Me pregunto en el silencio de este deseo obscuro:
¿Cómo se sentirá el peso de tus manos sobre mi piel?
Ese roce masculino, firme y seguro,
dibujando en mi cuerpo la urgencia de tu sed.
No tienes idea de cuánto te he soñado,
de cómo he recreado en mi mente cada caricia,
buscando el rastro de un roce imaginado
que calme, por fin, esta dulce injusticia.
Solo deseo sentirte, poseerte en mi centro,
que seas tú quien apague este fuego inclemente;
que entres como un rayo en mis pensamientos
y devores el ansia que me quema la frente.
Cada vez que te miro, la sangre me hierve,
mis venas se funden en un cauce de lava,
y mientras mi piel ante tu sombra se rinde,
mi voluntad se quiebra, de tu fuego esclava.
Eres la chispa, el combustible y la llama,
el dueño absoluto de toda mi pasión.
Y este volcán que en mi pecho proclama
solo encuentra en tus manos su redención.
Ven a recorrer mi piel ardorosa,
que mi tacto te busca con hambre de ti;
apaga esta hoguera, febril y ansiosa,
y húndete en el caos que provocas en mí.