jueves, 24 de septiembre de 2026

El péndulo.

 

Despiertas con frío, y con el sonido.

Tic.

No viene de ninguna parte. Está en la base de tu cráneo, como si alguien hubiera puesto un reloj dentro de tu cabeza mientras dormías.

No hay paredes, o no alcanzas a verlas. Solo un hilo de luz que cae desde una grieta y muestra el polvo quieto, y arriba, en una oscuridad que no termina, algo grande que se mece.

Tac.

El aire se mueve sobre tu cara. Huele a metal viejo y a algo más, algo que reconoces sin querer: el olor de tu casa cuando llegabas de mal humor y todos se quedaban callados.

Un péndulo. Bronce gastado, un disco del ancho de una puerta, con el borde afilado de tanto esperar. Pasa frente a ti, lento, y no toca nada. Pero al pasar, alcanzas a ver que la superficie no está lisa. Tiene marcas, muchas, como rasguños hechos desde adentro.

Tic.

Das un paso atrás. Ganas un segundo.

Tac.

La sombra del disco te cruza los zapatos. Y entonces la oyes, bajito, debajo del vaivén: una voz de niña contando pasos en un pasillo. Uno, dos, tres. Contando para adivinar con qué cara vas a llegar.

Te tapas los oídos. No sirve. La voz viene de adentro.

Corres. Hacia el fondo, hacia donde imaginas que hay una puerta. Pero la oscuridad no tiene fondo, y cada vez que te das vuelta, el disco está ahí, exactamente a la misma distancia, oscilando sin apuro. No te persigue. No lo necesita.

Tic.

Más cerca.

Porque el péndulo no viene a buscarte. Solo recorre el mismo camino, una y otra vez, y el camino pasa por ti.

—No puedes huir de lo que tiene tu forma.

Lo dice una voz, o quizá es el bronce cortando el aire. Ya no importa. Te tiemblan las manos, y no es arrepentimiento. Nunca lo fue. Es el pánico de la rata que oye crujir la madera y comprende, demasiado tarde, que todo el edificio fue construido con lo que ella dejó atrás.

Tac.

Sientes el viento del filo en la mejilla. Ves, en el disco, tu propio rostro deformado, y detrás de él otros rostros, muchos, apretados contra el metal como contra un vidrio. Los reconoces a todos. Ninguno te mira con odio. Eso es lo peor. Te miran con la calma de quien por fin puede esperar sentado.

Tic.

Más cerca.

Intentas gritar y descubres que llevas años sin voz propia; que hablabas siempre en órdenes, y las órdenes no sirven aquí.

Tac.

Más cerca.

El arco ya no tiene espacio para dudas. El bronce te roza el pecho, y por primera vez lo sientes tibio, como si viniera cargado de todo lo que le diste.

Tic.

Cierras los ojos.

Tac.

Y en el silencio que queda, mucho después, oyes unos pasos en un pasillo. Lejos. Uno, dos, tres.

Alguien viene.

Y tú, sin que nadie te lo enseñe, ya sabes respirar bajito.

Qué cambié