Cuando el dragón
descendió hacia el río para beber agua fresca, notó de inmediato que la
corriente bajaba turbia. Los peces, angustiados, le contaron que alguien había
arrojado desechos al cauce, contaminándolo todo. Sentenciaron, además, que
partirían hacia otro brazo del río, ¡donde el agua aún fuera pura! Así, los
peces, las aves, el dragón y todos los habitantes del valle emprendieron el
camino hacia el otro lado de la montaña, buscando el refugio del folde oeste.
La pregunta que todos
se hacían era: ¿Quién ensucio el río? ¿Por qué lo hicieron?
Nadie tenía una
respuesta clara, pero en el pueblo se decía que los culpables eran los dueños
de una mina que habían llegado desde el norte en busca de oro. ¡Habían
contaminado la vida misma por ambición! La gente comenzó a cuestionarse: «¿Es
necesario que tengamos tantas joyas? ¿Vale más el oro que los peces que nos
alimentan? ¿Vale más que el vuelo de los dragones que adornan nuestros
cielos?».
—¡Queremos nuestros
peces! ¡Queremos nuestros dragones! —gritaba la multitud—. ¡Fuera las minas!
¡Queremos nuestra agua! ¡Váyanse y dejen el oro!
A pesar de las
protestas diarias, la situación en el pueblo empeoraba. Finalmente, el Consejo
de Ancianos decidió que su gente también debía marchar; no era posible
sobrevivir sin agua limpia, sin aire puro y sin la magia de los dragones.
Pasó el tiempo y
aquellos que se quedaron se llenaron de oro, cobre y plata, pero heredaron un
valle marchito. El Este se quedó sin agua para beber y sin alimento que
recolectar. La gente ya no tenía aire para respirar y los dragones, heridos en
su orgullo, decidieron no regresar jamás.
¿Valdrá la pena el
cobre, el oro y la plata a cambio de la desolación del folde este? Es una
pregunta que muchos, todavía hoy, se siguen haciendo.

Es triste como vemos que día a día hipotecan nuestras tierras y nuestro porvenir, y seguimos acá, sin hacer nada al respecto.
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