La oficina del arquitecto Don Ricardo era
un templo de la disciplina. Madera oscura, planos extendidos bajo luz fría, y
una gran ventana con vistas a la ciudad que él había ayudado a moldear. Pero
para mí, el verdadero punto focal era él.
Ricardo, diez años mi superior, era el
equilibrio perfecto entre la experiencia y la vitalidad. Su cabello gris
salpicado en las sienes, sus manos fuertes que diseñaban estructuras complejas,
y esa mirada profunda. Una mirada que yo conocía bien: una mezcla de anhelo y
cautela.
Hace tres meses, durante la cena anual de
la firma, la tensión se había vuelto insostenible. Con el vino corriendo y el
valor artificialmente alto, lo abordé en el balcón. Fui directa, mi voz
temblando apenas.
—Ricardo,
no puedo más. Sé que lo sientes. Yo estoy enamorada de ti.
Se quedó paralizado. Recuerdo el silencio,
el sonido distante del tráfico. Sus ojos me estudiaron con una intensidad que
casi me quema, sus pupilas dilatadas por una mezcla de miedo y deseo. Nunca
respondió con palabras. Solo desvió la mirada, respiró hondo, y se disculpó con
un murmullo sobre una llamada importante. Se fue.
Desde entonces, la dinámica era una tortura
deliciosa. En las reuniones, discutíamos presupuestos, pero nuestros ojos se
devoraban en secreto, el coqueteo silencioso era nuestro único idioma. Él me
pasaba documentos y sus dedos se demoraban en los míos. Yo le presentaba ideas,
y él se inclinaba demasiado cerca, dejando que el aroma a vetiver de su camisa
se grabara en mi memoria. Sabíamos lo que queríamos, pero él, por algún código
interno de decoro o miedo, se negaba a dar el paso.
Esta mañana era diferente. El aire estaba cargado de una humedad pesada que presagiaba una tormenta, reflejando el ambiente en su despacho. Me había llamado para revisar un conjunto de planos urgentes. Me senté frente a su escritorio, y noté que su mandíbula estaba tensa. Sus ojos no se posaban en los planos, sino en mí.
—El problema, Camila —empezó, su voz apenas
un rasguño—, es que si movemos esta sección...
Se inclinó sobre el plano que estaba entre
nosotros. Yo también me incliné. Nuestros rostros estaban a centímetros. Olía a
peligro, a hombre, a deseo. La formalidad se hizo añicos.
—El problema, Ricardo —corregí en un
susurro—, es que esta sección no es la que necesita ser movida.
Mi mano, sin pensarlo, se posó en su brazo.
Sentí la dureza de su bíceps bajo la tela fina de su traje. Fue el toque de
gracia.
Un gruñido profundo, contenido, escapó de
su garganta. En un movimiento rápido que desmentía su edad, se levantó de la
silla, me rodeó el escritorio y me levantó de la mía, empujándome contra la
pared de estanterías repletas de libros de arquitectura.
Sus ojos, fieros y encendidos, se clavaron
en los míos.
—Maldita sea, Camila —siseó, su aliento
caliente en mi boca—. ¿Cómo esperas que trabaje contigo? Lo he intentado. Pero
me tienes...
No terminó la frase. Su boca se estrelló
contra la mía en un beso salvaje, urgente, posesivo. Era la respuesta, tres
meses tarde, pero mil veces más potente de lo que habría imaginado. Sus manos
fuertes viajaron por mi cuerpo, apretando mi cintura con una necesidad que me
hizo jadear. El deseo que había mantenido oculto se liberó con una ferocidad
que me hizo temblar.
Me desabrochó la falda del traje con dedos
temblorosos, pero resueltos. La tela cayó al suelo. Él la ignoró. Sus manos
subieron bajo mi blusa, desenganchando mi sujetador en un movimiento experto.
Me obligó a arquear la espalda cuando se apoderó de mis pechos, succionando y
mordiendo con un ardor que me hizo gritar.
—Me estás volviendo loco —murmuraba entre besos que iban de mi cuello a mi pecho, mientras su mano ya se había colado bajo mis bragas.
Su tacto era firme y sin inhibiciones. Me
poseyó con los dedos, buscando mi punto más sensible, explorándolo con una
urgencia que no me dio tregua. Yo gemía sin control, mis manos en su cabello,
sintiendo el calor de su erección pulsando contra la tela de su pantalón.
—Quiero ver si estás tan desesperada como
yo —jadeó.
Me alzó, sentándome bruscamente sobre el
escritorio, dispersando planos y lápices. Mis piernas se abrieron
instintivamente ante él. Se deshizo del pantalón y el bóxer con una rapidez
impaciente, revelando una dureza impresionante.
Mis ojos se fijaron en la vigorosidad de su
miembro: no era un hombre joven, pero era potente, grueso, vibrante. Me tomé un
segundo para adorarlo con la mirada antes de guiarlo a mi entrada.
Con un gruñido profundo, me penetró con
toda su extensión. Era un ardor delicioso, una plenitud absoluta que me hizo
aferrarme a él como a un ancla.
Sus embestidas fueron implacables,
poderosas. La edad no era más que un número ante el vigor desatado de su pasión
reprimida. Me penetraba con una cadencia experta, moviendo mis caderas contra
el borde del escritorio con una fuerza que me hacía jadear.
—¡Mírame, Camila! —exigió, y yo levanté la
cabeza, viendo el placer crudo y descontrolado reflejado en sus ojos miel—.
¡Eres mía!
La palabra, la posesión, la confesión total
en medio de la embestida me hizo explotar. Mi cuerpo se convulsionó en un
orgasmo violento, mis gritos amortiguados contra su hombro mientras sentían
cómo él empujaba una última vez, soltando su propia pasión dentro de mí con un
rugido primario.
Quedé enloquecida. Mi cuerpo vibraba, mi mente estaba en blanco. Me sostuvo, abrazado a mí, mientras nuestra respiración se calmaba. Miré los planos regados por el suelo, el desorden hermoso de nuestra confesión. Él me sonrió, una sonrisa de hombre saciado, de hombre libre.
—Lo siento, arquitecto —dije con la voz
ronca, acariciando su rostro—. Acabamos de destruir su oficina.
Me besó con una ternura profunda, una
promesa.
—No. Acabamos de construir algo mucho más
importante.

