Rex,
el pequeño perro cocker de pelaje blanco con manchas doradas, disfrutaba de la
calidez del sol. Aunque vivía con una familia humana en el Valle del Este, le
encantaba recorrer los campos en las mañanas despejadas. Aquel día, mientras
descansaba sobre el pasto, divisó a lo lejos la majestuosa silueta de un Grifo.
Al verlo acercarse, Rex comenzó a ladrar con entusiasmo, moviendo la cola con
alegría.
—¡Hola!
—saludó el Grifo al aterrizar—. Soy Sergei. Salí a despejarme y te encontré.
¿Quieres subir a mi lomo y volar conmigo?
Rex
se emocionó tanto que apenas podía contener sus saltos.
—¡Sí!
¡Claro que quiero! —exclamó.
Sergei
descendió y Rex trepó a su lomo. Volaron sobre los espesos bosques y los ríos
serpenteantes del valle. Desde las alturas, divisaron familias de unicornios,
ratoncitos y ardillas que jugaban entre las copas de los árboles. Rex ladraba
saludando a cada ave que se cruzaba en su camino; se sentía libre y feliz por
haber encontrado un amigo con quien compartir el cielo.
Sin
embargo, en pleno vuelo, una columna de humo negro manchó el horizonte.
—¡Fuego!
—gritó Sergei.
—En
esa parte siempre sale humo —explicó Rex con tristeza—. Un hechicero de alma
negra corta los árboles y los quema para realizar conjuros maléficos. Esos
hechizos están enfermando al bosque y a los ríos; los peces huyen por el mal
olor.
A
medida que se acercaban, un hedor putrefacto inundó el aire. Lo que antes era
una laguna cristalina se había convertido en una ciénaga obscura y sin vida.
Sergei, que amaba aquel humedal, sintió una rabia profunda.
—¡ESTO
ES INTOLERABLE! —bramó el Grifo—. ¡Ese hechicero lo pagará!
En
ese instante, el mago apareció entre la humareda.
—¡Fuera
de mis territorios! —les gritó con voz ronca—. ¡Lárguense ahora!
—¡Tú
no tienes derecho a echarnos, y menos a contaminar el agua! —replicó Sergei.
—¡Estos
son mis terrenos y hago lo que quiero! —contestó el hombre con arrogancia.
Ante
tal cinismo, Sergei decidió actuar. Voló de regreso al valle y se comunicó
telepáticamente con otros de su especie. En menos de diez minutos, una asamblea
de diez Grifos blancos y tres dragones —incluyendo a Angël, el gran dragón
rojo— se reunió para escuchar el relato. Todos coincidieron en que debían
intervenir de inmediato para salvar el ecosistema.
—Rex,
no puedo llevarte —le dijo Sergei con pesar—. Esta misión es muy peligrosa.
Rex
se entristeció, pero comprendió que sus amigos debían luchar. Regresó a su casa
cuando escuchó a su amo llamarlo, mientras los guardianes alados partían hacia
el norte.
Al
llegar, encontraron al brujo talando árboles de forma indiscriminada.
—¡Detén
esta destrucción, hechicero malvado! —exigieron los Grifos al unísono—. Solo
traes muerte y desolación.
—¡Yo
no recibo órdenes de bestias aladas! —respondió el mago con desprecio.
—Si
quieres guerra, guerra tendrás —sentenció Sergei.
El
Grifo se lanzó en picada y atrapó al hechicero con sus poderosas garras,
elevándolo por encima de las copas de los árboles.
—¡Suéltame,
maldita bestia! —gritaba el mago, aterrorizado.
—Tus
conjuros solo traen tristeza a los habitantes del valle. No permitiremos que
sigas destruyendo la vida —dijo Sergei con firmeza.
Sergei
decidió llevar al prisionero hacia un fuerte élfico conocido como la Perla
Negra. Los Elfos, que ya conocían las fechorías del mago obscuro, realizaron un
juicio inmediato en la fortaleza. Se decidió que el hechicero quedaría
prisionero, se le confiscó su varita y se envió un mensaje al Consejo de Magos
para decidir su destino final.
Mientras
tanto, los demás Grifos y los dragones se encargaron de limpiar el humedal,
apagando los incendios y derribando la cabaña del brujo. En ese mismo lugar,
plantaron nuevos árboles.
Con el paso del tiempo, la vida regresó al humedal. Las aves volvieron a anidar, los peces nadaron en aguas limpias y el bosque recuperó su verdor. Y, como cada mañana, Rex volvió a su colina para tomar el sol, esperando ver a su amigo Sergei para emprender un nuevo vuelo sobre un valle recuperado y sano.

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