Salí
de casa esa mañana con una certeza absoluta. No iba a esperar un segundo más;
fui directo a tu oficina a confesar lo que quemaba por dentro. Estaba decidida
a sacar cada pensamiento, a decirte que te deseo, que me gustas y que me moría
de ganas por devorarte los labios.
Dieron las 9:00 a.m. mientras caminaba hacia
tu despacho. Mi corazón latía a mil por hora, en una mezcla de incertidumbre y
una extraña incredulidad ante mi propia osadía. Pero me convencí de que era lo
mejor: el mundo se hizo para los valientes y yo iba armada de valor.
Llegué
a las 9:30. Con una seguridad que sorprendió incluso a tu secretaria, le dije
que necesitaba hablar contigo urgentemente. Me dejó pasar. Al entrar, te miré
fijamente y sentencié: —Escúchame un minuto. Necesito decirte algo.
Sin preámbulos, solté mi confesión: que me
gustas demasiado, que sueño con lamer cada centímetro de tu piel, besarte hasta
hacerte desfallecer y verte gemir de puro placer bajo mi control.
Te
quedaste mudo, sin saber cómo reaccionar ante mi honestidad brutal. Aproveché
tu asombro para acortar la distancia y besarte con una pasión contenida por
meses. Correspondiste de inmediato. Tus manos fuertes tomaron mis muslos,
acariciándolos con movimientos circulares que me hicieron vibrar. Yo busqué tu
entrepierna y encontré una poderosa erección respondiendo a mis palabras. En
cuanto sentí tu firmeza, desabroché tus pantalones y tomé tu miembro delicioso
con mi boca, ansiosa por saborearte.
Te
empujé hacia el sillón de tu oficina, continuando con esa devoción eléctrica.
Me excitaba ver cómo me mirabas a los ojos mientras te lamía; era un duelo de
voluntades donde yo llevaba la ventaja. Abrí mi cartera y saqué un
preservativo. —Una amazona siempre está lista para la batalla —susurré con una
sonrisa maliciosa.
Te
lo puse y me subí sobre ti. Sentir cómo me penetrabas fue una sensación
liberadora. Comencé a mover mis caderas de forma circular, aplicando la técnica
del Beso de Singapur; con cada contracción rítmica de mis músculos internos,
veía cómo tu placer se volvía insoportable. Tú te deshiciste de mi blusa,
apartaste mi sostén y murmuraste: —Tus pechos pequeños me vuelven loco.
Lamiste
mis pezones con una urgencia que me hizo estallar de pasión. Hubiera querido
gritar para que todo el edificio supiera que eras mío, pero me obligué a un
gemido silencioso, profundo y cargado de éxtasis.
Me
movía de forma zigzagueante, buscando cada ángulo de placer. De pronto, me
subiste a tu escritorio, apartando papeles y carpetas. Te arrodillaste frente a
mí para hacerme sexo oral; mientras tu lengua trabajaba en mi clítoris, tus
dedos se hundían en mi vulva, logrando que me mojara por completo. Te bebiste
mi elixir con un hambre voraz, haciéndome acabar una y otra vez.
Sin
detenerte, me tomaste por las caderas, me llevaste de vuelta al sillón y me
poseíste con una fuerza renovada. Tus labios estaban fijos en mis pezones duros
mientras te movías cada vez más rápido. En un clímax perfecto y coordinado,
ambos alcanzamos la cima al unísono.
Nos
quedamos enredados en el sillón por unos minutos, recuperando el aliento. Al
vestirnos, compartimos una risa cómplice y cargada de malicia por lo que
acababa de ocurrir entre esas paredes profesionales. —Ahora tengo una
reunión... si no, me quedaría aquí todo el día —dijiste ajustándote la corbata.
—Yo también debo irme —respondí, recobrando mi compostura de mujer de negocios.
Caminé
hacia la puerta, me detuve y te miré por última vez sobre el hombro. —Espero
que mis argumentos hayan sido lo suficientemente sólidos y convincentes,
doctor.
Salí
de la oficina con una sonrisa de triunfo, sabiendo que, a partir de hoy, tus
reuniones nunca volverían a ser aburridas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario