Vías sin rumbo,
caminantes sin camino
que van de un lado
a otro buscando su destino;
buscando el
sentido de sus pasos,
pasos vacilantes
que, aun así, te llevan hacia adelante.
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Una ciudad sin
salida que te muestra una herida;
esa que se hizo a
sí misma en el momento
en que no dejó a la gente transitar tranquila.
Tránsitos
cortados, concertados por vías sin salida;
porque cada ruta
te llevaba a un interminable
pasadizo que se
convierte en laberinto.
Ese laberinto que
te mostraba lo que no querías ver...
lo que no querías
sentir.
Y hoy estás aquí,
experimentando
ese sentimiento
del que huías. Aquí,
empapada de una ciudad llena de ruidos y de
rencores,
te das cuenta de
que la única salida a toda
esta maraña de
callejuelas enredadas
es la luz que
irradia de tu amor.
Porque solo tú y
tu luz son los que pueden iluminar
estos obscuros
caminos.
Caminos forjados
como telas de araña,
para atrapar y envolver a los caminantes
que solo buscan
escapar de la realidad, del amor...
Porque el amor y
la luz van unidos,
y estos laberintos
solo atrapan a los que escapan;
a los que en un minuto solo quisieron huir,
porque el miedo
los paralizó
o porque el
sufrimiento los despedazó.
Pero estamos de
vuelta aquí,
por los caminos de
la vida.
Esos senderos
laberínticos que se nos
presentan de
frente,
ante nuestros
ojos,
para que nos demos
cuenta de que,
a pesar de todo lo
vivido, aún estamos aquí.
Y mientras sigamos
por esta senda llamada vida,
seguirá existiendo
la esperanza de tomar
el camino
correcto: el que nos lleve a la paz,
el que nos lleve
al amor y a la felicidad.

Bonito poema...
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