Cerca del mediodía, el teléfono vibró en mi escritorio. Era él: mi ginecólogo. Nos habíamos conocido por azar en un café de Providencia; un hombre guapo, de esos que exudan una sensualidad natural que te hace enganchar al instante. Me llamaba para decirme que terminaría su jornada a las 19:00 y que quería darme una cita privada, fuera de su horario habitual.
—Allí estaré —respondí, sintiendo un
cosquilleo inmediato.
Pasé la tarde con una anticipación
eléctrica. Para la ocasión, elegí un pantalón entallado, tacones altos y una
blusa verde que resaltaba mi piel, pero el verdadero secreto iba debajo:
lencería negra, sugerente, con medias de liga que abrazaban mis muslos.
Al salir de la oficina, tomé un taxi hacia
Providencia. Aproveché el trayecto para retocar mi labial y rociarme con mi
fragancia dulce favorita, dejando que el aroma me envolviera. Antes de llegar,
compré un paquete de galletas en forma de corazón, un pequeño detalle para el
juego que estaba por comenzar.
Toqué el timbre de la consulta. Cuando él
abrió, me encontró allí con una mirada cargada de intención y una galleta entre
los labios. Sin decir palabra, lo miré a esos ojos verdes hipnóticos y, con un
beso audaz, le pasé la galleta a su boca. La pasión estalló al instante.
Cerramos la puerta con llave y entramos en su privado, dejando el mundo
exterior atrás.
Él se sentó en su sillón de cuero y yo,
poseída por una urgencia deliciosa, le bajé los pantalones de un tirón. Me
arrodillé a sus pies, entregada a la tarea de adorar su sexo. Sentir su miembro
erecto y fuerte dentro de mi boca, mientras esperaba el momento de saborear su
elixir, era simplemente exquisito.
Mientras lo complacía, él me tomó del
cabello con firmeza, guiando mi ritmo. La temperatura de la habitación subió de
golpe. Entre caricias urgentes, me despojó de la ropa y me guio hacia la
camilla ginecológica. Hay que reconocerlo: esas camillas son el escenario
perfecto para el placer; la posición en la que te dejan es de una
vulnerabilidad excitante
Acomodó mis piernas a cada lado,
exponiéndome por completo ante su mirada profesional convertida en puro deseo.
Comenzó a jugar con mi clítoris antes de penetrarme con su lengua. Fue una
descarga eléctrica. Me hizo estallar en un orgasmo frenético, gritando de
locura mientras su lengua trabajaba con una precisión quirúrgica.
Sin darme respiro, se montó sobre mí.
Sentir cómo su pene entraba en mi cuerpo fue una sensación de plenitud
absoluta. Se movía con un ritmo suave, casi hipnótico, mientras yo gemía su
nombre una y otra vez. Sus manos buscaban mis pechos, acariciando mis pezones
endurecidos, provocando escalofríos que recorrían toda mi columna. Tener toda
su humanidad fundida con la mía, su calidez y su suavidad, era un deleite que
me hacía enloquecer.
Pero yo quería más. Necesitaba el control.
—Bájate... quiero estar arriba —le pedí con la respiración entrecortada.
Me puse sobre él, cabalgando con
movimientos de cadera armoniosos y profundos, sintiendo cómo cada embestida me
acercaba a un nuevo orgasmo candente. Cuando estallé de nuevo, me deslicé hacia
abajo para volver a saborearlo.
Lo lamí y lo succioné con una devoción casi
religiosa, recorriendo su miembro erecto con la punta de la lengua. En medio de
ese frenesí, sentí la inyección de su semen, viscoso y ardiente, directo en mi
lengua. Fue una explosión de calor. Me lo bebí todo, disfrutando de cada gota
de su esencia mientras él soltaba un grito intenso de liberación. El sabor, el
calor, la entrega total... fue fantástico.
Nos quedamos un largo rato allí, desnudos
sobre la camilla, besándonos mientras el pulso regresaba a la normalidad.
Finalmente, nos vestimos en silencio, compartiendo sonrisas cómplices. Antes de
salir, lo miré con picardía y le susurré:
—Doctor, muy pronto tendré que pedir otra
hora para que me repita el mismo tratamiento.

aplausos!!!
ResponderEliminarBuenísimo, eres seca!
ResponderEliminarSin condón?
ResponderEliminarAunque sea cuento,no?
Súper , fantástico, escribes muy bien.
ResponderEliminarChapeau!!!
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