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viernes, 15 de mayo de 2026

El Baile de Blancanieves

Era viernes por la noche. La cena había estado buena; Elisa y Antonio estaban sentados en el living conversando. Antonio puso música, una playlist que Elisa adoraba: Rammstein. Comenzó a sonar Sonne y Elisa le puso pausa un instante.

—Espérame aquí, vuelvo enseguida —dijo con una voz juguetona.

Se fue a su dormitorio y buscó una bolsa: un vestido que había comprado y que encontró adecuado para esta ocasión. El vestido que Elisa se colocó era uno de Blancanieves; se puso una cinta roja en el pelo y se pintó los labios con un labial carmesí que adoraba.

—Tápate los ojos, Toño.

—¡Está bien! —respondió él, expectante al juego de Elisa.

Ella le puso play a la canción y le gritó: —¡Ya, abre los ojos!

 

Eins, hier kommt die Sonne

Zwei, hier kommt die Sonne

Drei, hier kommt die Sonne

Ella bailaba con una sensualidad inusitada; bailaba para él, siendo la estrella más brillante esa noche. Antonio, sentado en el medio del sillón, la veía moverse con los ojos encendidos. Su sol se veía endiabladamente hermosa en ese traje de Blancanieves, moviéndose al ritmo industrial.

Mientras bailaba, ella le calzó al cuello un collar de cuero que tenía un anillo del cual colgaba una larga cadena. Él, embobado por sus movimientos y sus curvas, no podía articular palabra alguna; estaba extasiado por la imagen de su musa.

Die Sonne scheint mir aus den Händen

Kann verbrennen, kann euch blenden

Wenn sie aus den Falten bricht

Elisa tomó la cadena por el extremo y se fue acercando poco a poco con movimientos sinuosos. Quedó a solo un metro frente a él y seguía bailando.

Fünf, hier kommt die Sonne

Sechs, hier kommt die Sonne

Sieben, sie ist der hellste Stern von allen

Se acercó a él y lo besó con pasión encendida. Lo llevó encadenado a la habitación y, con una fuerza que venía de lo más profundo, lo tiró a la cama. Con una experticia maestra, le quitó la polera haciéndola girones que cayeron al suelo. Le sacó los pantalones y lo dejó solo en ropa interior, tendido, mientras ella seguía su danza.

La canción cambió a Weisses Fleisch.

Du auf dem Schulhof, ich zum Töten bereit

Und keiner hier weiß von meiner Einsamkeit

Rote Striemen auf weißer Haut

Lentamente, comenzó a despojarse del vestido de Blancanieves jugando con una manzana roja que tenía en las manos. Elisa era una mujer voluptuosa; disfrutaba de sus curvas y de su sensualidad, estaba feliz en su piel. Él tampoco era un Adonis; era un hombre robusto, fuerte, y un poco panzón, un hombre que adoraba a su Blancanieves. Ella lanzó el vestido al suelo.

Jetzt hast du Angst und ich bin soweit

Mein schwarzes Blut versaut dir das Kleid

Dein weißes Fleisch erregt mich so

Ich bin doch nur ein Gigolo

Ella seguía moviéndose mientras él la miraba embelesado. Jugaba con la manzana roja como si fuera el fruto prohibido. De pronto, cambió el ritmo y se desabrochó el sostén, dejando sus pechos libres al compás de la música. Se los lanzó a la cara a Toño, su fiel amante, y en un segundo se quitó los calzones para restregárselos por el rostro; él inhaló su aroma íntimo como un regalo sagrado.

Ich bin der Reiter, du bist das Ross

Ich steige auf, wir reiten los

En un instante lo despojó de su bóxer y, al ver su erección potente, se lanzó a libarlo con pasión desenfrenada. Luego se montó con decisión fogosa sobre él, en un acto de posesión absoluta, reclamando ese cuerpo que le pertenecía por derecho propio. Empezó a sonar Rein Raus.

—Rein, raus... Rein, raus...Rein, raus…

La Blancanieves cabalgaba sobre él con fuerza, sin pudor ni recato, en un acto lleno de lujuria ardiente. Ella cabalgaba sobre su propio Till Lindemann.

Ich bin el Reiter, du bist das Ross

Ich hab den Schlüssel, du hast das Schloss

Toño la tomó por las caderas y la acostó. Le abrió las piernas con ardor y se montó sobre ella. Con toda su energía y vigor la penetró; primero suave y luego con una potencia arrolladora. La música cambió a ¡Te quiero Puta!

¡Vamos, vamos mi amor!

Me gusta mucho tu sabor

No, no, no, no tu corazón

Mucho, mucho tu limón

Toño se movía con más fuerza en cada estocada; cada embestida era un acto de posesión obscena y lasciva. Ella ya no gemía, solo gritaba y sollozaba con sonidos que provenían de sus entrañas.

—¡Sigue así! ¡Más fuerte! —se escuchaba entre los gritos.

Antonio, excitado al máximo, la volteó y la puso en cuatro. Sin compasión, la embistió con todo su vigor; ella aullaba como animal en celo.

¡Ay que rico! ¡Un, dos, tres!

Sí, te deseo otra vez

Pero no, no, no tu corazón

Más, más, más de tu limón

Antonio llegó al orgasmo mientras ella, en una marea infinita, no dejaba de gemir. Él cayó agotado sobre su cuerpo y luego se acomodó a su lado. Se besaron con ardor, mirándose a los ojos, con los corazones aún agitados. Se quedaron así, abrazados, mientras la música pasaba a ser un ruido de fondo inaudible ante la pasión desbordada de dos amantes que lograron el éxtasis. Eran, tal como son, dos cuerpos perfectos para la lujuria y la pasión obscena.

lunes, 11 de mayo de 2026

Amor Platónico

 Este amor platónico, más que una agonía,

ha sido una bendición.

Si bien yo no quería amarte,

me enamoré de ti así, sin buscarlo

y sin quererlo.

 

De repente, tu mirada chocó con la mía

y me hiciste sentir algo que creí

que jamás volvería a habitarme.

Yo no quería sentir nada por nadie;

creí imposible recuperar esa emoción,

esa sensación maravillosa de  

mariposas en el estómago.

 

Ahora, cada vez que te veo, me siento

como una quinceañera que vuela

envuelta en fantasías de mundos mágicos,

lejanos y obscuros.

No te reprocho que no sientas lo mismo que yo;

solo agradezco al cielo volver a sentir

la vida dentro de mí.

 

Desearía que volaras conmigo

en este mundo de fantasía,

donde solo los enamorados pueden llegar.

Desearía sentirte en mi piel

y que este amor deje de ser un sueño

para volverse una realidad tangible.

 

Yo no quise enamorarme, solo sucedió:

tu mirada de fuego se adentró en mi alma

y hoy el amor late dentro de mí.

 

Quisiera gritarle al mundo que me enamoré,

gritarles a todos que vivo en un estado onírico.

 

Quisiera sentarme bajo la lluvia

y desear que cada gota fueran tus caricias,

hasta quedar, por fin, empapada de ti.

sábado, 2 de mayo de 2026

Ofrenda de Piel y Deseo

Recuerdo cuando recorría tu cuerpo desnudo, cálido, ardiente y suave, con mis manos que se perdían en cada recodo de tu ser. Aún puedo recordar tu suavidad, tu piel clara, casi transparente, y esos hilos de azul turquesa que se entrelazan. Parecía que no solo acariciaba tu piel, sino también el mapa de tus venas latiendo, encendidas al rojo vivo por el deseo; esa sangre caliente cuyo caudal podía sentir, bebiendo su calor con mis manos y mi lengua.

Cuando comenzaba a desnudarte estabas frío, con el rostro lívido, pero a medida que transcurrían los segundos te volvías más y más ardiente, apasionado, sensual y salvaje. Después de quitarte toda la ropa para seguir explorando tu cuerpo con mis manos atrevidas, continué el recorrido con mi lengua experta. Mi boca sentía el dulce y adictivo sabor de tu piel sedosa y salina. No hay cosa más placentera en este mundo que saborear tu piel y tu olor a almizcle; eres un hombre totalmente delicioso, exquisito, excitante. Tu aroma eleva mis sentidos al máximo y tu sabor en mi boca es un placer divino, majestuoso y alucinante.

Pasar mi lengua por tu espalda —robusta, suave y fuerte— y hacerte erizar como un gato es una dádiva de los dioses del Olimpo. Recorrer cada milímetro de tu piel es lo más sensual, delicado y salvaje que he realizado. Me sentía como si estuviera plasmando el deseo sobre tu cuerpo, haciendo de cada centímetro de tu piel un lienzo donde el placer cobra forma y explora las zonas más profundas; repasaba los detalles más íntimos y ardientes de mi obra con mi lengua encendida, trazando un camino de fuego. Tocar tu piel, suave como la seda china y adornada con pecas que parecían salpicaduras cálidas del deseo, me hace estremecer. Me gustaba bajar suavemente hasta tus muslos, besarme y perderme ahí, entre tus intimidades y en tu sexo expectante, bebiendo tu virilidad. Eso era algo grandioso: besarte, libarte, lamerte, succionarte todo.

Qué excitante era tener todo tu sexo palpitante, duro, suave y ardiente dentro de mi boca, mientras mis dedos exploraban tu zona posterior. Hacerte llegar al clímax dentro de mi boca y recibir todo el torrente de tu cuerpo, saborearlo y devorarte como una ofrenda sagrada, era lujurioso, obsceno y fascinante.

Quedó grabado en mi mente el rostro que proyectaba tu placer más absoluto. Ver esa expresión llena de éxtasis era maravilloso, ver cómo disfrutabas cada vez que estabas dentro de mi cuerpo, uniendo nuestro sudor y nuestro fuego en un solo ser. Una imagen cargada de sensualidad y erotismo salvaje, llena de locura y lascivia. Tu rostro era lo más excitante: ver y sentir cómo disfrutabas de nuestros encuentros me hacía sentir un placer enorme e indescriptible. Sentir tu cuerpo junto al mío, nuestras pieles frotándose y nuestros aromas fusionándose, me hacía sentir calidez. Como una gata buscando calor, deseando quedar impregnada en ti, me hacías sentir mujer, sin un límite que separara nuestros cuerpos, fundidos en uno solo.

Cómo quisiera que tu olor aún estuviera impregnado en mi piel, como un embrujo gitano que nadie pueda quitar, un rastro de sudor y deseo que se queda en el aire; sería una delicia.

Las huellas de tu piel siguen en la mía, y aún recuerdo nuestras eternas horas de pasión y lujuria. Esas horas obscenas que no volverán, pero el recuerdo de tu sexo palpitante y duro, caliente y vigoroso dentro de mí, no lo olvidaré jamás.