buscaban mis pechos, acariciando mis pezones endurecidos, provocando escalofríos que recorrían toda mi columna. Tener toda su humanidad fundida con la mía, su calidez y su suavidad, era un deleite que me hacía enloquecer.

Pero yo quería más. Necesitaba el control. —Bájate... quiero estar arriba —le pedí con la respiración entrecortada.

Me puse sobre él, cabalgando con movimientos de cadera armoniosos y profundos, sintiendo cómo cada embestida me acercaba a un nuevo orgasmo candente. Cuando estallé de nuevo, me deslicé hacia abajo para volver a saborearlo.

Lo lamí y lo succioné con una devoción casi religiosa, recorriendo su miembro erecto con la punta de la lengua. En medio de ese frenesí, sentí la inyección de su semen, viscoso y ardiente, directo en mi lengua. Fue una explosión de calor. Me lo bebí todo, disfrutando de cada gota de su esencia mientras él soltaba un grito intenso de liberación. El sabor, el calor, la entrega total... fue fantástico.

Nos quedamos un largo rato allí, desnudos sobre la camilla, besándonos mientras el pulso regresaba a la normalidad. Finalmente, nos vestimos en silencio, compartiendo sonrisas cómplices. Antes de salir, lo miré con picardía y le susurré:

—Doctor, muy pronto tendré que pedir otra hora para que me repita el mismo tratamiento.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Una Noche Obscura


En la fría noche de un fin de semana descubrí tu gran calidez; en la oscura soledad encontré tu luz y tu reflejo.  En un día nublado encontré consuelo en tu compañía, y tú compañía logro que las nubes  se alejen  de mi lado, esa densa capa de neblina  ya me estaba  dejando sin consuelo cada día, cada día estaba envuelta en ella como en una tela de araña, atrapada, amarrada sin salida, y de repente apareciste y encontré el pase hacia la libertad, hacia la libertad  de mi ser interior y ahí pude escapar a la luz y conocí como brillaba el sol, saber cómo es vivir en la luz del calor y la belleza.

Y ahora de nuevo volví al invierno, a la neblina, al frio, a la soledad de una tarde fría que nada logra entibiar estas paredes gélidas, roídas por el gris que envuelve las piedras de esta inmensa fortaleza, que de un momento a otro se desplomará, caerá y el derrumbe será tan inmenso que mi alma se hará mil pedazos y no podrá sobrevivir a tanto desastre.

martes, 20 de agosto de 2013

La gira de estudios.


Era el año 1999 y cursábamos 4° medio. Empezaban a pasar muchas cosas: era el último año y debíamos preocuparnos de la práctica profesional, la graduación y el viaje de estudios. Nos dispusimos a preparar el viaje y lo primero era juntar el dinero. Decidimos comenzar a trabajar, pero antes había que elegir a la directiva del curso.

Ahí surgió el primer gran obstáculo para nuestra ansiada meta. Obviamente, en un curso de 45 alumnas no todas se llevaban bien; es más, era todo lo contrario. Quizá esto explica por qué había dos grupos dominantes y muy bien definidos. En la elección de presidenta hubo cinco candidatas y se produjo un empate entre dos de ellas. Fuimos a un balotaje y, para sorpresa de todas, volvieron a obtener la misma cantidad de votos. Como cada una representaba a su grupo, se decidió unánimemente, junto con nuestro profesor jefe, tener dos presidentas, una tesorera, una secretaria y una delegada.

Este fue el comienzo de un sinfín de enfrentamientos que se sucedieron de una forma muy particular.

 

El primer éxito: Royal Club

Después de la elección, junto con nuestro profesor Francisco, decidimos hacer fiestas comerciales para recaudar fondos. La misión era buscar un lugar apropiado para la primera de ellas. Durante los días siguientes recorrimos pubs, discoteques y bares, estudiando precios para arrendar un local que se ajustara a nuestro presupuesto, el cual no era muy abultado; más bien, era un poco escuálido.

En la calle 18 encontramos un local llamado “Royal Club”, donde iban principalmente chicos jóvenes de carrete. Se acercaba a nuestro presupuesto, así que lo arrendamos. La fiesta se programó para la quincena de abril, suponiendo que era una fecha en la que la gente tenía plata. Todas nos preparamos de la mejor forma.

 

El comentario obligado del curso era “la fiesta”. Hicimos volantes de propaganda y los pegamos en varios quioscos invitando a todo el mundo al carrete. Llegado el día, me fui con mis dos mejores amigas, la Marcia y la Patty. Cuando llegamos ya estaba nuestro profesor con su esposa, un par de compañeras y un grupo pequeño de gente. No nos preocupamos, ya que era temprano y la noche recién comenzaba.

Al rato empezó a llegar la gente y el local se llenó. Al parecer, las expectativas se estaban cumpliendo. Nos tranquilizamos: todo salía a las mil maravillas y sería un éxito total. Terminamos a eso de las cinco de la madrugada del sábado y acordamos entregar las cuentas finales el lunes siguiente en clases.

Como nosotras fuimos las encargadas de la administración y producción, nuestro grupo mostró gran capacidad de trabajo y coordinación. Tuvimos un muy buen resultado: las ganancias superaron el 50% de lo invertido. Estábamos muy contentas. El dinero se depositó en la cuenta bancaria que habíamos abierto el año anterior.

 

El desastre del segundo grupo

Se dispuso entonces realizar otra fiesta, pero esta vez organizada por el otro grupo, nuestras rivales. Ellas tenían que hacer todo, desde pedir el permiso en la Intendencia hasta la ejecución. Encontraron una discoteque en un barrio dedicado al carrete, cerca del metro, y fijaron la fecha para la primera semana de junio.

Cuando se acercaba el día, todas coincidimos en que ojalá no lloviera, porque de lo contrario las cosas no resultarían bien. Menos mal que para esos días no había pronóstico de lluvia. Sin embargo, al llegar la fecha, el ambiente estaba raro; los dos grupos competían para ver cuál era más capaz.

Esa noche, aunque no llovió, la atmósfera estaba enrarecida y cubierta por una densa capa de desconfianza. El lunes siguiente, cuando entregaron su informe al curso, el panorama fue obscuro:

 

·         Se pagaron cervezas con billetes falsos.

·         Había más de cinco mil pesos en billetes de mil falsos.

·         De la caja faltaron cerca de $45.000.

Supuestamente alguien había robado el dinero. En resumidas cuentas, fue un desastre. A pesar de que fue bastante gente y hubo mucho consumo, la gestión de las organizadoras fue tan ineficiente que perdimos plata. Con suerte se alcanzó a pagar el arriendo de la disco y los gastos básicos. ¡Solo diez mil pesos de ganancia! La nada misma para tanto trabajo.

 

La división y el "salón de belleza"

Esta situación solo sirvió para aumentar las divisiones y polarizar el conflicto. Si antes estábamos peleadas, este desastre nos volvió irreconciliables. Se empezó a poner en duda nuestro gran desafío: llegar todas juntas al final de año e irnos de gira.

Nuestro profesor apaciguó un poco los ánimos. Quedamos en que haríamos otros eventos para recaudar fondos y que quienes habían perdido el dinero de la fiesta tendrían que reponerlo vendiendo dulces. Se nos ocurrió hacer una "completada" en la casa de una compañera, además de rifas semanales para reavivar el entusiasmo.

A la semana siguiente nos juntamos en casa de María Elena. Fuimos unas 24 niñas, algunas con sus pololos. Mis amigas no asistieron, pero sí otras con las que tenía buena onda. Estuvo entretenido: hubo buena música, a una de las cabras se le pasó la mano con la "chela" y otra, media mosquita muerta, andaba con un pololo que era un "minazo". Una se preguntaba: ¿cómo una tipa así consigue un bombón tan rico? Pero bueno, la suerte de la fea, la bonita la desea.

Así transcurrió el resto del año entre rifas, bingos y ventas de queques. También hubo muchas discusiones, pero a pesar de ser tan peleadoras, ¡a la hora de hacer desorden éramos un solo grupo! Como éramos coquetas, transformábamos la sala de clases en un salón de belleza: unas depilándose, otras en manicure, facial o alisándose el pelo. A media tarde, era sagrado ponerse los audífonos para escuchar al Chacotero Sentimental.

 

El final del camino

Finalmente, tras otra pelea fuerte, decidimos que, si íbamos de gira, cada grupo iría por su lado. Dividimos la plata recaudada según la participación y el apoyo de cada una en los eventos. Así, cada una se llevó su parte del dinero.

Llegó el fin de año, la graduación y la práctica. Decidimos que el último día de clases iríamos con ropa de calle y nos escaparíamos a media tarde. Ese día nadie se enoja: nos escribimos mensajes de despedida con lápiz pasta en las blusas, llenándonos de grafitos y saludos antes de fugarnos del liceo.

Éramos como veinte y nos fuimos juntas a tomar la micro. Llevábamos el dinero repartido y una de las chiquillas tenía una botella de ron. Llegamos al Parque O’Higgins, compramos cervezas, vino, vodka y cosas para picar. Celebramos haber terminado el 4° medio después de cuatro largos años.

Nuestra merecida "gira de estudios" terminó siendo ese momento juntas en el parque, tomando y hablando tonteras bajo el sol hasta quedar agotadas. Fue un cierre entretenido para tanto trabajo.



jueves, 8 de agosto de 2013

Frodo sin Sentido Hobbit

"Si por lo menos ese maldito mago lo dejara tranquilo, quizá el joven Frodo se enderezara, llegando a tener un poco de buen sentido hobbit"

La comunidad del anillo, pág. 65.