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lunes, 30 de mayo de 2011

El día que los Dragones emigraron del Este.



Cuando el dragón descendió hacia el río para beber agua fresca, notó de inmediato que la corriente bajaba turbia. Los peces, angustiados, le contaron que alguien había arrojado desechos al cauce, contaminándolo todo. Sentenciaron, además, que partirían hacia otro brazo del río, ¡donde el agua aún fuera pura! Así, los peces, las aves, el dragón y todos los habitantes del valle emprendieron el camino hacia el otro lado de la montaña, buscando el refugio del folde oeste.

 

Poco a poco, la zona Este se convirtió en un lugar obscuro, lúgubre y deshabitado. Solo quedaron allí bestias horribles que es mejor no mencionar; el aire se volvió fétido, el río se quedó sin peces y las cuevas, sin dragones. Ya no había nada, salvo soledad, tristeza y el rastro de los desperdicios que lo asfixiaban todo.

 

La pregunta que todos se hacían era: ¿Quién ensucio el río? ¿Por qué lo hicieron?

 

Nadie tenía una respuesta clara, pero en el pueblo se decía que los culpables eran los dueños de una mina que habían llegado desde el norte en busca de oro. ¡Habían contaminado la vida misma por ambición! La gente comenzó a cuestionarse: «¿Es necesario que tengamos tantas joyas? ¿Vale más el oro que los peces que nos alimentan? ¿Vale más que el vuelo de los dragones que adornan nuestros cielos?».

 

—¡Queremos nuestros peces! ¡Queremos nuestros dragones! —gritaba la multitud—. ¡Fuera las minas! ¡Queremos nuestra agua! ¡Váyanse y dejen el oro!

 

A pesar de las protestas diarias, la situación en el pueblo empeoraba. Finalmente, el Consejo de Ancianos decidió que su gente también debía marchar; no era posible sobrevivir sin agua limpia, sin aire puro y sin la magia de los dragones.

 

Pasó el tiempo y aquellos que se quedaron se llenaron de oro, cobre y plata, pero heredaron un valle marchito. El Este se quedó sin agua para beber y sin alimento que recolectar. La gente ya no tenía aire para respirar y los dragones, heridos en su orgullo, decidieron no regresar jamás.

 

¿Valdrá la pena el cobre, el oro y la plata a cambio de la desolación del folde este? Es una pregunta que muchos, todavía hoy, se siguen haciendo.

1 comentario:

  1. Es triste como vemos que día a día hipotecan nuestras tierras y nuestro porvenir, y seguimos acá, sin hacer nada al respecto.

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