
De Raza hobbit amante de la comida de la paz de los árboles y del cielo azul cinéfila adoradora de todas las artes del dialogo constructivo, escribo porque es lo único que sé hacer y me da placer escribir al igual que me da placer comer y disfrutar de las cosas simples de la vida.
Vistas de página en total
domingo, 24 de marzo de 2013
Torta del Rey Elfo

miércoles, 6 de marzo de 2013
El Pasajero
Salí
de clases tarde, pasadas las 19:30. Iba con mi amiga Kathy conversando de
cualquier cosa mientras caminábamos hacia el paradero. El bus llegó enseguida y
subimos; estaba atestado, una masa de gente moviéndose al ritmo de los
frenazos. Avanzamos hacia la parte posterior para encontrar un poco de espacio.
Un par de cuadras más adelante, se subieron varios pasajeros y uno de ellos se
abrió paso hacia donde estábamos nosotras.
Era un hombre trigueño, de unos 30 años, con el cabello ondulado cayéndole hasta los hombros. Pero fueron sus ojos los que me detuvieron el corazón: verdes, profundos, penetrantes.
Nuestras
miradas se anclaron. Fue algo instantáneo, hipnotizante e intenso. Nos quedamos
fijos, como si quisiéramos leernos el pensamiento en medio del caos. El resto
de los pasajeros, el ruido del motor y los gritos de la calle desaparecieron;
solo existíamos nosotros dos, perdidos el uno en el otro. Sentí una descarga
eléctrica que me recorrió la columna, obligándome a bajar la vista por un
segundo para recuperar el aliento, pero el imán fue más fuerte y volvimos a
encontrarnos. Nuestras miradas estaban llenas de un fuego que hizo arder mi
mente.
Kathy
seguía hablando a mi lado, pero yo no escuchaba nada. Estaba en un estado
onírico, bajo un embrujo. Mi corazón latía cada vez más rápido, sentía que la
sangre me hervía y la piel se me erizaba solo con esa promesa silenciosa de
lujuria que él me enviaba. Él se fue acercando poco a poco hasta quedar frente
a mí, invadiendo mi espacio personal. Sin decir palabra, sacó un lápiz y un
papel de su bolsillo, anotó algo y tocó el timbre. Antes de bajar, me entregó
el papelito con un roce de dedos que me quemó.
—¡Chao, que estés bien! —dijo con una voz que terminó de derretirme.
Me
bajé en la cuadra siguiente, aunque no era mi paradero. Necesitaba aire, o
quizás, necesitaba seguirlo. Tomé mi celular y marqué el número del papel.
—¡Hola! Soy Isabel, tu "amiga" del bus...
Él estaba a solo media cuadra. Se detuvo,
cruzó la calle y, sin mediar palabra, me saludó con un beso fogoso que me dejó
sin aliento. Caminamos casi en trance hasta el Parque Forestal, buscando la
complicidad de las sombras bajo los árboles. Nos sentamos en el césped y nos
besamos con una locura acumulada. Sus manos comenzaron a subir por mis rodillas
hasta mis muslos, firmes y decididas.
De un tirón bajó mi falda, dejando mi
barriga expuesta al aire fresco de la noche mientras él la cubría de besos y
jugaba con mi ombligo. Luego, su mano se deslizó bajo mi ropa interior,
acariciando mi monte de Venus con una destreza que me hizo humedecerme al
instante. Sus dedos rozaron mi clítoris y me estremecí entera. Con un
movimiento ágil, retiró mi ropa interior y la dejó sobre el pasto.
Me abrió las piernas y comenzó a lamerme
con una suavidad tortuosa. Sentir su lengua húmeda y caliente en mi intimidad
jugosa, moviéndose con ritmo experto, me provocó un orgasmo explosivo que me
hizo arquear la espalda contra la tierra.
Él
se bajó los pantalones y pude notar su miembro: erecto, duro, imponente. Lo
tomé con mis manos, explorando su calor antes de lamerlo con locura. Luego, lo
empujé suavemente hacia el suelo y me subí sobre él. Comencé a mover mis
caderas en círculos salvajes, cabalgándolo bajo la protección de los árboles.
Sentí varios orgasmos majestuosos que me arrancaron gritos de placer, envuelta
en ese manto de locura urbana.
Mientras
yo gritaba, él me tomó por las caderas y me derribó de nuevo al suelo. Abrió
mis piernas con una urgencia violenta y me penetró con fuerza, jadeando con una
intensidad que me hizo vibrar. Sus embestidas eran cada vez más rápidas, más
profundas. Yo gemía sin control, sintiendo cómo cada nervio de mi cuerpo
estallaba. Logramos acabar juntos, en un grito ensordecedor que se perdió entre
el follaje del parque.
Nos
quedamos así, pegaditos, compartiendo el sudor y los besos durante un largo
rato, mientras la ciudad seguía su curso a nuestro alrededor. Finalmente nos
vestimos y tomamos el bus a casa, pero algo había cambiado para siempre.
Ahora,
todas las tardes, el Parque Forestal es nuestro santuario.
