El
aire dentro del camarote olía a sal estancada y a madera podrida. Cuando abrió
los ojos, el crujido del barco resonó como un estertor en sus oídos. Se puso en
pie, tambaleándose sobre las tablas húmedas, y subió a la cubierta solo para
encontrar el vacío. No había tripulación, no había capitán, no había una sola
alma que respondiera a su presencia. La soledad se le metió por los poros como
una aguja helada.
A su alrededor, el mar no era mar, sino un
monstruo encabritado de aguas hoscas que se tragaba cualquier vestigio de
horizonte. Navegaba a la deriva, atrapada en un timón inútil que giraba sin
rumbo bajo un cielo clausurado. La tormenta no cedía; era un bucle eterno de
rayos mudos, bruma espesa y nubes pesadas que aplastaban el aire. No había
luna, ni estrellas, ni una sola chispa de luz en aquella noche obscura que
parecía no haber tenido jamás un inicio ni prometer un final.
Cansada de luchar contra el vaivén, se dejó
caer sobre las tablas gélidas. Miró sus propias manos: carecían de color,
sumidas en una penumbra grisácea donde nada tenía sabor, ni sustancia, ni
sentido. El frío de la niebla la caló hasta las entrañas, pero el verdadero
dolor no venía del viento. Venía de adentro. Respirar se convirtió en un acto mecánico
y lacerante; cada bocanada de aire salobre le desgarraba el pecho, como si
estuviera tragando cristales rotos.
Un vacío inmenso, denso como el plomo, se
asentó en su centro. Ese nihilismo feroz, la certeza absoluta de que el barco
no se dirigía a ninguna parte y de que no existía orilla alguna al otro lado
del océano, la aplastaba sin piedad. La existencia misma era una condena de
minutos infinitos donde el dolor le desfechaba el alma a jirones.
Se llevó las manos a la cabeza, apretando
los dientes para contener la marea de angustia que amenazaba con reventarle el
pecho.
—¡Ya no quiero más! —gritó hacia la nada,
pero la tormenta devolvió su voz amortiguada por la niebla—. ¡Ya no quiero
seguir aquí! ¿Por qué tengo que seguir sobreviviendo a tanto dolor y a tanta
pena? ¡Ya no más! ¡Ya no más!
Se arrastró hasta la borda y miró el abismo del agua obscura. La bruma densa abría sus brazos justo debajo, ofreciendo lo único que el barco no podía darle: el cese definitivo del eco de su propio llanto.

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