Me encontraba
sentada a la orilla del mar, en el Reino de las Hadas, más conocido por los
viajeros como el «Reino Peligroso». Es un lugar fascinante donde conviven
personajes de las más diversas especies.
Estaba allí,
simplemente contemplando el ocaso. Era un atardecer bellísimo, aparentemente
tranquilo, hasta que divisé algo maravilloso a lo lejos. Un ser volaba con las
alas extendidas en todo su esplendor; me llamó la atención porque brillaba de
forma centellante, con un matiz que mutaba del dorado al plateado. Parecía
portar una armadura de oro o de plata bajo el sol poniente.
Al acercarse,
me di cuenta de que se trataba de un dragón blanco que vestía una cota de
malla. Era una pieza exquisita, similar a las que forjan los enanos, pero no
solo de plata, sino tejida con finos hilos de oro. Fue majestuoso verlo planear
justo arriba de mí antes de descender. Bajó la velocidad, aterrizó con una
suavidad asombrosa y se sentó a mi lado.
Le pregunté su
nombre.
—Me llamo
Smaug —respondió—, como el dragón que mató Bilbo Bolsón. Mis padres eligieron
ese nombre porque aquel Smaug fue un dragón de muchas historias, pero no te
asustes: yo soy un dragón bueno, nada que ver con el malvado de los libros.
Me confesó que
su pasatiempo preferido era volar durante el crepúsculo, justo cuando el cielo
se vuelve obscuro y profundo, porque así puede divisar toda la costa y la
inmensidad del mar. Después, suele viajar a la Luna para charlar con el Hombre
de la Luna mientras fuman un poco de tabaco. Antes del amanecer, regresa a la
playa para encontrarse con magos y sirenas en sus celebraciones. Le encantan
las fiestas, el Rey del Mar le parece un personaje divertidísimo y disfruta de
la compañía de los seres mágicos.
—La vida aquí
en el Reino de las Hadas es muy entretenida —continuó—. Siempre hay algo que
celebrar. También llega mucha gente desconocida de otros mundos que aparece
perdida; ellos me piden consejos sobre cómo comportarse en este lugar tan
especial. Si no sabes qué hacer, puedes cometer errores que terminen lastimando
a los demás. Por eso, me han encargado la tarea de guiar a todos los
visitantes.
Smaug admitió
que es un trabajo que le agrada, pues siempre ocurren situaciones jocosas que
lo hacen reír.
—Pero lo que
más me gusta —añadió relamiéndose— son los banquetes que ofrecen las sirenas a
la orilla del mar antes del alba. Son verdaderos manjares «para chuparse los
bigotes». Solo la semana pasada tuvimos cuatro fiestas. Aquí siempre hay
motivos para brindar. Después nos vamos todos a dormir y no nos levantamos
antes de las dos de la tarde.
A pesar de la
diversión, también hay mucho trabajo. Me contó que lidiar con el Rey del Mar y
sus hijas no siempre es fácil, y que el Hombre de la Luna tiene un carácter
bastante agrio. Su mayor desafío son las visitas inesperadas: debe guiarlas
para que no reciban un castigo de muchos años ayudando al gruñón señor de la
Luna. Con la ayuda de los magos, Smaug los saca a escondidas y arregla los
entuertos para devolverlos a sus hogares sanos y salvos.
—Pero cuando
no tengo nada urgente —concluyó con un suspiro de satisfacción—, me gusta volar
por la inmensidad del crepúsculo, batir mis alas bajo los últimos rayos de sol
y sentir la libertad. Sentir el aire fresco en mis narices mientras espero la
noche para visitar a mi amigo el lunar... Y tú, ¿por qué estás aquí en la
playa?
Lo miré y
sonreí.
—Yo solo
contemplo lo hermoso que se ve el cielo en el ocaso, cuando los dragones vuelan
en todo su esplendor y en libertad.

Me gusta .. me gusta mucho!!!.. a mi edad creo en las hadas!! las amo.... en todo lo encantado , lo que esta lleno de magia ( florencia_vic)
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