
Es
como un sueño amargo: un sueño en el que solo tú y yo podíamos estar, pero
alejados es como se nos va la vida. Día a día, y a cada instante, transitamos
por un camino que cada vez se hace más distante; un camino que se enfila por
senderos pedregosos, obscuros, llenos de sombras que no dejan de molestar y un
frío que, como saetas venenosas, te roe los huesos. Esos mismos huesos que
crujen a cada amanecer, me recuerdan que alguna vez este cuerpo y esta alma no
tenían frío, porque estaban junto a tu cuerpo: cálido, plácido, enloquecido de
placer y de locuras interminables.
Esas
mismas locuras que hoy se van. Ni siquiera queda el sabor de tu piel; se fueron
los aromas. Se marcharon en el preciso momento en el que abriste la ventana y
desapareciste, como las hojas que el viento se llevó en el otoño que acaeció.
Así mismo se fue todo lo que había entre nosotros: sin más ni más, el viento
borró hasta el último recodo de nuestra historia. Y hoy, solo trato de avanzar
por este fantasmal camino, helado y lleno de soledad.
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