Me encantaba subirme a la micro porque nunca sabía con qué me iba a encontrar. Creo que las "amarillas" eran el corazón del folclore de Santiago; cada máquina era un universo aparte.
Era un espectáculo visual. Algunas parecían
discotecas con sus luces estroboscópicas de colores y espejos; otras,
auténticos museos de Pop Art. Había máquinas tan cargadas de colgajos y
fetiches que resultaba hipnótico: desde zapatos de guagua colgando del
retrovisor hasta fotos de rockeros y santos conviviendo en el tablero.
Era sinceramente entretenido llevar a un
provinciano a dar vueltas por la ciudad. El viaje estaba lleno de sobresaltos y
eventos que solo podían ocurrir aquí, en ese Santiago obscuro y vibrante que ya
se fue.
¡Ah, ese Santiago que no volverá! Ese viaje
nostálgico donde, de pronto, las luces se apagaron y el bus se perdió en la
distancia.
Yo echo de menos la micro amarilla ( llamada "pinguina" ) de la UACH Valdivia. Nos traslado muuuchos años.... la pinguina murio quemada hace unas semanas. Mal final para hermosos recuerdos.
ResponderEliminarEcho de menos las 'tiburón', que iban como a las 5 de la mañana, y parecían discoteques.
ResponderEliminarGran post, y además breve, lo que es doble mérito. Solo quisiera aportar que lo que señalas como añoranzas, era aún más fuerte y recurrente antes de que llegaran las micros amarillas. En efecto, antes de ellas, cada recorrido tenía su propio diseño de colores y, además del número (única diferenciación en la época de las amarillas), tenían nombres (Bilbao-Lo Franco; Canal San Carlos; Matadero Palma; Pila Cementerio, etc., etc.) Y dentro de ellas, todo pasando, igual que en las amarillas. Felicitaciones de nuevo.
ResponderEliminar@huverr
Yo usaba siempre la canal San Carlos , lo bueno es que habian micros toda la noche , se extraña mucho las amarillas
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